El carburador de España

España es como uno de esos vehículos viejecitos que se calan en movimiento. En cuanto acelera un poco, se empieza a escuchar un traqueteo, del galope más o menos constante se pasa al trote cochinero, luego los tirones imposibles de embridar y ese último caballo de potencia que queda se detiene irremisiblemente.

Los pasajeros nos quedamos con cara de pringadetes sobre el asfalto, mordiendo el polvo, mirando a lo ancho de la gran avenida luminosa, maldiciendo el cambio climático y a su madre.

Después cuesta mucho que el cachivache vuelva a arrancar, pero tras escuchar unos quejidos que recuerdan a los de Mónica Naranjo en Sobreviviré y unos ruidos petarderos propios de falla en pueblo levantino con exconcejales corruptos, conseguimos el milagro de que se ponga otra vez en marcha. Para ello tiramos del starter –que es un mecanismo de otro siglo que permite el aumento de gasolina y reduce el aire– pero con eso lo único que provocamos es que el vehículo se ahogue.

Por lo tanto al rato vuelve a ocurrir lo mismo para desesperación nuestra y despiporre de los otros usuarios de la vía, que nos pegan una pasada similar a aquella legendaria que Franco Vona le hizo a Induraín sobre la cima de Sestrieres. Y eso que, como Vona, los otros tampoco están para tirar cohetes en la clasificación general.

Las causas del fallo que sufre este vetusto aparato a cuatro ruedas que es España pueden ser múltiples. Pero yo estoy convencido de que hay una en particular. Nuestro carburador tiene más mierda que los ojos de un legañoso recién levantado. Está repleto de impurezas debido al uso excesivo y negligente.

Para los neófitos en materia automovilística, entre los cuales me incluyo, hay que aclarar que la función principal de un carburador es mezclar el aire y la gasolina en su proporción ideal para que el motor actúe adecuadamente. Cuanto más años tiene el trastomóvil más probabilidad existe de que ese elemento en cuestión tenga múltiples restos de suciedad acumulada que impiden una mezcla correcta y de calidad.

La precariedad del mercado laboral español es tan elevada y grave que este carburador se nos ha llenado de inmundicia y se peta continuamente. Como el poquísimo empleo que se genera es de pésima calidad, el problema se agrava y resulta imposible avanzar más de unos cientos de metros sin que haya nuevas detenciones. Los datos de la última EPA lo vuelven a confirmar. El desempleo vuelve a crecer, la población activa desciende y la miseria laboral se dispara.

Cuando ha habido ligeros descensos en el desempleo, las causas siempre han sido estacionales o han radicado en la fuga de mano de obra a otros países. Volviendo a la metáfora del coche, moto o medio de transporte alimentado por gasolina que cada uno escoja, este arranca mejor en verano, porque no hace frío y apenas hay que tirar del starter. Por el contrario, cuando el clima no es tan benigno hay que usarlo, lo cual ocasiona esa asfixia de la que antes he hablado. Además,  se pierde parte del combustible por el tubo de escape. Por otra parte, el filtro de aire de España está deterioradísimo, permite el paso de escoria a la cámara de combustión y provoca el escape continuo de gases.

La consecuencia es que, paradójicamente, cuantos más contratos se hacen más se perjudica al país. El mercado se vuelve aún más tóxico, los asalariados, cada día más pobretones, apenas pueden consumir y eso vicia todo el sistema, que no se derrumba del todo porque hay determinados pasajeros que de vez en cuando se bajan del coche y empujan. Pero cada vez son menos. El carburador se va ennegreciendo de una forma escandalosa y al final ni siquiera los funcionarios o el exiguo cuerpo de trabajadores de clase media o media-alta lo harán ponerse en funcionamiento de nuevo.

En definitiva, España se ha convertido en un automóvil deteriorado con un motor que no carbura por culpa de la basura que tiene almacenada. Hay por supuesto ocupantes de esta tartana que aún se creen los embustes del conductor acerca de la creación paulatina de empleo y piensan que van montados en un Ferrari –tal vez es el que tenía Fernando Alonso el año pasado–. Hay que ser muy ingenuo o muy fanático para tragarse ese cuento. De pequeños nos pasábamos muchas horas de viaje jugando al vamos a contar mentiras tralara. Pero se supone que hemos crecido. Al menos algunos.

Una vez hecho el diagnóstico, que no es cosa baladí dado que el chófer que conduce a España es un pazguato de primera categoría y se dedica a mirar el paisaje y a silbar alegres tonadillas de los sesenta, cabe proponer soluciones, si es que las hay.

Puesto que ninguno queremos tirar el automóvil al contenedor –aunque al paso que vamos tal vez no nos quede más remedio, habrá que ir buscando uno de reciclaje– evidentemente la más sencilla sería llevar a España al taller para que los mecánicos limpiaran ese carburador y reemplazaran el filtro de aire.

Sin embargo, esto no es posible. Tenemos un añejo aunque entrañable Seat 600 y no olvidemos que Seat fue comprada por la alemana Volkswagen. Imposible fiarse de los concesionarios oficiales. Estos son los mismos que vendieron el software fraudulento para que nadie se enterase de que con nuestras emisiones estábamos dejando el medio ambiente europeo más contaminado que el PP de Valencia.

Llevar a esta nación de naciones, plurinacional, federal asimétrica o tangencialmente deformada a otro tipo de talleres tampoco es posible. Si el motor no es de fabricación patria, el desengaño mayor es descubrir que el resto de las piezas son made in China. Y ellos están encantados con que la cosa siga así, porque a fin de cuentas el mercado laboral español se está achinando como los ojos de una concubina imperial.

Hay una última vía, sin duda la más arriesgada, pero a mi entender la única posible. Los carburadores se pueden llegar a limpiar en marcha, si esta es a altas revoluciones y no hay paradas. Es decir, sacando al coche de la ciudad llena de semáforos. Llevándolo a la autovía, metiendo la quinta o la sexta si es que la tenemos, rompiendo las estrictas normas de circulación urbanas, liberándolo del corsé del tráfico y los atascos, evitando que se cale.

El problema para aplicarla es evidente. El incompetente, risueño y fulero que está a los mandos sólo quiere moverse al ralentí. Y mucho me temo que la mayoría de los posibles reemplazos no aseguran una conducción muy diferente. En cuanto a los que sí la prometen, es difícil fiarse de ellos después de haberles visto en la última feria del motor.

Pero hoy no saldré a esas carreteras.

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