El Camino de la Esperanza

Es esta calle de Valladolid una atípica suerte de poesía encerrada en sus desequilibrios urbanísticos y en su estética equívoca. Una vía que no ha perdido totalmente su carácter original de carretera de salida de la urbe hacia el sur, rumbo a las extensiones de pinares hoy tan reducidos y sesgados por el crecimiento urbanístico impresentable e innecesario.

Es la antítesis de lo cool, el reverso tenebroso del mainstream. Es la mezcla de retales suburbiales con conquistas obreras y resquicios de vida rural en la capital. Alguien frotó La Farola y surgió un genio de extrarradio que creó este milagro al revés de extraño influjo.

En la parte más conocida de su recorrido vertebra mi barrio, allí donde están todas las raíces que la vida me ha intentado arrancar una y mil veces. Está franqueado a derecha e izquierda por calles estrechas de miras, cortas de vistas, pero al mismo tiempo muy profundas para quienes las hemos habitado a golpe de paseos domingueros entre gominolas, conversaciones banales de sábado por la tarde, pepitos de crema en los recreos o recopilación de experiencias provincianas tras las visitas vespertinas al Corte Inglés después de la jornada escolar.

No es lo mismo mirar a un lado que a otro del Camino, aunque la nomenclatura fijada en las placas azules en ocasiones no varíe. A la izquierda de la arteria esperanzada según se avanza hacia el Paseo Zorrilla surgen de forma paralela callejones sin salida como capilares trombosados. Callejas donde la vida se topa con una pared insalvable y los coches buscan robar espacio a los peatones escalando las pseudoaceras.

La sociedad capitalista se retrata decadentemente en la convivencia de casas molineras y ruinas sin okupar con adosados. La existencia se intuye más allá de nuestro particular muro de las lamentaciones. Crece algo de vegetación salvaje que oxigena la visión de almas urbanas llenas de escombros, persianas desvencijadas, puertas desencajadas y ladrillos roídos.

A la derecha del Camino el engaño se multiplica en venas infladas de forma artificial, retorcidas, con trazados que reptan y serpentean custodiados por bloques de edificios de trabajadores que se creyeron la mentira de la clase media. Aquí se rinde testimonio a un par de arzobispos, a un general y hasta hace muy poco a una falangista, antes de que la chica yeyé reclamase su legado desde el escenario. Se hunden los Ingenieros en una pendiente tan singular como melancólica.

Pero sobre todo son estas calles que atraviesan La Esperanza una llamada a los astros que nos desampararon y un sendero vital del Día. Desde el tibio amanecer de La Aurora hasta la promesa formulada con romanticismo mentiroso de que llegaríamos hasta la Luna, pasando por el brillo apagado del Sol. Al final todos nos quedamos mirando a la Estrella que nunca llegó y a alguien se le ocurrió aplicar el Esperanto como medio de comunicación único entre seres similares y opuestos.

Pero toda esa Esperanza siempre se ve truncada al final por el inevitable Crepúsculo en la plaza donde verjas azules delimitan el inicio y final de la infancia.

Sin embargo, esto es engañoso, porque ahí en realidad no muere este Camino, sino que lo hace en el punto que fue durante mucho tiempo cabecera de la línea hacia Ariza, como si la estación término en realidad significase el inicio de nuestra Esperanza. Para llegar hasta allí hay que atravesar dos vías de tren, la primera a través de un monstruo colocado para espantar los sueños y la segunda como anticipo de la muerte. Entre medias, matorrales, abandono y Norias que se quedaron sin motor.

Sin el ferrocarril es imposible entender esta avenida extraña de doble sentido o la misma Valladolid, siempre con esa herida sin cicatrizar. El propio nombre de la vecindad se debe al disco de la línea de trenes que se situaba precisamente en el Camino, llamado por ese motivo de La Farola hasta que la Administración lo cambiara de nombre en 1932, no sé si en una especie de chiste, indicando que para encontrar la Esperanza había que seguir el camino que te sacaba de la ciudad y tal vez del país. Más de ochenta años después todo sigue igual, aunque la calle haya cambiado.

Todavía a día de hoy cuando transito por ella me paro como si estuviera haciendo turismo de mi propio pasado. Me detengo ante el bar Los Amigos y me veo solo en la barra bebiendo un vino sin apenas posos. Me asalta mi impenitente rebeldía, salgo apenas unos metros del Camino, llego hasta el Madreka y, como otras mañanas de resaca antes de la resaca, me debato entre el chocolate con churros y el whisky.

También pienso en el presente cuando paso por delante de Talleres La Esperanza, que brota inesperadamente como una excepción a toda regla, y me dan ganas de entrar para que me arreglen el corazón. En algún tiempo Carglass cambiaba, Carglass reparaba en esta vía, pero se fue, dejándome sin la opción de sustituir los cristales rotos y empañados de las gafas que nunca uso. Aún me queda algo de orgullo para afilar los cuchillos en el establecimiento de Antonio.

Luego miro un poco hacia el futuro y sigo confiando en que La Mano Tonta de alguien me dé suerte, porque hace tiempo que dejé de creer en la recompensa del esfuerzo. Con una mezcla de humor y dramatismo, me planteo al caminar frente a una de las residencias de la tercera edad –hay dos, otro de los rasgos pintorescos de esta calle– que al menos cuando la artrosis me martillee los huesos por fin tendré algo parecido a un piso propio.

De repente el edificio sufre un tajazo violento como si alguien me hubiese dicho basta. Estoy cerca del final y escucho que el tren se acerca. Creo que es un viejo mercancías, pero sé que no tardará en pasar el AVE.

Y entonces recuerdo aquella vez, hace muchos años, cuando me perdí por primera vez en el Camino de la Esperanza.

Aún no me he encontrado, pero, por si me dejé algo, todavía algunas noches vuelvo a recorrerlo, mientras pido a La Farola que me alumbre.

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