Las drogas ya no son musa

Hace poco escuché una entrevista realizada a los hermanos Muñoz, del dúo Estopa, en la que afirmaban que ya no les interesaba cantar sobre las drogas. Melendi en más de una ocasión se ha pronunciado en sentido similar. El asturiano no sólo ya no habla sobre los porros o el caballo en sus composiciones, sino que además suprimió hace tiempo de su repertorio en directo todos aquellos temas (y eran muchos) que celebraban el consumo de esas sustancias.

Desde que las drogas ilegales recibieron la condena social mayoritaria que no existía de forma tan clara hace no tantos años, los artistas españoles, salvo raras excepciones, han dejado de buscar en el hachís, la cocaína o la heroína la fuente de inspiración para su música. Cada vez es más raro escuchar estrofas o estribillos de nueva creación en los que se comente abiertamente que el personaje en cuestión se mete de todo o se pone hasta el culo de lo que sea.

Esto es aplicable incluso para los grupos de rock veteranos que sobreviven (pocos).  Uno de ellos es Reincidentes, que obviamente siguen rindiendo homenaje al Vicio en sus directos, pero ni una sola de las canciones de su nuevo álbum, Awkan, editado en 2015, contiene declaraciones que se parezcan a la mítica “cocaína para trabajar porque mi curro me lo exige”.

Incluso Extremoduro, “la banda de las drogas” por excelencia, ha moderado muchísimo su lenguaje en los últimos elepés que ha publicado. No me imagino a Robe Iniesta escribiendo en 2016 algo ni remotamente parecido a aquello de “no necesito alas para volar, prefiero lsd” o “no sé si son tus besos o es el tripi que me sube”.

El debate que planteo es si esta autocensura es totalmente sincera o tiene mucho que ver con las aspiraciones comerciales de los grupos. La imagen que el gran público tiene sobre la droga no es tan condescendiente como lo era en los ochenta o en los noventa. Esto puede hacer que los compositores se corten –y no precisamente una loncha– a la hora de escribir ese tipo de letras, por temor a la reacción del público y, antes de eso, a la de la discográfica.

De hecho, los mencionados Estopa ya en su día se vieron obligados a reprimirse en varios de sus éxitos. La famosa vecina del segundo “que vende cosas finas” en realidad era “la que vende cocaína” en la versión original de Como Camarón incluida en la mítica maqueta de 1999.

En cualquier caso, esta imposición de las firmas resulta mucho más clara en la actualidad. Me cuesta pensar que algún gran sello a día de hoy se arriesgara a producir un trabajo en el que se incluyeran pistas pidiendo la legalización del cannabis “de calidad y barato”, y eso que por aquel entonces (1996) sus autores, Ska-P, grababan para RCA.

A día de hoy se considera a la heroína un  “diablo vestido de ángel”, como la definían Rulo y Kutxi Romero en la versión del tema de Los Calis firmada por La Fuga y el propio líder de Marea, aunque en esta ocasión se apelaba claramente al lado negativo de los chutes y las cucharas impregnadas del producto asociado a los yonkis.

Precisamente de Superjunkies hablaba Pereza, otro de los grupos que más éxito popular obtuvieron hace una década, en una acertadísima y graciosa parodia en la que, después de dejar retratados a todos los héroes del imaginario colectivo –y no todos tenían superpoderes ni eran americanos–, se atribuían el “mérito” de ser los más drogatas de todos. En un tono también bastante desenfadado, Andrés Calamaro decía que iba a “salir a caminar solito, sentarse en el parque a fumar un porrito”.

El tratamiento de las drogas desde un punto de vista humorístico fue un recurso bastante habitual y prolífico en muchas canciones. Se me vienen a la cabeza las de Los Porretas, sin duda la más conocida la legendaria Marihuana. La hierba más famosa del planeta onírico ha protagonizado muchos temas en los que se la trataba como una mujer deseada e irresistible, pese a su potencial dañino. Entre las más famosas, Peligrosa María de Los Suaves.

También hay menciones irónicas que huyen del dramatismo en El Muro de Berlín –por lo menos que le pongan hash a la pipa de la paz– de Joaquín Sabina, otro de los que dijeron adiós hace años a los estupefacientes, si bien en su caso este abandono se debe estrictamente a temas de salud –posiblemente este factor también tenga algo que ver en algún ejemplo de los antes mencionados– y El Flaco, huyendo de toda hipocresía, ha confesado muchas veces que añora las drogas duras.

También de Sabina es No Soporto el Rap –“¿verdad que me vas a invitar a una raya? Ojalá tuviera, preciosa, te lo juro, por la gloria de mi madre que vengo sin un duro”–, tema que interpretó junto a Manu Chao, otro de los clásicos en las canciones sobre el fumeteo y otras prácticas.

De hecho es obligatorio detenerse en el cantautor francés, porque es uno de los que más han preconizado en sus canciones la felicidad que otorga la marihuana. Todo el mundo recordamos su himno Me gustas tú, radiado hasta la extenuación por las emisoras de radiofórmula, cuando aún ponían música que se alejaba de los estándares del pop comercial.

En realidad, esta es una de las claves de la marginación que han sufrido en los últimos años los grupos españoles de rock. El veto que han sufrido por parte de la radio española, a excepción de Radio 3 y Rock FM (y en determinadas franjas horarias también) ha desplazado claramente determinadas canciones que antes formaban parte de la cultura popular. Ya no sólo se trata de que no suenen estrofas con drogas de por medio, sino que se ha eliminado casi por completo del mainstream toda la temática urbana, callejera, subterránea y antisocial. Se quiere mandar el mensaje de que “eso” ya no está de moda, ya no mola.

Sin embargo, ¿eso quiere decir que la gente ya no se droga? Obviamente, no. De hecho, España sigue siendo líder de los países de la UE en cuanto al consumo de cocaína y cannabis –para que luego digan que sólo somos campeones en los deportes–. Aunque el pico de picos se alcanzó en 2008, el descenso no ha sido demasiado significativo desde entonces.

Esto demuestra la ineficacia de los métodos de censura social, que no legal, ejercidos sobre los movimientos artísticos que reflejan la realidad desagradable para el establishment. La hipocresía de los que bloquean las expresiones que son antipopulares y luego fomentan por detrás el negocio, cuando no se aprovechan de él. Nos guste o no, no van a dejar de existir camellos que vendan y personas que compren y se pinchen jaco o esnifen polvo blanco porque no haya canciones en las que se haga referencia a ello. Pensar lo contrario es pueril.

Eso por no mencionar la existencia consentida de otro tipo de drogas, socialmente aceptables y aparentemente inocuas para la salud. Como decía Evaristo, líder de La Polla Récords, en su himno Delincuencia, la “droga publicitaria, delito premeditado”. Por cierto, el grupo vasco fue otro que apeló a las discutibles bondades de la aguja y la dosis que contenía en su canción El Escorpión, al igual que otros míticos procedentes de Euskadi, Platero y Tú, que elevaban a las drogas a la categoría de benditas por su función amnésica contra el mal de amores en Maldita Mujer. 

Con todo esto ni mucho menos pretendo defender que haya que alentar el consumo de drogas. Difícilmente podría hacerlo yo, que sólo tomo las legales que benefician al Estado vía impuestos.

Pero si hay gente que se dedica a “salir, beber, el rollo de siempre, meterse mil rayas, hablar con la gente”, ¿por qué las canciones no van a reflejarlo y a decirlo sin tapujos? Lo contrario es caer en el buenismo o el cinismo. Hay un tipo de arte que recoge la realidad, por polémica, cruda o antipática que sea.

Claro que también se puede recurrir a metáforas crípticas como hacen las bandas de indie pop, para que no se note tanto que muchos de sus integrantes se meten igual que lo han hecho toda la vida los de su gremio. En este sentido, hay alguna leve excepción, como El Columpio Asesino, que animaba a pasar toda la noche con carretera y speed, haciendo un juego de palabras tan simple como interesante.

Al final, cada uno debería poder pintar, escribir o cantar sobre lo que le diera la gana, sin ningún tipo de limitación. Creo que la libertad de expresión puede tener algunos límites, pero estos nunca deben afectar a las manifestaciones artísticas. Soy un firme defensor de que la creación cultural, al igual que el pensamiento, nunca delinque, diga lo que diga e incluso contra quien lo diga. Ha de estar libre de toda represión. Es el último resquicio de libertad total que nos queda, dado que el resto del orden social está plagado de prohibiciones y cortapisas.

Y qué queréis que os diga, a mí hay canciones de colgados que me parecen obras de arte:

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