Semblante a cuatro

No quiero caer en el tópico de hacer un análisis sobre el ¿debate? a cuatro del pasado lunes 13 de junio. Bastantes ríos de tinta ya han corrido acerca del pseudoproducto de mercadotecnia política y seguramente todos muy caudalosos y cargados de razones en su corriente. Yo lo que pretendo es ir un poco más allá, dar una visión personal propia de lo que vi. Porque pese a la sensación de sopor, estuve concentrado hasta la 1:30. Bueno, todo lo que pude.

Así que me dio tiempo a tragarme el pre, el durante y el post. La llegada de los cuatro tíos con posibilidades de convertirse en presidente del gobierno de España (aunque, visto lo visto, remotas en el caso de los cuatro), su intercambio de opiniones y mensajes y sus comentarios posteriores, primero en la sede de la Academia y luego en sus propias sedes.

Para mí lo más interesante de esta pantomima que desenredó poco o nada la maraña política y que dejó a los españoles aún más confusos de lo que ya estaban, con la amarga sensación de que estas elecciones no servirán para nada, fue el lenguaje paraverbal mostrado por los cuatro en los diferentes momentos en que se desarrolló el debate.

Empezando por Rajoy –así me le quito de en medio en seguida–, ninguna sorpresa. El habitual semblante cansino del Presidente del Gobierno en Funciones, como si estuviera hastiado de repetir siempre las mismas mentiras, de ensalzar siempre las mismas verdades parciales –muy parciales, como muchos de los contratos de trabajo que presume haber generado con su reforma laboral– e incluso del poder, pero tan enganchado a él que se siente incapaz de dejarlo.

Ya lo dijo semanas antes de celebrarse el propio programa televisivo. Que eso de los debates le parecía muy cansado, que había que esforzarse mucho y que no le apetecía, dando una imagen de sujeto perezoso que vaguea por la Moncloa. Con la imagen que da el principal representante institucional del gobierno, ¿con qué legitimidad puede pedir nada a los ciudadanos? Y aun así lo pide. Más que eso, lo exige, como exigirá los ajustes que le ha prometido a Juncker.

Aparte de su constante mueca de tedio, hay un ademán de Rajoy que ya me conozco de memoria. Cada vez que le hablan del tema de la corrupción, sobre todo cuando escucha la palabra Bárcenas, él utiliza una especie de sortilegio para defenderse del conjuro maligno. Contrae levemente los labios, enarca las cejas y se parapeta en su falsa cara de negligente irresponsable, de tonto inocente, que no se cree ni Magú. Bueno, o sí, a tenor de la gente que sigue votando a su formación, pese a su lamentable liderazgo.

Después tenemos a Pedro Sánchez y su quiero y no puedo. Si Rajoy es posiblemente el presidente más aburrido, insensible y gris de la historia reciente de la democracia española, Pedro Sánchez es el aspirante a presidente más mediocre e insustancial que ha tenido el PSOE. Incluso superando a Joaquín Almunia, y eso que a favor de este último Pedro Sánchez supuestamente tiene la percha, como le reconocen a gritos algunas señoras, y “el culito” (¿Susanna Grisso es una señora?).

Hablando de Griso, no puedo evitar mencionar el paupérrimo dato de audiencia que cosechó Dos Días y Una Noche precisamente con el líder socialista, apenas un pírrico 7% de share y un millón de espectadores raspados. Eso demuestra el nulo tirón de Sánchez, que en el Debate a Cuatro mostró una actitud rayana en el patetismo y un lenguaje no verbal artificial, forzado, a veces intentando ser agresivo, otras simpático, pero no consiguiendo ninguna de las dos, transmitiendo una sensación de impotencia, rencor infantil, cuasi pataleta, y ganas de saltarle al cuello a Rajoy y a Iglesias con tal de subir a lo más alto, que me pareció muy desagradable.

Rivera. Ay, Rivera de mi vida. Sí, él quiere ser Iniesta, una especie de ídolo español de consenso, un todoterreno que vale igual para atizar a un lado que a otro. Su rictus no deja lugar a dudas,  pone esa sonrisa de jugón que domina a la perfección, ese gesto de tipo bien pagado que se adora a sí mismo. Sabe que es guapete (alguna amiga me dice que tiene un polvo, yo no tengo suficientes conocimientos en la materia como para poder afirmar tamaña cosa), mira a la cámara y lo explota.

Pero además el otro día saco una faceta algo desconocida de su repertorio gestual. Estuvo atento, dinámico, estirando las manos, moviendo la cabeza en ambas direcciones, más centrado que nunca, tratando de repartir juego a una y otra banda, ofreciéndose para recibir el balón, siempre ahí, en la mitad del espectro visual, aunque estuviera ligeramente escorado a la izquierda.

A veces trató de irse por esa banda, haciendo suyo el discurso social, y la verdad es que resultó creíble. Se despojó de la corbata, en otro claro guiño para captar adeptos a su causa desde el flanco siniestro, que decía la Iglesia Católica, pero sin quitarse del todo el traje, para dar imagen de tipo serio y responsable que quiere usurpar el papel de Rajoy pero haciéndolo mejor que él. Eso sí, la imagen de chico de Nuevas Generaciones del PP no se la quitaría ni haciéndose la cirugía estética.

Por último, Pablo Iglesias estuvo contenido, desconocido dijeron muchos. Sus gestos fueron más sobrios de lo habitual, apenas levantó la voz ni entró en batallas cuerpo a cuerpo. Cuando Rivera le atacaba, le replicaba de una forma suave, sin vehemencia, sin esa pasión que normalmente le caracteriza cuando habla. Dejó el cancherismo a un lado para optar por formas más elegantes y adustas.

He escuchado bastante esta semana que esa táctica de Iglesias, completamente estudiada, fue equivocada. Yo creo que no. Pablo Iglesias domina el medio televisivo con tanta solvencia que puede utilizar con acierto todos los registros que le dé la gana y aun así salir airoso o incluso victorioso. Jamás he visto a un político tan telegénico, en estas lides es casi siempre el mejor o al menos empata con el mejor, que tal vez el otro día fuese Rivera.

Fue acertada su estrategia porque el líder de Podemos (o candidato de Unidos Podemos) es consciente de que el tema de Venezuela le puede hacer mucho daño y provocarle una sangría de votos importante. Rivera lo sabe y lleva muchas semanas explotándolo y haciendo campaña contra él por ese lado, en mi opinión de una forma bastante rastrera. El semblante de Iglesias al negar la mayor (el presunto delito de financiación ilegal) transmitía sinceridad.

Es verdad que siempre se le puede achacar a Pablo Iglesias que no es contundente ni suficientemente claro con este tema, sino que se limita a citar las querellas archivadas. Pero de momento su tibieza en el discurso, combinada con la sensación de credibilidad de su lenguaje gestual, le basta para dejar dudas razonables en el aire y que el votante potencial no le penalice por el asunto. Y ello pese a la tremenda maquinaria mediática y periodística que hay organizada contra la formación morada, en parte orquestada para aupar a Rivera, que ahora es el candidato preferido del establishment, o para evitar el batacazo de Sánchez, y en parte porque algunos quieren trasladar sus propios temores hacia Podemos a la ciudadanía.

También merece la pena comentar algo de la actitud que los candidatos mantuvieron con posterioridad al debate, su comportamiento con los periodistas y con militantes y compañeros de sus partidos. Una vez más los gestos les delataron.

A Rajoy le revelaron de nuevo como un candidato sumido en la atonía. Hosco al saludar, rechazando las preguntas de los periodistas en la Academia, e incluso frío con los suyos en Génova, contestando allí las cuestiones de los medios con desgana, deseando al final de cada interpelación que esa fuera la última. Mariano, con sus andares de hombre fatigado, haciendo de Mariano, como en aquella célebre rueda de prensa que zanjó con un “si me lo permiten, me voy a ir, que estoy  un poquillo cansao”. Penoso.

Sánchez también fue fiel a sí mismo, mostrando su verdadero rostro de tipo al que no le gusta mucho que le pregunten y repregunten, algo cabreado con la opinión pública, con la publicada, con el resto de candidatos, con los electores, con los españoles… Enfadado con el mundo.

Y, como un animal herido en su orgullo, se piró de la Academia con más pena que gloria, al igual que el jefe del PP sin conceder preguntas y, una vez en Ferraz, tanto en la calle como dentro de la sede, siguió igual, con esa sonrisa Profident imposible de creer, esos ojos que se le salen de las órbitas de pura mala hostia concentrada, esos brillos en el iris que refulgen ansia de poder imposible de alcanzar.

Albert Rivera estuvo muy correcto con los periodistas en la rueda de prensa postpartido, se comportó de una forma muy educada, respondió a todo lo que le preguntaron y fue agradable también después en su feudo, tanto con los suyos como de nuevo ante los micrófonos. Tenía ganas de hablar, se le notaba, y no paraba de enseñar su sonrisa de chico bien, pijito pero majete, de hablar en tono de celebración, reflejando alegría en el rostro, muy en su papel.

Eso sí, el único que contestó a las preguntas en los pasillos de la Academia antes de la comparecencia oficial y se saltó el protocolo fue Pablo Iglesias, demostrando su cercanía y espontaneidad. “Me ha dicho mi Jefa de Prensa que tenemos ahora un canutazo”, se excusó, tirando de conocimientos periodísticos.

Luego lo mismo, simpático, con un cierto toque dicharachero y guasón, en su estilo campechano de colegueo, del tipo con el que muchos piensan que se lo pasarían muy bien tomando una caña, estén de acuerdo con él o no. Así se comportó en todos los momentos posteriores, también a su llegada al cuartel general de su partido, siempre con ese control de los tiempos y de los guiños que requiere la televisión.

Más allá de este análisis hecho por un lego, un profano, que no tiene prácticamente ni idea de Comunicación Política, cualquier consideración no sirve de nada sin el aspecto más importante en toda esta movida, que no dejan traslucir las palabras, ni siquiera los gestos. El interior, el ánimus, la voluntad de sacar el país de esta situación de enquistamiento político. Y en eso me parece que todos andan empatados. En torpeza y testarudez.

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