La semana de Santa Rita

No se trata de un error de este humilde ser abuhardillado. Bien sé que la fiesta de la patrona de los imposibles es el 22 de mayo. Pero este año, en una milagrosa peripecia de la propia Santa, que ha hecho honor a su fama de lograr lo impensable, su llegada se ha adelantado a la semana de los idus de marzo. Ya le dijeron a Julio César que se cuidara de ellos. Más valdría que nos hubieran avisado también a nosotros.

De esa forma, hubiéramos estado preparados para lo que nos venía. El mayor de los imposibles conseguidos por Santa Rita. El desdoblamiento entre Madrid y Valencia de la beatificada mujer originaria de Roccaporena. Una personalidad que sigue apelando a sus antiguas glorias sagradas, otra que busca ser pagana. Rita, despojada de todo sanctorum, condenada por un juzgado. Rita, aforada por aura divina, parapetada en un Senado.

Una Rita, guapa, joven, apelando a su inocencia pero sin negar su rebeldía. Usando sus dos símbolos, que brotaron milagrosos en pleno invierno. Rosas en el poema de Neruda que Ansón le dedicó en El Mundo, higo hasta el ídem de tantas interpelaciones, cansada de ser Santa. La otra Rita, vieja, fea, apolillada, jurando que sigue siéndolo, con el estigma de olor inmundo que, según la tradición católica, Cristo le dejó en la frente, ahuyentando a sus colegas y arrinconándola a la soledad los últimos años de su vida.

Culpabilizada pero nunca declarada culpable, esta versión de la fragmentada Santa aclara que ella no es Dios –“para saberlo todo del Partido Popular”–, sólo una santa señora de Valencia a cuyo rebufo se produjeron múltiples y sonados prodigios en forma de gigantescas torres ciegas de mármol y cemento, fundaciones de patrimonio millonario y circuitos con velocidad ultrasónica.

Por su parte, en la capital, su mitad más descarada había confesado su comportamiento poco eclesiástico sin rubor pero quitándose también capacidad intelectual, admitiendo que no tiene memoria suficiente como para recordar la literalidad de lo que se dijo, “teniendo en cuenta que fueron cinco minutos hace cinco años”. Pero sí que reconoció haber dejado para la posteridad que otros soñaran con sus insinuados senos delante del altar.

En realidad, no tenía otra, las fotos la delataban. En la Baja Edad Media, cuando Santa Rita se hizo célebre, no existían esos artefactos tecnológicos del demonio. Sin embargo, la instantánea valiosa hubiera sido la de las reacciones de los que allí se congregaban. Seguro que algunos no se sintieron muy ofendidos “en su sentimiento religioso”.

En contraste, la otra porción de Rita apenas muestra algo de su cuerpo incorruptible pese a haber vivido rodeada de corrupción. Aparece cubierta, cual faraona momificada, engalanada en exceso como una cantaora de copla acabada, enfundada en ropajes de excusas milenarias, patética agonía de su antiguo poder curativo para empresarios, concejales y funcionarios varios. Pero el cadáver político dice que resistirá como en la canción del Dúo Dinámico. Incluso echa la bronca. “No me os subáis a las barbas, que aún soy mucha Barberá. ¡Acabemos ya, qué caloret!”.

En realidad, la bipolaridad de Santa Rita es la bipolaridad de España. Entre el país viejo que se resiste a cambiar, fosilizado, conservado en formol dentro de un tarro fabricado con el cristal de las vergüenzas, sometido a las ataduras divinas de viejas glorias pertenecientes a otros tiempos que en realidad nunca fueron mejores, y el país joven, nuevo, algo inexperto y tal vez demasiado pasional, que reclama y lucha, que quiere callar bocas pero al que siguen intentando callar la boca y dirigir su destino.

Y en esa duplicidad enfermiza, sufre Margherita Lotti, la mujer que hubo antes de Santa Rita de Casia, que fue obligada a casarse, tuvo que soportar a un marido violento y suplicó para que murieran en paz sus dos hijos, que habían heredado el mal café del padre. Como España, fue maltratada por varias generaciones. Al final, se vio resignada a tomar el camino de la oración y el retiro, pidiendo imposibles. Igual que ahora el país reza para que alguien nos saque de esta.

Entre tanto, traemos a colación los dichos populares, sin abandonar nuestro trastorno bipolar, más patente que nunca en esta extraña semana de Santa Rita. La de Valencia tira del refrán más conocido creado en su honor cuando le piden que renuncie a su acta de senadora. “Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita”. Por el contrario, la Rita de Madrid prefiere confiar en que el paso del tiempo estropee la cosecha y las sonrisas de los que ahora celebran su condena. Que llegue el 22 de mayo, su día, para celebrar el triunfo. “La helada de Santa Rita, todo lo quita”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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