Imanol, cuéntame cómo pasó

Confieso que no todos los nombres que han aparecido hasta ahora en los ya archifamosos Papeles de Panama me han afectado del mismo modo. Muchos de ellos no me sorprenden en absoluto, supongo que como a mucha gente. No se trata de indiferencia, simplemente es la manifestación del hastío de la mente ante tanto escándalo. La mía a veces se protege haciendo de su capa un sayo. Es necesario para sobrevivir con cierto bienestar.

Es importante seguir sintiendo repulsa ante cada nuevo caso de corrupción que aparece –y los que te rondaré, morena–, pero también tomar cierta distancia, no cabrearse en exceso, porque de lo contrario se puede pasar fácilmente de la sana indignación al radicalismo antisistema que nos lleve a romper totalmente con cualquier norma de esta sociedad. Y creo que eso no es bueno para uno mismo. Hoy estoy dominguero. Mañana igual pienso otra cosa.

Que cualquier tipo o tipa que oculta impuestos merece condena social y de la justicia si el comportamiento es constitutivo de delito resulta evidente. Objetivamente, es igual de reprobable a nivel moral. Pero subjetivamente hay diferencias. Cada cual tendrá las suyas, las mías han quedado muy claras cuando el nombre de Imanol Arias salió a la palestra en los documentos conseguidos por el diario alemán Süddeutsche Zeitung y el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Imanol Arias. (Imagen: EFE).

Según La Sexta y El Confidencial, los dos medios españoles participantes en la investigación y que han publicado la información, Imanol Arias tuvo abierta una sociedad en Niue, que por lo visto es un país situado en la Polinesia que, ojo al dato, sólo cuenta con 1.190 habitantes. Sin embargo, el bueno de Imanol debía tener amistad con todos ellos e importantes y cuantiosos negocios que llevar a cabo en la isla, ya que constituyó allí su supuesta empresa a través del ínclito despacho panameño Mossack Fonseca.

Cuentan también los medios citados que Imanol Arias podía operar en nombre de la compañía desde una cuenta abierta en Suiza, lo cual añade aún más turbiedad al asunto y aumenta gravemente las posibilidades de que se trate de un intento deliberado e ilegal de ocultar patrimonio al fisco español, que por otra parte ha quedado nuevamente retratado en este asunto. Ya sea por falta de voluntad política, de medios o por incompetencia, el caso es que los defraudadores han volado del nido patrio cual gaviotas en su viaje migratorio anual.

El único resquicio de duda que queda en el asunto es conocer qué cantidades movió la sociedad opaca offshore de Imanol y de dónde procedían, si hubo beneficios y cómo se distribuyeron. Es decir, los extremos que podrían realmente determinar el grado de fraude fiscal, ya que yo por lo menos no contemplo la posibilidad de que todas estas personas implicadas en los Panamá Papers optaran años después por regularizar esos ingresos, declarándolos ante la Hacienda Española.

Si alguien mete ingresos en una sociedad con sede en un paraíso fiscal, es para beneficiarse de su régimen. Aunque esta isla polinesia no está reconocida con esa condición por España, como tampoco lo está la propia Panamá, algo que levanta la falda de la Administración y deja al aire todas sus vergüenzas en cuanto a la tarea de controlar la riqueza generada en nuestras fronteras.

En el caso de Imanol Arias, como en el de otros relacionados en esos documentos, sólo cabe la tibia esperanza de que finalmente el famoso actor no llegara a utilizar la sociedad durante los diecinueve meses en que la tuvo abierta por temor a ser descubierto o –permítaseme un poco de pueril ingenuidad– arrepentimiento ulterior respecto a sus primitivas intenciones.

De no darse estas improbables circunstancias, Imanol habrá manchado para siempre su honorabilidad, al menos en lo que a mí me concierne, que ya jamás podré verle de la misma manera. Hasta ahora, su actitud no invita al optimismo, pues lejos de dar explicaciones y aclarar las cosas, se ha limitado a decir que está al corriente de sus obligaciones tributarias y que se encuentra muy feliz. Lo primero puede ser perfectamente cierto, pero al mismo tiempo no servir para limpiar su nombre, porque, aunque hubiese existido el fraude, este habría prescrito por culpa de la penosa legislación en la materia. Una verdadera pena.

Cuando pienso en actores españoles con carisma y poseedores del extraño don de transmitir más allá de la pantalla, de hacerte creer completamente en la verosimilitud del personaje que desempeñan, se me ocurren pocos. Imanol es uno de esos privilegiados. Intérprete de un nivel descomunal en todos los campos, recuerdo especialmente una pequeña película que sin embargo a mí me dejo una gran huella, Pájaros de Papel de Emilio Aragón (2010).

Pero especialmente es en la televisión donde se ha ganado un hueco en los corazones de muchos españoles. Querido Maestro fue una serie de finales de los 90 muy entrañable, pero desde luego a Imanol siempre le recordaremos por la ficción aún en antena –y espero que por muchos años, siempre que siga manteniendo el nivel– Cuéntame Cómo Pasó, en mi opinión la mejor serie nacional de la historia, y me da igual si por esta afirmación me llueven palos o alguien me deja de leer. Algún día la dedicaré un artículo, pero hoy me centro solo en Imanol.

El personaje de Antonio Alcántara es como una especie de padre en la ficción para los seguidores del longevo programa. Lo lleva siendo quince años. Antonio no es perfecto, más bien todo lo contrario, y ahí precisamente es donde radica la magia de su personaje.

Es un hombre normal, que se enfada, a veces demasiado, con sus hijos, que presiona en exceso a su mujer, que se resiste a dejar su figura central de mando en la familia patriarcal española, que presume y fanfarronea, que se pasa de vacilón y otras veces es encantadoramente gracioso, que quiere a su familia de la mejor forma que sabe y así se lo intenta demostrar a cada minuto, aunque a veces la fastidie.

Es como un padre español de verdad. Como el mío, como el tuyo. Y el mérito de que esa imagen haya calado tanto en el imaginario colectivo es sobre todo de la interpretación irresistible de Imanol Arias, rebosante de autenticidad y cercanía. Un papel que borda cada jueves y desde hace quince años.

Es curioso cómo en el capítulo titulado La rueda de recambio, emitido el pasado jueves –el día que saltó la noticia– Carlos Hipólito, narrador de la serie y voz adulta de Carlos Alcántara, comentaba que aquel día se le cayó el mito de su padre Antonio (Imanol) y dejó de sentir admiración por él. Como si los guionistas de la popular ficción hubieran tenido dotes prospectivas y hubieran querido hacer un guiño a la realidad de forma inconsciente, pues evidentemente la emisión de ese episodio estaba programada desde hacía semanas.

A algunos también se nos ha caído un mito.

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