Lección de sueños en el Aula

Estoy seguro de que si hiciera un encuesta con una sola pregunta, “¿Qué tres palabras te sugiere el concepto deporte de élite?”, la inmensa mayoría incluiría en sus respuestas los adjetivos rico o millonario. O, cuanto menos, privilegiado.

Posiblemente las jugadoras del Aula Cultural Valladolid también se sientan privilegiadas, si bien no lo dicen expresamente. Pero lo sé, lo siento. En sus ojos y expresiones noto que para ellas jugar al balonmano en División de Honor es un regalo, un premio con el que muchas ni siquiera soñaban hace muy poco tiempo. Sí, tal vez se perciben a sí mismas como afortunadas. Sin embargo, en su caso el significado de este término es tremendamente diferente al que la gente estaba pensando cuando contestó a mi encuesta imaginaria.

El grueso del equipo actual es el mismo que consiguió el heroico ascenso a la máxima categoría del balonmano nacional en 2013. Con la ilusión envuelta en nervios, como dice la letra de su himno –sí, ellas también tienen himno–, cada una se dijo a sí misma “no puedo fallar”. Llevan repitiéndose lo mismo tres temporadas durante las que no sólo han mantenido el tipo, sino que se han codeado con los gallitos de la Liga, convirtiéndose por derecho propio en uno de los equipos a batir. Ahora mismo, es sexto a sólo dos puntos del cuarto puesto, que da acceso a Europa.

Toda una proeza que las genera “presión”, como reconoce Silvia Arderius, una de las recién llegadas –proviene del Alcobendas, precisamente el cuarto clasificado y próximo rival de las vallisoletanas–, con la misma sensatez e inteligencia que muestra en el campo cuando tiene que dirigir las jugadas desde la posición de central. Aparecen también las palabras “fracaso” y “decepción”, una muestra clara de la ambición que ostenta este equipo. Quieren seguir entonando he crecido y conmigo el reto, esta vez el más difícil todavía.

Sin embargo, me da la sensación de que miran a un lugar mucho más alto que el techo de Huerta del Rey, al cielo y volando por encima de quien se ponga por delante, aunque prefiero no preguntarles. Me permito la osadía de responder en su nombre: si se lo proponen y mantienen la base y la cohesión actual, pueden conseguir lo que quieran.

Todo depende exclusivamente de ellas mismas, con la ayuda de sus familias, que sostienen el club a nivel de gestión. Como ha sido hasta ahora y desafortunadamente seguirá siendo si nadie lo remedia. A nadie se le pasa por la cabeza que los jugadores del Sevilla, el Athletic o el Celta pudieran pisar el césped sin haber cobrado un duro. No un mes, ni dos, ni tres, sino durante toda su carrera. Y sí, ellas también entrenan. Todas las tardes. Y viajan, y disputan partidos en fin de semana, y tienen que realizar desplazamientos largos. Exactamente igual que ellos.

El primer impulso es pensar que la única diferencia entre ambos es el dinero que se mueve a su alrededor. Que únicamente eso provoca que un futbolista, un tenista o un jugador de baloncesto del Real Madrid o el Barça sean millonarios, mientras que las jugadoras del Aula no perciben un solo euro de sueldo, pese a realizar la misma actividad profesional en modalidades distintas.

Sin embargo, tanto ellas como yo sabemos que la principal razón no es esa. O más bien que sólo es la consecuencia y no la causa. Es Patricia Macías, aterrizada este año en Pucela desde La Rioja, con la contundencia que exhibe cuando pugna con las contrarias desde su puesto de pivote, la que destapa el tarro maldito. “Es porque es deporte femenino”. Y a partir de ahí todas asienten. “Estamos acostumbradas”, apunta su tocaya Patricia Fernández, fijando posiciones, como hace en cada partido cuando lidera la defensa del Aula, siempre férrea e intensa pero jamás violenta, a diferencia de lo que sufren las vallisoletanas en más de una ocasión.

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De arriba a abajo y de izquierda a derecha, Laura Muñiz, Celia López, Patricia Macías, Isabel Calderón, Patricia Fernández, Ana Vergara, Ángela Nieto, Silvia Arderius, Carmen Sanz, Ana Viloria, María Prieto O´Mullony, Cristina Cifuentes y Amaia González de Garibay. Faltan en la foto Teresa Álvarez, Cecilia Cossío, Lourdes Guerra y María González Niño. La capitana Beatriz Casquero tuvo que dejar el equipo hace pocas semanas por motivos laborales.

Yo tengo que mantener la pose de periodista objetivo que busca su opinión libre, sin prejuzgarla. Pero me traiciono pronto, como casi siempre que me ocurre cuando algo me indigna. Trato de apretarles un poco las cuerdas, intentando sacar algo de furia, de enojo en estas chicas que no sueltan una palabra por encima de la otra ni emiten un solo comentario irrespetuoso, pese a que no les faltan motivos.

“Cuando te ves obligada a elegir entre el balonmano y tu vida económica, ahí ya sí que nos joroba un poco”, señala finalmente Cristina Cifuentes con esa energía brutal que derrocha, literalmente desparrama en cada encuentro. Ángela Nieto, Laura Muñiz y Carmen Sanz, las más jóvenes del equipo junto a la lesionada María González Niño, escuchan con atención.

Cristina no lo dice por decir. Ellas han perdido a gente por el camino durante su épica travesía llena de truenos, relámpagos y olas gigantes. Raquel Engelmo y Zara Verdugo, que formaban parte del conjunto que consiguió el ascenso. Beatriz Casquero, que llevaba toda la vida en el club, ha sido la última en caer hace apenas unas semanas, obligada a marcharse al extranjero para aprovechar una oportunidad que nada tiene que ver con el balonmano. Lourdes Lulu Guerra, la guardameta titular, falta muchas veces a los entrenamientos porque su trabajo se lo impide. A Cecilia Cossío, que además está pendiente de una intervención médica, le sucede tres cuartos de lo mismo.

Silvia, que trabaja en una guardería, señala que lo más duro para ella es renunciar a su vida personal. Cuando el resto del país descansa –los que tienen la fortuna de contar con un empleo en el que no les explotan, que en España cada vez son menos– ellas viajan a Granollers, a Oviedo o Valencia. O se preparan para batirse el cobre en el vetusto Huerta del Rey y seguir conquistando corazones descreídos y quimeras imposibles. Todo por la pasión al balonmano y a un club, a la marea azul que nunca las abandona.

A excepción de casos muy contados, el balonmano femenino español perdió hace unos años el componente del profesionalismo, aunque a mí no me gusta nada esta expresión, ya que considero que se trata de una actividad tan profesional como la que realizan Cristiano Ronaldo, Antoine Griezmann o Aritz Aduriz –a Messi no le cito, no sea que me ponga una querella–, con todas las de la ley sin el respaldo de la ley.

Ellas todo lo hacen por amor al arte, que es en lo que convierten cada sábado el balonmano. A veces un arte preciosista, y otras uno mucho más emotivo, pero con un denominador común. Siempre hecho con sinceridad y pasión. Muchas veces elaborado a una velocidad vertiginosa que no entorpece la bella factura final, como cuando Teresa Álvarez corre un contraataque o Lulu manda el balón para que Amaia González de Garibay se eleve por encima de las demás mortales y se convierta en un misil tierra-aire que fusila la portería rival.

Precisamente ella, Amaia, la única que actualmente está siendo convocada para la selección nacional absoluta, compara la cultura española en este ámbito con la de otros países. “Fuera de aquí las entradas para un partido femenino se venden en un día y en algunos sitios está por encima del fútbol y de otros deportes”. El ejemplo de Dinamarca es paradigmático. En ese mismo sentido se pronunció hace tiempo su compañera de selección Macarena Aguilar, una de las míticas guerreras que se alzaron con la medalla de bronce en Londres 2012.

Pero después de aquella gesta que desafío todas las reglas de la lógica y demostró que en España a veces somos capaces de sobreponernos a nuestros males estructurales gracias al impulso del talento y la voluntad, el balonmano femenino cayó de nuevo en el olvido. “La gente es mucho de subirse al carro y a los dos meses ni te acuerdas de cómo se llaman”, señala Ana Vergara con la contundencia elegante que la caracteriza cuando recibe entre dos o tres contrarias y es capaz de superar a la portera rival por elevación.

Cristina no se olvida de la responsabilidad que tienen los medios. “Mira a Carolina, la del bádminton, sale treinta segundos en el telediario el día que gana y ya no vuelve a salir”. Aunque en Valladolid la cosa no está tan mal, “no nos podemos quejar”, coinciden las veteranas del equipo –Silvia por el contrario afirma que en Alcobendas sólo salió una vez en prensa, coincidiendo con una paliza histórica–, a nivel nacional la realidad es descorazonadora.

Pero Silvia va más allá y destaca que la responsabilidad principal es del consumidor, que los medios en el fondo dan al público lo que busca, porque necesitan tener audiencia. “Vende más el marujeo de los futbolistas y su vida personal”, refrenda Amaia.

Esta realidad se puede comprobar en ámbitos mucho más locales. María Prieto O´Mullony, una de las más jóvenes del equipo, recuerda su pasado en León con una risa de circunstancias y una naturalidad aplastante, rayana en el despiste, la misma de la que se sirve para destrozar a las confiadas defensas contrarias con su zurda desde los nueve metros. “No se quedaba nadie a vernos, cuando acababa el Ademar todos se iban y ni siquiera nos aplaudían cuando salíamos a la pista”, comenta ante el gesto alucinado de los que la escuchamos.

Yo podría haber añadido aquí muchas cosas. Que la inmensa mayoría de la gente que conozco jamás en la vida ha acudido a presenciar un partido femenino o ni siquiera lo ha visionado por la tele. Que comentarios como “las chicas no la saben meter”, “a las chicas las pesan el culo y las tetas” u otros más comedidos como “el deporte femenino no es bonito ni espectacular, físicamente hay mucha diferencia y el espectáculo es muy inferior, no es deporte de élite”, son prácticamente los únicos que escucho cuando animo a alguien a venir a ver al Aula Cultural. Y ni mucho menos todos procedentes de hombres.

¿España es un país especialmente machista? En mi opinión, sin ninguna duda, sobre todo si lo comparamos con países de nuestro entorno, a la luz de los datos. El deporte es una manifestación muy importante de ese talante que discrimina negativamente a las mujeres respecto a los hombres. No es el único, pero me parece un parámetro muy claro.

Hasta hace sólo un año, el Aula recibía 7.282 euros de subvención procedente del Ayuntamiento de Valladolid, mientras que el Atlético Valladolid, club por entonces recién creado y en segunda división del balonmano masculino, obtenía 144.000. Se multiplicaron las voces críticas, incluso desde los medios de comunicación. Alfonso Niño, entrenador de porteras del Aula, excomponente del grupo Chloe y coautor del himno antes mencionado, escribió un artículo muy contundente y certero sobre esta cuestión.

La entrada de PSOE, Valladolid Toma la Palabra y Sí Se Puede Valladolid en el gobierno municipal mejoró esta situación, pero la distancia económica sigue siendo insultante –37.000 euros frente a 126.000–. “La diferencia de público con los chicos no es tanta como para que haya esa diferencia en la subvención”, comentan las jugadoras. El Baloncesto Ciudad de Valladolid, entidad creada el pasado mes de agosto y cuyo primer equipo milita en la LEB Plata –la tercera categoría del baloncesto nacional– se lleva 75.000 euros del presupuesto municipal.

En este punto de la charla, me visto con el traje de los domingos que he alquilado a regañadientes y me transformo en un ingenuo beato católico convencido de que hay vías para acabar con esta injusticia y la bondad de la sociedad se acabará imponiendo. Ellas me replican con su honesto escepticismo, sin ambages. “No hay ninguna solución, mientras la gente no cambie y se dé cuenta de que un partido de balonmano femenino es tan bueno o mejor que uno masculino”. Lo dice Celia López, la parte más dulce de este pastel compacto y cocinado con exquisitez, luciendo la sonrisa soñadora con la que se inventa pases imposibles por detrás de la espalda.

Amaia tira de fuerza y velocidad para sacar pecho y destacar que “lo que ha de cambiar es la manera en la que se nos ve, nadie pensaba que podíamos meter mil quinientas personas en el pabellón”. Fue la asistencia de la última victoria frente al Zuazo. Isa Calderón, la sencillez personalizada y puñal del equipo desde el extremo derecho, habla de 1.000 o 1.100 personas de media. El récord lo consiguieron en el partido contra el Rocasa, donde llegaron a ser 1.800.

Y es que al menos en Valladolid ellas sí aprecian los cambios que se han producido en estos años. “Ahora hay gente que te reconoce por la calle y te dice algo”, recuerda Ana Viloria, otra de las clásicas. “Antes nos iban a ver cincuenta personas”, recuerda Cris tirando de hemeroteca emocional.

Se refiere a los tiempos del Cristóbal Colón, en el barrio de Pajarillos, donde reside el corazón de este club. Aunque hubo todavía un antes, el de los patios de colegio y las manos frías. El de las niñas y adolescentes que iban a entrenar simplemente para divertirse y desconectar de las clases, exámenes y deberes sin saber que un día serían aplaudidas por casi dos mil personas.

Sólo hay una cosa que no ha cambiado. Siguen jugando para divertirse, para ganar y por el club. Hasta tal punto llega la identificación que varias de las jugadoras son a su vez entrenadoras de las categorías inferiores. Trabajan para formar a una nueva generación de oro del balonmano vallisoletano, que mira con admiración a sus maestras y siente desde muy dentro que son de aquí. Del Aula y de Valladolid.

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