Melé de vallisoletanismo

Caían chuzos de punta en esa mañana de abril, creo que dominguera, pero no lo tengo yo mu claro, pues pa´ mí casi todos los días son iguales aquí en mi terruño de la meseta castellana. Estaba yo adecentando la casa, porque con estos chaparrones no puedo ni sacar a las ovejas ni hacer la siega, con el mandil puesto –ya se sabe, en abril, aguas mil cernidas en un mandil–, la escoba y el badil en cada mano –que desde que la Servanda me dejó de luto yo me encargo de estas tareas de féminas– cuando estalló un ruido en mitad ´el campo que, no por conocido, me deja de poner los nervios to´ atolondraos cada vez que lo escucho.

“Robustiano, ties una nueva aventura”, me dije pa´ mí.

Me asomé a la puerta y, como presentía, allí estaba gañendo como un zorro en celo el cachivache a cuatro ruedas de mis queridos chiquillos plumillas. Casi un año sin verlos. Los había echao de menos a los condenaos.

Me saludaron con efusión y yo a ellos también aunque estuviera un poco enfurruñao por no haberle hecho ni una visita al pobre Robustiano en to´ el estío del año anterior, el otoño y el invierno. ¡Que aunque uno se crea un roble, ya no es un mozuelo y pue´ estirar la pata en cualquier momento!

–Está usted como enfadado, Robustiano –notó la chica.

Pero como les quiero como a dos nietecitos, les mentí:

–Na, hija, es que estoy mu´ emocionao. ¡Me estaré haciendo viejo!

El muchacho se ha dejao unas barbas que parece el hombre de las nieves o uno de los jipis estos que algunas veces veía yo en los cinematógrafos hace muchos años. “Se llama jiste” –o algo así–, me aclaró él. La muchacha está como siempre, más bonita que las flores que va a traer mayo hermoso, ya que este es de los abriles abrileros, cada día dos aguaceros. Venía corta y un poco despechuga´, más de lo que el tiempo aconsejaba, así que le advertí:

–Hasta que no pase abril, no aligeres el vestir.

Ella se rió con ese aire de vedette inocente que volvería loco hasta a mi rebaño. El zagal, vi que seguía igual, empanao y algo mangarrián, sin coscarse de la misa la media, con la preciosidad que tiene al lao.

–Bueno, hijos, ¿Qué, me lleváis otra vez a la capital?

–Sí, Robustiano. Vamos al estadio de fútbol, porque queremos que vea usted una final de rubi –me desveló la zagala.

–¿Y eso qué es?

–Un deporte que no se conocía mucho en sus tiempos. Por eso queremos que lo vea. Juegan los dos mejores equipos de España, que además son de Valladolid. Va a venir muchísima gente.

–Sí, incluso el Rey –saltó el mozalbete.

La moza le tapó la boca, pero no le dio tiempo a hacerle callar. Siempre el chiquillo ha tenío la boca más grande que un buzón y se le escapan cosas que no quieren que yo sepa y luego siempre se echan los dos las risas como dos críos traviesos, creyendo que yo ya estoy chocho.

–¿El rey Don Juan ha vuelto del exilio? ¿Y cómo le ha dejao Franco?

No me contestaron na´, siguieron de risotadas y me apremiaron pa´ que me diese prisa, así que me calé la boina, cogí la mariconera con unos cientos de pesetillas y me subí al cacharro ese que tienen de automóvil a sufrir un poco las vueltas y revueltas que hay en la carretera que va hasta la capital. Aunque pa´ vueltas las que me daban las lentejas de la noche anterior en el vientre. Y mira que me lo decía siempre la Servanda: “Robustiano, no te hinches de legumbres cuando esté la luna en lo alto!”. Qué buena mujer era. Y yo qué poco caso la hacía.

Pero cuando se pusieron de verda´ a bailar el mambo y el tango fue cuando llegamos a las afueras de la capital y asomé pa´ mirar por la ventanilla a la izquierda. ¡Casi me da un soponcio! La patata me empezó a ir más lenta que el Tren Burra y la chola no me giraba así desde que era quinto en las fiestas de la villa y me pegaban sopapos los del pueblo de enfrente.

–Robustiano, ¿se encuentra usted bien? –me preguntó alarmada la mozuela.

–Ay, hija, no… Parad un momento el trasto este.

A los pocos segundos, torcimos a la derecha y nos paramos junto a unas tierras y unas casas de estas de modernos que ya había visto las últimas veces cuando los chicos me trajeron a la ciuda´.

Miré detenidamente otra vez. No había sío una ilusión traicionera del vil abril. Onésimo no estaba en lo alto ´el Cerro. Aquello no podía ser verda´. ¡Que me asparan si lo era!

Les pregunté a los zagales qué había ocurrido con el monumento en honor al que los de derechas llamaban Caudillo de Castilla. Como se miraban con su típica gravedad divertida, les di la vara con ganas de darles una somanta palos –figurada, entiéndame ustedes–. Al final, fue como de costumbre el muchacho quien me aclaró que se lo habían cargao hacía un mes.

–Pero usted debería estar contento, Robustiano, que es más bien tirando a rojillo.

–Yo no soy nada de la política, hijo, sólo soy de la gente normal, del pueblo humilde, de la tierra y de las cosas sencillas. A mí lo de la guerra me pareció cosa de chalaos. Eso sí, te puedo decir que a la gente como el Onésimo ni verla. Y a este le conocía yo muy bien.

–¡Qué me dice, Robustiano! ¿Conoció usted a Onésimo Redondo? –inquirió la chica con interés.

–Ya lo creo que conocía yo a ese malnacío, hija. Como que Quintanilla de Abajo está mu´ cerca de dónde yo nací y me tocó hacer la mili en la capital con el desgraciao. Vino cambiao de Alemania, más cabrón toavía de lo que era. Luego hizo lo de la patrulla del amanecer cuando el Alzamiento y se le salían los ojos de odio. Nos quería matar a t´os los de por aquí. Suerte que se le llevaron por delante pronto.

–Pues usted mismo lo está diciendo, Robustiano, una felicidad que lo hayan quitado.

–Yo no sé lo que siento hija, ha sío un impacto mu´ gordo pa´ mí. Tantos años ahí el maldito como si gobernase la ciuda´ entera, por la gracia de Franco… ¿Pero qué le pasa al Generalísimo, que se nos ha amariconao del to´? ¿Cómo permite estas cosas?

Entonces, los chiquillos se pusieron a hablar entre ellos, creyendo que por lo bajo yo no les oía. ¡Si supieran que de joven me llamaban el cocinillas porque me enteraba de to´ con estas dos orejas que me dio Dios!

–En algún momento, tendremos que decírselo. No podemos seguir así siempre. Vale que es muy gracioso que no lo sepa, pero el pobre hombre tiene derecho.

–¡No podemos arriesgarnos! No sabemos cómo le afectaría la noticia. Es muy mayor, ¡fíjate que hizo la mili con Onésimo! Le quiero mucho y me da miedo.

–Yo también le tengo muchísimo cariño, pero… No sé, creo que no nos estamos portando bien.

Fui yo quien les pedí que dejaran de pelar la pava y nos fuéramos al partido del rubi ese, además de porque no quería saber más, porque tenía la vejiga como un saco de perdigones.

Por el camino al nuevo Estadio que está ahora en la cuesta del Manicomio les pregunté qué tal iba el oficio suyo de correveidile. Arrugaron la ceja y pusieron cara de haberles sentao mal la cena, como a mí la noche anterior. El chico me dijo que ni oficio ni beneficio, que lo seguían haciendo por gusto en una cosa que se llama blo de Interné. La muchacha asintió, más lánguida que mis ovejas cuando no las saco de paseo. Yo no sé qué empleos son esos que hay ahora en la España del Caudillo amariconao, que por gusto no se hacían los trabajos en mi época, pero debe ser lo normal, porque me dijeron que ellos no se podían quejar, que al menos tenían un tajo vendiendo chismes pa´ llamar por el teléfono o algo así.

Cuando llegamos al Estadio de Don José parecía que habían soltao a toa la marabunta. Un griterío del carajo, utilitarios que casi se chocaban, cabezas por to´ los laos, muchos muchachos (¡y muchachas!) pintarrajeaos de cosas raras, algunos de negro y blanco, que debían ser del chamizo aunque yo allí no vi leña –ni siquiera de los grises–, y otros de azul, que debían comer mucho queso, pero no sé si de gruyer, de roquefort o del Cerrato.

Por la zona había muchos sitios donde había comida, pequeñuelos jugando a cosas raras y gente dándole al bebercio cosa mala. Yo iba a invitar a los chavales a un par de chatos de vino, pero como otras veces, me dijeron que mis duros con la cara de Franco no valían. Pensé pa´ mis adentros que debía estar pasando una cosa muy rara con el Caudillo y que eso era a lo que se habían referido mis queridos chiquillos hablando por lo bajinis.

Entramos al campo y me quedé embobao viendo to´ el graderío, mucho más grande que el del viejo Estadio del Paseo Zorrilla que yo recordaba, y además lleno como si estuvieran tos esperando con la cartilla de racionamiento. El alboroto era magnífico, yo acostumbrao al silencio de mi sembrao aquello me parecía como el mismísimo infierno.

Pero de repente el jaleo se convirtió en escándalo mayúsculo a coro, como si hubieran golpeao a to´s aquellos infelices en el melindre a la vez. Yo no entendía lo que decían con un ímpetu extraordinario, pero me parecía un nombre que empezaba por f, así que no había duda.

–Ya ha llegao Franco –dije en alto con una tensión que se me pusieron otra vez las tripas de jota castellana.

Hacía muchísimos años que no veía al cabrón del Generalísimo y por fin lo iba a tener allí plantao, lejos de mí, pero suficientemente cerca como pa´ verle el bigote y la sonrisa de gallego mandón, cachaza, que se echa to´ a las espaldas. ¿Habría cambiao mucho? Tendría que ser más o menos igual de viejo que yo, pero seguro que se conservaba mejor el mal bicho.

Sin embargo, cuando alcé el pescuezo entre la muchedumbre de molondras, yo que soy más bien retaco, y enfoqué la mirada al interfecto descubrí para mi pasmo que aquel se parecía a Franco como un higo chumbo a una bellota. Alto, de cara alargada y con pelo.

Yo que siempre he sido bueno pa´ esto de sacar parecidos me vino a la cabeza la imagen de Don Juan de Borbón. Pues, ¿no había dicho el chiquillo que vendría el Rey? Pero claro, con la edad que debía tener no podía conservarse tan mozo. Pensé que tenía que ser el infante Don Juan Carlos, a quien recordaba como un gaznápiro espigao en las últimas fotos que vi de él antes de retirarme a la vida campestre.

–Hijos, decidme una cosa, ¿este al que aplauden tanto es el hijo de Don Juan?

–Es su nieto, Felipe VI –me aclaró la muchacha.

–Pero, ¿y por qué le aplauden como si fuese el mismísimo Franco?

–Esto es Valladolid, Robustiano –apuntó el muchacho con cara de disgusto.

Miré a la gente que rodeaba al susodicho. Uniformes de militar, tricornios, trajes, corbatas… Lo normal,  tratándose de un rey de España. ¿Pero dónde estaba Franco?

–¿Y ese fulano que está a la izquierda de él según miras?

–Es el alcalde Óscar Puente.

–¿Cómo, ya no es el hijo del ginecólogo? ¡Pero si yo creía que era de la cuerda de Franco! ¿Qué ha hecho pa´ cabrearle?

–¡Pues si le digo que este encima es socialista, se escandaliza usted más, Robustiano!

Me eché las manos a la cabeza, me achaflané la boina, me pasé las manazas llenas de callos  por los carrillos… Tenían que estar tomándome el pelo. ¡Franco nombrando a un alcalde socialista! ¿Del mismo PSOE de Pablo Iglesias que se fue al exilio? ¿Y ahora eran amigos del Caudillo? ¡Esta España ya no la conocía ni la Santa Madre Iglesia!

La zagala reprochó al zagal que me hubiera hecho esa confidencia, pero ella añadió después:

–¡Anda, si debajo del alcalde está Pedro Sánchez! Es el que más manda del PSOE en España, Robustiano. Bueno, con permiso de una señora de Andalucía.

–Sí, y quería mandar también en el gobierno, pero lo tiene más negro que el carbón –añadió el chico.

–¿Ese es socialista? ¡Pero si paece un pimpollo emperifollao!

Los dos chiquillos se echaron a reír como si no hubiese mañana. ¿Dónde estaba Franco?

–¿Y quién es esa individua que está dos sitios a la derecha del Rey?

–Es Soraya Sáenz de Santamaría. Es de Valladolid y es la vicepresidenta del gobierno –contestó la muchacha.

–En funciones –puntualizó el muchacho.

–Ah, esa sí paece una mujer de Franco.

De nuevo estallaron en risotadas muy sonoras y yo también me sentí divertido y les seguí. Pero enseguía nos empezaron a mirar mal unos tipos con cara de cereal reseco que había a nuestro lao y nos mandaron callar de malos modos. Aunque me entraron ganas de arremangarme la zamarra y ponerles el puño en las napias, me acordé de la Servanda, que siempre me pedía que guardase el genio pa´ los trabajos de la labranza, y me contuve.

Me di cuenta de que estaba sonando el himno de Franco y por eso querían que dejásemos de reír. Yo me puse un poco nervioso, porque por menos que eso los grises te podían poner morao, así que les di con el codo a mis chiquillos y los tres nos pusimos mu´ serios mientras algunos, menos de los que me esperaba, ponían la palma derecha tiesa y otros hacían cosas raras con la boca cantando la melodía del demonio.

Después, sonó un pitido y empezaron los mostrencos que había sobre el césped a zurrarse la badana.

Mi experiencia con eso del rubi fue como la que se contaba en mis tiempos que tenían las doncellas cuando las desvirgaba un señorito. Incómoda de entrada, dolorosa y aburrida mientras dura y decepcionante al acabar. Del juego me enteré entre poco y na´, qué quieren que les diga a ustedes. Que si no se puede pasar el balón p´alante, que si ahora sale el balón fuera y suben a uno pa´ que coja el balón como si fuera un número de equilibrismo…

Me pareció más bestia que un atajo de astaos soltándose cornás. Allí paecía que ganaba el que partiera la osamenta más y mejor al otro. Algunas veces se ponían to´s agarraos y embestían como si fueran una recua de bueyes malcaraos. Los mastuerzos corrían mucho y se pegaban unos trompazos de muy señor mío. Quitando eso, la cosa fue más o menos un pestroño.

Además, como andaba yo con el sopor de mediodía, se me cerraban los ojos y debí quedarme traspuesto en un momento dado, porque la moza me pegó con el codo pa´ que parase de roncar. Pa´ más desgracia, seguían revolviéndose las lentejas en la barriga, así que me tiré un cuesco y un regüeldo mientras un señor con cara de no habérsela metío a una buena mujer en su vía pateaba pa´ meter el balón entre una portería gigante. Y me miró mal toa la grada, mientras los zagales se partían el espinazo de la risa.

Me estaba echando la última cabezadita cuando me di cuenta de que el partido o lo que fuese aquella animalada había acabao, porque la gente estaba de pie cantando otra vez el nombre del que dicen ahora es Rey (¿nombrado por Franco?), que estaba sobre el verde saludando y luego se puso a colgar medallas a los gigantones aquellos.

Mis queridos muchachos estaban muy distintos el uno del otro. Él, sonriente, saltaba, cantaba y celebraba. Mi pobre muchachita estaba toa tristona, como si le hubieran metío un palo escoba en santa la parte. Por lo visto, cada uno era de un equipo diferente de esos que se habían dao más leches que las ubres de una vaca. Yo me acordaba del nombre de cada uno, así que les dije:

–A ver, hijo, tú no eches más chamizo o leña al fuego, y tú, hija, no te preocupes, que pa´ este mangarrián sigues estando como un queso –. Y paece que se les pasó el mosqueo.

Cuando estuvimos fuera del campo, nos fuimos a tomar más tentempiés en las casetillas de fuera. Los chicos me preguntaron qué me había parecío el espectáculo.

–Yo del juego este ni papa, hijos. Pero sí veo que la capital no ha cambiao nada. Siempre se recibió bien a las autoridades. A Franco casi le hacen el paseíllo triunfal después del golpe del 36 y no tuvo que pegar un mal tiro el condenao. Aquí siempre se vivió mucho el himno, tanto como el Cara Al Sol, que me ha extrañao que no sonara. Y a todo esto, hijos, ¿dónde está Franco? Con lo a gusto que hubiera estao aquí, en Valladolid, en un evento así.

Varias veces el chico estuvo tentao de decirme algo, de confesarme la verdad, pero otras tantas la chica le reprimió, como buena hembra castellana. Ninguno de los dos imaginaban que yo ya había descubierto el gran secreto que no me querían contar. Así que se quedaron a cuadros cuando les salté:

–No os esforcéis más, mozalbetes, que ya me he enterao de to´ lo que pasa con Franco.

–¿En serio? ¿De todo… Todo? ¿Y está usted bien? –preguntó la chica toa congestiona´.

–Estoy como siempre, indignao pero resignao, que ya los años me impiden hacer na´.

–¿A qué se refiere, Robustiano? –preguntó el chiquillo confuso.

–¡A qué va a ser! ¡A que el cabrón de Franco se ha inventao una nueva forma pa´ que parezca que esto cambia. Pues no es astuto ni nada el muy zorro. Seguro que los que mandan en Europa se han enfadao con él y quiere tenerles contentos pa´ que no nos asfixien con el bloqueo y la gente no vuelva a estar como en la postguerra, muerta de hambre. Pero en España sigue siendo to´ de mentira, como en el rubi este de hoy. El Generalísimo deja que muchos se peguen en el centro ´el campo, que se muelan a palos pa´ distraer. Saca a un Rey, deja que haya un socialista pijo que casi manda… Si se pasan con los golpes, entonces llega y pone un castigo pa´ avisar. Y en el momento decisivo, cuando to´ está más tenso que los perros pastores al oír que el lobo acecha, aprovecha que se están atizando más que nunca to´s pa´ coger el balón y echarse a correr por el lao derecho hasta marcar los puntos con los que vuelve a ganar como siempre.

Los dos me miraron con una expresión de sorpresa y admiración. Se habían quedao de piedra. No se lo esperaban. Me creen tonto, pero, aunque vejestorio y rural, a avispao a mí no me gana nadie. A nuestro alrededor, la capital bullía y escuché a varios decir: “Qué ejemplo ha dado Valladolid, hoy me siento muy orgulloso de ser vallisoletano”.

Aunque estoy de vuelta otra vez en mi adorao terruño, yo, Robustiano Iglesias, de la capital me siento orgulloso to´ los días, ya sea que tararee el himno de Franco, quite el monumento a Onésimo, se ponga a jugar al ruby con el Rey o tenga un alcalde socialista.

 

 

 

 

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