Juanito Roselo, un personaje del siglo XIX

He tenido muchísimas dudas a la hora de afrontar este artículo por el tratamiento que debía otorgarle al protagonista del mismo. Primero pensé en empezar con un “Señor Rosell, usted…”, pero lo desestimé porque me parece que este personajillo no merece ningún formalismo artificioso de los que se establecen para contentar a las reglas de protocolo llamadas a veces de cortesía o educación.

Así que valoré emplear el tú y referirme a él por el nombre con el que le gusta ser conocido, Juan –Joan es para referirse a su padre–, pero también lo descarté porque me parecía demasiada cercanía y familiaridad para dirigirme a un tipo al que ni conozco ni me gustaría conocer. Ni siquiera en imágenes, aunque por desgracia eso en la era de lo audiovisual resulta imposible.

De modo que finalmente he optado por bautizarle con un nombre derivado del suyo: Juanito Roselo.  Me sonó mucho más anacrónico, precisamente el carácter que quiero darle a este sofisticado explotador del siglo XXI que de vez en cuando suelta pildoritas sobre su arcadia laboral cuando le abren los micrófonos y abre su boca de dientes roídos.

(Imagen: tucasa.com).

Aprovechando sus últimas declaraciones, que retratan qué clase de individuo es este catalán presidente de la patronal, puedo afirmar y afirmo que a Juanito Roselo le encantaría vivir en el siglo XIX. Sí, sé que sus palabras incitan a pensar lo contrario, pero en el fondo se trata de una especie de experimento verbal en el que existe un deseo mal expresado con un lapsus que parece que no lo es y acompañado de un argumento aparentemente opuesto a ese anhelo.

Hablando en cristiano, cuando el infame Juanito Roselo asegura que el trabajo fijo y seguro es un concepto del siglo XIX, mientras que en el siglo XXI tenemos que ganárnoslo todos los días por mor de la transformación digital, en el fondo hay un resquicio de rancia morriña por un tiempo que él no vivió.

¡Qué feliz hubiera sido este sujeto actuando como un patrón de aquella época, sin legislación laboral que le limitara para establecer jornadas inhumanas a cambio de un salario pírrico! Siendo el puto amo en un régimen de servidumbre obrera que por cierto aún existe en la actualidad, aunque, como todo, disfrazado de algo menos cruento, más moderno, más pitch. La neoesclavitud laboral del siglo XXI de la que se aprovechan seres como él.

Por lo demás, resulta curioso que un tipo como este conjugue en primera persona del plural el verbo ganar para referirse al empleo. Él, hijo del patriarca de la familia, Joan –este sí, a lo catalán–, de quien heredó un par de empresitas, una de plástico y la otra de juguetes, con las que sin duda tuvo un poco más sencillo su carrera. Trayectoria que por otra parte fue hacia arriba como un cohete y le llevó a presidir varias compañías importantes y a conseguir puestos en los consejos de administración de Caixa Bank, Gas Natural y Port Aventura.

Tampoco deja de ser llamativo que aluda al concepto de transformación digital. Sí, ya sabemos todos que el futuro impuesto por los grandes conglomerados de las telecomunicaciones, la sociedad del postureo tecnológico y demás gaitas lleva a que los negocios sean cada vez más individualizados, on-line y digitales. Algo que contrasta enormemente con la exigua inversión que tanto el Estado como las PYMES españolas destinan a la I+D, ridícula en comparación con los países del entorno.

Sin embargo, la sacralización de este mundo digital, como si se fuese a producir una invasión de una nueva civilización de seres que únicamente viviesen en los servidores de Silicon Valley, reptaran a través de las redes WLAN y abriesen sus cuentas corrientes en Drop Box, es tan estúpida como perjudicial para la raza que nos debería importar, la humana.

Igual a Juanito Roselo y a muchos otros les trae sin cuidado, porque ellos a fin de cuentas no son ni terrícolas ni digitales, ni reales ni virtuales. Están como a caballo, en una especie de limbo de impunidad, pudiendo hacer lo que les viene en gana y soltar por su boca toda clase de ideas repugnantes.

Los grandes empresarios —entre los cuales no sé si puede incluir a Juanito Rosell, fuera aparte de su condición de Presidente de la CEOE—, saben perfectamente que las transformaciones tecnológicas que se han producido en la historia han conllevado siempre un drama para la clase trabajadora, para los de abajo, porque nunca han venido acompañadas del componente social. Se han hecho a capón, sin ningún tipo de preocupación por la adaptación de la mayor parte de la sociedad.

Han sido el hombre y la mujer los que se han adaptado a la máquina, nunca al revés, como hubiera sido lo lógico. Pero nuestro desprecio hacia nosotros mismos resulta despreciable, nunca mejor dicho. Y los empresarios siempre se han frotado las manos observando como sus beneficios aumentaban debido a la reducción de costes aparejada a la tecnificación y se han divertido mucho apreciando las grandes cribas que se producían entre la masa obrera.

Ahora mismo estamos en ese momento, con la salvedad —y eso es lo que no dice Juanito Roselo— de que todavía no se ha consolidado ni mucho menos el modelo de negocio digital. Aun menos en España, donde estamos en pañales, por mucho que suene muy moderno decir que haces la compra a través de una app del Iphone. Los españoles no estamos ni remotamente preparados para ello.

Por otra parte, hay una aberrante noción de las cosas en la valoración de Juanito Roselo, una perversión de cómo deberían ser. ¿Quién cojones ha canonizado la idea de que el entorno laboral digital implica no crear puestos de trabajo en los que se respete el empleo de calidad, indefinido y con un salario estable y fijo? ¿Quién es Juanito Roselo para decir que todo el mundo tiene que convertirse en productor, transformador y vendedor al mismo tiempo para ganarse el pan? Eso es obligar a las personas no sólo a una modificación de su conducta laboral, sino prácticamente de su conducta vital. Y nadie tiene derecho a exigir eso.

La presunta evolución que ha seguido el ser humano hasta el siglo XXI –que cada día estoy más convencido de que para algunos sólo se refiere a los avances técnicos– nos tiene que servir para corregir los errores del pasado. Ninguna tecnología puede servir como excusa para rebajar la condición del trabajador. Sin embargo, es lo que se está haciendo. Porque es lo que les interesa a personajes siniestros que ganan muchos millones. Y que tienen como voceros a fulanos como Juanito Roselo, que ni siquiera es siniestro. Es sólo un mindungui.

Yo no soy un detractor de lo digital, ni mucho menos, para empezar porque si no existiese la tecnología, yo no podría estar por ejemplo escribiendo en este blog y enviando su contenido a cualquier rincón del mundo de forma instantánea. Pero sí soy enemigo de cualquier revolución tecnológica que vaya en detrimento de la calidad de vida de las personas. Y la actual de momento está  yendo a degüello contra ella.

Bueno, no contra la de todos, obviamente. A los que dirigen el cotarro se la suda que la gente tenga que vivir abocada a la inseguridad y la zozobra constantes o que se produzcan purgas entre los que valen para adaptarse a la última novedad y los que no. Al contrario, les beneficia. Son como los antiguos patrones del siglo XIX, mutados para sobrevivir en los nuevos tiempos, pero ni siquiera poseen su antigua elegancia aristócrata. Y, si no, mirad a Juanito Roselo con ese asqueroso pelo-mopa.

Que un menda de esta calaña moral sea el portavoz de los grandes empresarios españoles no ayuda precisamente a la buena imagen de su colectivo. Luego se quejarán de que hay parte del pueblo a la que no le gusta que acumulen riqueza. Que sentimos envidia. Si Juanito Roselo es su paradigma, envidia no. Más bien repulsión.

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