Personajes de biblioteca

Últimamente, por motivos laborales y vocacionales, estoy frecuentando bastante las bibliotecas públicas, espacios claves en el mapa de servicios de una ciudad.

A pesar de la gran cantidad de hábitos cotidianos que han cambiado debido a los avances tecnológicos, hay algunos que permanecen igual o incluso se practican más. Junio es una buena época para comprobar que las bibliotecas siguen usándose masivamente. Es período de exámenes en colegios, institutos y universidades, por lo que los estudiantes de estos ámbitos se unen a la habitual fauna bibliotecaria, que no tiene desperdicio. No hay animales, aunque algunos se comportan como tales.

Sin intención de ser exhaustivo, voy a intentar desgajar un poco la tipología de personajes diversos que acuden a estos entrañables lugares urbanos, con sus diversas motivaciones. Antes de empezar, es necesario señalar que la llegada de las altas temperaturas elimina la presencia de personas que únicamente buscan en la biblioteca un sitio donde refugiarse del frío de la calle o de sus casas con abstemia de calefacción. Aunque algunos se nieguen a creerlo, puedo asegurar que esto es tan cierto como todo lo que contaré a continuación en un tono bastante menos serio.

El grueso mayoritario de individuos que pululan –en efecto, algunos pululan más que otra cosa– por esos espacios rodeados de libros tiene como finalidad primordial estudiar. Pero no todos los que vienen a chapar son iguales, ni mucho menos. El tradicional ejercicio de hincar codos es llevado a cabo con diferentes niveles de ahínco y, según los casos, se mezcla más o menos con otro tipo de actividades.

Por ejemplo, hay algunos, y sobre todo algunas, para quienes venir a la biblio es una oportunidad social para reunirse, hablar y reír –en su mundo imaginario piensan que por lo bajo– mientras estudian o hacen juntos los deberes del cole o del insti. Es fácil reconocerlos porque tienen un montón de trastos extendidos por el sitio, aunque jamás los toquen. Estuches cargados de artefactos, rotuladores de setenta y cuatro colores distintos, gomas de boli, de lápiz y de saliva, dos o tres botes de Tipex, cuadernos con perfectas cuadrículas y libros de cada una de las asignaturas que, pese a que parezca increíble, aprobarán.

Los universitarios son algo distintos. Si te toca estar junto a uno de ellos, se puede decir que por lo general has tenido potra. Si además ese alguien tiene un polvo, miel sobre hojuelas, aunque esto también puede ser contraproducente para aquello que sea lo que has venido a hacer. Depende de tu edad, los efectos que te haya causado la explosión primaveral y tu nivel de libido, vulgo desesperación, también puede ser tu recurso onanista para dormir mejor esa noche.

Salvo si son de primer año, que ahí ya te enfrentas, colega, a una lotería, normalmente estudian sin armar ruido en pulcros cuadernos llenos de apuntes impecablemente organizados, bastante metidos en faena, tomándoselo en serio, evidenciando que a ellos no se les vence fácilmente con presagios fúnebres sobre el futuro laboral.

Aparte de cierta tristeza nostálgica que a mí personalmente me provocan, los únicos inconvenientes que generan estos buenos chicos de la España post milenio son sus ocasionales fugas y regresos con corrimiento de silla involucrado para tomarse descansos –cortos si son para mear, mirarse al espejo o echarse un pitillo, largos o indefinidos si son para el coffee de media mañana hasta la hora de comer– y sus continuas consultas al Whatsapp, que pueden derivar en prolongados chateos o en caritas deprimidas metamorfoseadas con los emojis antes conocidos como emoticonos. Pero chico, aquí la distracción ya es cosa tuya. No cotillees.

El extreme level del estudio lo alcanzan sin lugar a duda los opositores. Es fácil reconocerlos porque jamás se levantan de la silla y, cuando no les queda más remedio que hacerlo porque cierran la sala se les nota ese dibujo anatómico similar al del asiento que acaban de abandonar. Sus grandes ojeras y las entradas en el caso de los hombres, les delatan. A veces huelen a esfuerzo excesivo y olvido de la vida cotidiana.

Otro rasgo distintivo son los tapones. Si tu vecino, normalmente de género masculino –las chicas opositoras disimulan más que lo son, aunque el otro día me senté al lado de una potencial funcionaria de recién adquirida condición con quien me imaginé casado y rescatado de la miseria si se sacaba la plaza; lástima que, como buena opositora, ni me vio; culpa de la puta Ley Orgánica del Poder Judicial, o eso me dije para consolarme– tiene incrustados en los pabellones auditivos esas feas circunferencias que llevan sin adaptarse a las tendencias estéticas desde la Edad Media, amigo, estás sentado al lado de un opositor. Algunos también llevan atril para colocar sus tochos extremadamente ordenados. Todo muy clásico.

Prepárate entonces para observar y a veces sufrir todo tipo de tics nerviosos, algunos provocados por el exceso de café, otros por la chifladura sobrevenida tras una década estudiando doce horas diarias, en forma de muecas, sonrisas dementes, movimiento repentino de extremidades superiores e inferiores y respingos espasmódicos que te sobresaltarán y te joderán la concentración o la cabezada.

Por último, es muy posible que escuches susurros, voces casi inaudibles e ininteligibles que combinen lenguaje legal con imprecaciones, recitados con un ritmo extraño, entre tropical y el de la charanga de tu pueblo. No escucharás melodía, aunque poco faltará. No en vano en su argot esta acción se llama “cantar el tema”. Sí, tía, ya sé que a veces toca un poco los bemoles, pero comprende a los chavales, tienen que ensayar para dar la talla ante el preparador y, dentro de unos meses, ante el tribunal. Alguien tiene que levantar el país.

Pero ojo, no pienses que has tenido mala suerte. Los opositores son excelentes compañeros de mesa comparados con otros personajes de biblioteca.

Los sujetos y sujetas con pinta de señores de cátedra o investigadores no tienen por qué ser especialmente molestos. Normalmente van provistos de grandes folios, a veces manuscritos, que retrotraen a la época prefranquista, en la inmensa mayoría de los casos llevan gafas y casi siempre tienen el gesto agrio, así como de mala hostia, que puede desencadenarse si les echas más miradas de las que consienten o haces un movimiento o sonido de más.

Lo malo de ellos es que suelen olvidar silenciar el móvil y a veces esto trae situaciones indeseadas. Porque escuchar a todo volumen un politono no es lo que más te apetece cuando estás a lo tuyo, independientemente de que lo tuyo sea mirar las tetas o los pectorales al elemento vecinal o pegarte la panzada padre a ver si sacas el examen de doscientos temas y medio de mañana.

Siguiendo con las personas de avanzada edad, hay un tipo de personaje de biblioteca totalmente pintoresco, mítico, cuasi legendario, que sobrevive en el alfoz de la era digital y se resiste a bajar al centro de la ciudad. Los lectores de periódicos, jubilados y jubiladas que se pegan entre ellos para retener unos minutos más de lo permitido por la normativa del centro el diario donde se cuenta “lo último que han dicho El Coletas y el Rivera”, que “Montoro nos sube otra vez los impuestos” o que “a ver si estos de Podemos nos quitan la pensión”.

El otro día presencié una discusión la mar de interesante, si no fuera porque me robó varios minutos de trabajo, entre dos señores que, como no puede ser de otra forma en Valladolid, se disputaban a voces el Norte de Castilla. Se requirió la intervención de una empleada, que, lejos de instarles a templar el tono para no perturbar el silencio, les llamó al orden y les recordó las reglas del préstamo de periódicos también a grito pelado.

Pero esta gente no tiene ni para descalzar a los verdaderos “voceras de biblioteca”. Estos son los únicos personajes insoportables que anidan por esos lares. Suelen tender ya a la senectud, pero también los hay de mediana edad. A ellos no les encuentro ni pizca de gracia, ni siquiera rancia cuando suena una melodía de corte militarista o una copla de la España cañí en sus terminales, como si se proyectara el Nodo.

No, porque lo peor es que lo cogen y hablan como si estuvieran en la pescadería, la peluquería, el bar o un concierto de Iron Maiden –en su caso, las orquestas de La Pérgola–. Confieso que no los aguanto y hago juramentos y los maldigo cuando, sin ningún tipo de pudor, comienzan una conversación con total naturalidad.

Dentro de esta categoría hay un subgénero que se podría denominar “voceras de biblioteca con encargo”. Son aquellos abuelos que entran cinco minutos, acompañados de alguien del personal bibliotecario para pedir “el libro que me ha apuntado mi nieta” o “el manual que me ha dicho el chico mayor”. Ni siquiera el toque sentimental que implica la referencia al niño –que tal vez sea un adolescente vago y jeta–, justifica su irrupción como elefantes en la cacharrería, con la complicidad y colaboración en ocasiones de quien le asiste.

Alguno tal vez se estará preguntando en cuál de las anteriores clasificaciones me encuadro yo. Bueno, digamos que yo podría haber encajado en otros tiempos en cualquiera de los perfiles estudiantiles, menos el de opositor y el de chico universitario cañón. Ahora soy un espécimen bastante peculiar, una rara avis. El tocahuevos que da continuamente a las teclas para escribir, entre otras cosas, artículos como este.

Aprovecho para pedir disculpas a mis vecinos de biblioteca pasados, presentes y futuros.

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