La misma Valladolid, Valladolid diferente

Mayo languidece entre bandazos de tiempo soleado, preveraniego, y otros de recidiva invernal. Como si el mes se hubiera contagiado del ambiente del país, excitable y cambiante, aunque siempre con esa tendencia hacia el constipado. Llevando un virus perenne en su interior, que traspasa a sus gentes. Los centros de salud estaban abarrotados esta semana.

Pero la vida entre bastidores sigue, aunque no lo parezca con tanta intoxicación mediática y exposición pública de nuestras vergüenzas, y los pequeños detalles que acontecen detrás del telón esperan su oportunidad para salir a escena de forma discreta.

El Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle (TAC) de Valladolid se ha celebrado esta semana, cumpliendo su decimoséptima edición. Ya es un referente veterano de este tipo de eventos, uno de los pocos méritos en el terreno de la cultura alternativa que hay que atribuirle al añorado por algunos y recordado por casi todos exalcalde Francisco Javier León de la Riva.

Como las circunstancias no me lo permiten, no he podido ver ni una sola representación, así que este artículo ni puede ni pretende ser una crónica, más o menos exhaustiva, del ciclo. Además, en tal caso le hubiese encargado esa tarea a mi querido personaje Robustiano Iglesias, que seguramente habría afinado más que yo con sus comentarios.

De lo que en realidad me gustaría hablar es del efecto que provoca el TAC en la vida de la ciudad. Algo que pocas veces se analiza y no muchas veces se pone de manifiesto. Las actuaciones no provocan una modificación sustancial en el organismo de Valladolid, pero desde luego modifican algunos detalles. Se le hincha alguna vena, puede que la del orgullo, aumenta el trabajo del hemisferio izquierdo de su cerebro y el corazón le late más deprisa.

Pero el cambio más notable se produce en esa área prefrontal del cerebro encargada de los procesos complejos, que entre otras funciones filtra, permea y absorbe las influencias externas. La de Valladolid normalmente luce amorfa, blanda de pura pereza, grisácea ante la falta de variedad. La antítesis del exotismo en las calles, lo opuesto a la multiculturalidad o el ritmo a paso cambiado, lo contrario a los impactos visuales o a la imprevisibilidad.

Con el TAC esta región cortical pucelana sufre una evidente alteración en su fisonomía. Nada serio, pero sí notorio. Resulta reconfortante para una persona que vive la mayor parte de los 365 días del año –éste, 366– en esta ciudad a menudo poco dada a las sorpresas ver como la rutina habitual propia y del resto de paisanos se mezcla en el paisaje con actos y manifestaciones que la descolocan, aunque sea momentáneamente. La provinciana Pucela muestra su modesta capacidad para ser cosmopolita, incluso ligeramente políglota. Hasta respira bohemia por sus poros.

Un par de turistas extranjeros intentan comunicarse en inglés con las empleadas de una cafetería, que se desenvuelven lo mejor que pueden en ese idioma que no usan desde el colegio o instituto. Valladolid es refugio del castellano casi sin buscarlo, se protege en sí mismo casi por inercia. Aquí ni siquiera los Erasmus de diferentes países hablan en inglés si no es estrictamente necesario, porque vienen a aprender la lengua de Cervantes, Delibes y Zorrilla. No es bueno ni malo, es Pucela.

En el autobús a la hora de la sobremesa la palabra ‹‹centro›› suena con acento andaluz y todos nos esforzamos por ser más simpáticos de lo habitual, aunque menos que ellos. La señora que viene de misa, el adolescente que va a clases extraescolares, la funcionaria que está acordándose de la siesta después de una comida con sus compañeros. Incluso el conductor trata de ser castellanamente mesurado en su amabilidad.

Yo doy más explicaciones de las pedidas, hablándoles de La Antigua, la Universidad y San Pablo. Siempre me pierde el postureo de demostrar que en Pucela no somos tan bordes. Y a quien diga lo contrario, le llamamos pelele y es lo que hay.

Me bajo del transporte público y veo en las terrazas de las cafeterías más población de la habitual. Lo autóctono se mezcla con lo de fuera y las charlas se cocinan con nuevos ingredientes añadidos a los de siempre. Hay tribus urbanas, se ven más rastas, greñas, tatuajes, piercings, calentadores a rayas, camisetas sin mangas, pelos rapados y teñidos de rosa o azul de lo habitual.

Das un breve paseo mañanero obligado por el casco histórico y sus inmediaciones y te topas con que una esquina de la calle Santiago donde un chico de raza negra canta soul como los ángeles apoyado por una suave guitarra eléctrica se ha convertido de pronto en Londres o Nueva York. Hay mapas desplegados que desperezan la ciudad y la quitan su perpetuo doblez, su ajuste de corsé.

Llegas hasta la Plaza Zorrilla y te trasladas a una especie de Broadway callejero. Una coreografía asciende y desciende por una rampa negra. Es drama corporal con mutismo y retorcimiento, belleza sin palabras, baile de la cara y el cuerpo sin desplazamiento.

Todo a plena luz del sol, con espectadores de edad avanzada y tez más pálida que la que se ve por estos lares, viseras y gorras, observando con atención el desarrollo. A su lado, dos jubilados con andares pausados, que pasan por allí y por un momento olvidan la final de la Champions y su partida de cartas de esa tarde. Escucho el sonido de la fuente como si el agua fluyera más veloz o entusiasmada. Al borde del círculo varias parejas de jóvenes sentados y hasta el poeta parece cambiar su rictus eterno y asombrarse. Esta Valladolid me la han cambiado.

En realidad no es así. Uno se adentra por el Campo Grande y descubre a la Pucela de siempre en los sonidos de los pavos reales, los andares patosos de las ocas y la multitud de niños haciendo cola en el estanque para subirse a la barca de El Catarro, que sonríe desde su morada secreta inmortal detrás de la cascada, en la gruta, porque el legado que dejó para siempre a Valladolid este mediodía lleva a algunos pasajeros nuevos. Marineros que tal vez cuando vuelvan a sus casas, muy lejos de Pedro Ansúrez, Rosa Chacel, la Playa de las Moreras y el Barrio de las Delicias, cuenten el mismo viejo cuento para que no sólo sea patrimonio de las generaciones vallisoletanas y engorde un poco más la leyenda del Pisuerga.

Mañana Valladolid volverá de nuevo a su ser habitual y esta breve alteración del Festival Internacional de Teatro y Artes de Calle quedará como siempre en la memoria colectiva que guarda el viejo olivo de Fuente Dorada.  Seguiremos esperando a que llegue otra semana en la que la ciudad vuelva a descubrir que su identidad ni se pierde ni se trastoca por que gentes de otros mundos dancen, toquen, canten o den pasos sobre sus entrañas.

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