Ayuntamientos del Cambio… menos para el fútbol

Hace poco más de un año el panorama político español empezó a cambiar sustancialmente. Las elecciones municipales variaron el mapa tradicional, dividido fundamentalmente en territorios gobernados por PP, PSOE o partidos nacionalistas y un nuevo actor, hasta entonces inédito, entró en escena. Y no conquistando plazas precisamente insignificantes, sino, entre otras, las dos más importantes: Madrid y Barcelona.

Aquellas coaliciones, confluencias o agrupaciones que integraban a formaciones políticas, plataformas ciudadanas y otras entidades acabaron configurando las siglas de Ahora Madrid y Barcelona en Comú y se alzaron con un triunfo histórico en las elecciones municipales del 23-M. Son los principales representantes de lo que se ha dado en llamar “Ayuntamientos del Cambio”.

Ada Colau y Manuela Carmena. (Imagen: El País).

No conozco en profundidad la política que se está implementando en estos sitios, porque no resido en ninguno de los dos, pero parece claro por lo que uno lee, escucha y ve que no se trata de un mero título formal sin contenido. Hay un cambio real de actitudes, medidas y filosofía de gobierno. A algunos no les gusta nada y a otros les encanta. En cualquier caso, esa variación de rumbo no deja indiferente a nadie.

Sin embargo, hay cosas que no cambian.

El poder del fútbol es imponente e inquebrantable, antes de los Ayuntamientos del Cambio y con ellos. Tanto Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, como Manuela Carmena, su homóloga madrileña, ambas declaradas no aficionadas al deporte del balón y que incluso criticaron cuando estaban en la oposición y también cuando tomaron posesión determinadas actitudes de sus predecesores en lo tocante a su relación con las principales entidades de fútbol de sus ciudades, han pasado por el aro y ya son como todos los demás.

No critico que Colau y Carmena acudan a presenciar finales, por mucho que impliquen gastos con cargo a los fondos públicos en desplazamiento y otros. Ni siquiera lo criticaré aun teniendo en cuenta que Carmena cuando se convirtió en alcaldesa madrileña dejó claro que iba a renunciar al palco que le estaba reservado al Ayuntamiento en el Bernabéu y sin embargo en noviembre acudió al mismo para acompañar a su homóloga parisina durante un partido contra el PSG. Más recientemente, removió Roma con Santiago para poder estar en la final de la Champions disputada en Milán entre Atlético de Madrid y Real Madrid, escudándose en que a su nieto le hacía mucha ilusión.

Aunque todo es debatible, parece claro que asistir a determinados partidos en la cumbre va implícito en su sueldo de primeras ediles. Como máximas representantes de los gobiernos de sus ciudades seguramente tengan que estar en determinados eventos deportivo de élite.

Lo que me parece contradictorio y francamente curioso es que hayan asumido algo más que su papel institucional, especialmente en el caso de la alcaldesa de Barcelona. La imagen de la exactivista antideshaucios, con la que muchos simpatizamos en su día, celebrando el segundo gol del Barça en la pasada edición de la final de la Copa del Rey junto a Puigdemont, presidente de la Generalitat, y Josep María Bartomeu, presidente del club, me resultó cuanto menos chocante. Ya en la Supercopa de España, que presenció en el palco del Camp Nou, Colau hizo unas declaraciones al descanso muy de hincha: “Hay que creer en la remontada, suerte que Messi ha roto el hielo”.

Ada Colau, Bartomeu y Puigdemont, durante la final de la Copa del Rey. (Imagen: As).

No entraré en consideraciones de todo punto demagógicas respecto al presunto delito fiscal – de cantidades astronómicas– del astro argentino y otros futbolistas de fichas millonarias ni siquiera en la opacidad de la que tanto Real Madrid y Barcelona, amparados en su condición jurídica –no son Sociedades Anónimas Deportivas–, se aprovechan, con la complicidad del gobierno de Montoro, para ocultar sus cuentas, que arrojarían, según algunos, unas deudas con Hacienda que superarían los 600 millones de euros.

No, ya sabemos cómo es el fútbol, o le quieres por lo que tiene de bello (que cada vez es menos) y te olvidas de todo lo odioso, o es mejor no verlo.

Esto no es óbice para reconocer que resulta algo extraño que personas que han enarbolado la bandera del fraude fiscal como Colau o Carmena se hagan ahora forofas de los clubes de fútbol más ricos de España y menos transparentes con Hacienda.

No quiero ser retorcido y pensar que el evidente buen rollo reinante entre Bartomeu y Ada Colau tenga algo que ver con el visto bueno que el Ayuntamiento de Barcelona tiene que otorgar al macroproyecto Espai Barça, que implica la reforma del Camp Nou, derribo del Mini Estadi, construcción de un nuevo Palau y un nuevo polideportivo, además de instalaciones de ocio. Autorización que la directiva de la entidad futbolera lleva un año persiguiendo.

Cuando estaba en la oposición, Ada Colau afirmó que deseaba la construcción de un parque verde que integrara los edificios del Barça situados en la calle Les Corts con el resto del barrio, pero desde que es alcaldesa sólo han salido a cuentagotas noticias sobre las negociaciones. Los temores iniciales a que el sesgo político de Ada impidiera la ansiada macro obra han empezado a disiparse y en general reina el optimismo. Y es que esos choques de manos y sonrisas cuando marca el equipo culé entre Bartomeu, haciéndose querer, y Colau y Bartomeu, dejándose, matan a cualquier escéptico.

Tampoco me gustaría creer que el nuevo Bernabéu, que necesita un cambio en el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid al que parece ser que Carmena ya ha dado luz verde, haya influido en las repentinas buenas relaciones que la alcaldesa de la capital parece mantener con el club merengue. Es verdad que el faraónico diseño que presentó Florentino Pérez en su día no se va a llevar a la práctica, pero no porque el Ayuntamiento dijese que no, sino porque lo dijo un juez, dejando así en evidencia al anterior equipo de gobierno del PP.

Manuela Carmena y Florentino Pérez, en la celebración de la conquista de la Champions League por parte del Real Madrid. (Imagen: 20 Minutos).

Ya no habrá invasión de La Castellana, pero a cambio el Ayuntamiento permite la ampliación por la esquina que da a la Plaza de los Sagrados Corazones y el cambio de uso comercial a hotelero del edificio que hay en dicha ubicación. No es la tarta que quería Florentino, pero no se ha quedado totalmente sin caramelito.

Manuela parecía una aficionada cualificada del Real Madrid cuando les dijo a los jugadores tras su conquista de la Champions que ellos ponían a Madrid en el epicentro y que “los valores de Madrid son la historia del Real Madrid”, frase que podría haber firmado el mismísimo Florentino, otrora tiempo ser superior y autor de aquella sentencia mítica cuando se estaba construyendo la Ciudad Deportiva del Madrid –tras haber arreglado con el exalcalde Gallardón un pelotazo urbanístico histórico– “Los obreros despedían madridismo”.

El caso del Atlético de Madrid es algo distinto, pues las obras de La Peineta ya estaban hechas, pero el club colchonero también necesita al Consistorio presidido por Manuela Carmena para que apruebe el límite de edificabilidad de los terrenos que quedarán yermos tras el derribo del Vicente Calderón, además de recalificar el suelo de La Peineta, que pasará de ser de uso público a privado. A tenor de las últimas informaciones, el tema ya estaría perfectamente resuelto y negociado.

No tengo ninguna duda de que todas esas súper actuaciones urbanísticas –que algunos tal vez llamarían chanchullos si se tiene en cuenta su espíritu original– contarán con los parabienes necesarios por parte de los respectivos Ayuntamientos, más temprano que tarde, y se hará lo necesario para que reúnan los requisitos legales, paralegales y, si hace falta, hasta los morales. De acuerdo que se aplicará el maquillaje, como en el caso del Bernabéu, para que la cosa parezca más acorde a la filosofía de los nuevos partidos y no evoque la ranciedad de los planes elaborados por los anteriores gobiernos, pero se efectuarán.

Esto tampoco lo critico, por mucho que los Ayuntamientos del Cambio se suponían destinados a cambiar la política urbanística y a sustituir este tipo de proyectos por otros más beneficiosos para el interés público y que no redundaran escandalosamente en el engorde de la arcas de entidades privadas.

Pero es que hablamos de clubes de fútbol. Y no de cualquiera. El dicho “con la Iglesia hemos topado” fue sustituido hace mucho por “con el fútbol –o lo que han hecho de él– hemos topado”. Y eso no lo cambian ni los Ayuntamientos del Cambio.

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