Votar con escepticismo

Dado que llaman a la de hoy jornada de reflexión, me he puesto a reflexionar.

Y he reflexionado que las elecciones de mañana, 26-J –¿Por qué esa nueva moda de poner iniciales a todas las fechas con significación política? Antes sólo se hacía cuando había atentado terrorista de gran magnitud– generan mayoritariamente mucho escepticismo entre los españoles y españolas. Escepticismo entre votantes de todo signo.

Descuelgo de la planilla a los escépticos radicales, que no se dirigirán a las urnas, que se quedarán en su casa bostezando, pasando la resaca de otro domingo en el que se suelen jurar que cambiarán de vida, rechazando esa cita porque nadie les ha convocado a ellos directamente, maldiciendo una democracia odiosa o fugándose de la realidad. Dejarán que sean otros quienes decidan por ellos o bien se cagarán en los engañados que sí harán el esfuerzo mental de dirigirse a su colegio electoral más próximo.

No es que no respete a este grupo, simplemente no me resultan interesantes para esta reflexión. Y ya he dicho que iba a reflexionar, ¿o no?

Primero están los escépticos indecisos, esos que más o menos sí creen en el sistema de democracia representativa pero no en los partidos políticos. No se sienten identificados ni siquiera un poquito con las sonrisas de Rivera, las ocurrencias de Iglesias, el triunfalismo de Rajoy o las pataletas de Sánchez. Tampoco con sus programas políticos que, como la inmensa mayoría de electores, no se habrán leído, aunque sí tienen una ligera noción de ellos.

Hay dos subcategorías dentro de este conjunto de personas. Una es la de los escépticos indecisos cabreados, que optan por el voto nulo. “Me dais todos asco, pero soy demócrata”, sería el sentido de su papeleta. Y por otra parte están los escépticos indecisos pasotas, a los que les da un poco igual uno que otro, ninguno les parece del todo mal, ni bien, sino todo lo contrario. “Me la pela, nada va a cambiar, pero yo ejerzo mi derecho”, más o menos vienen a pensar. Así que votan en blanco.

Incluso podría haber una tercera subcategoría, bastante sui generis y que en un sentido estricto no es correcto incluirla en este grupo, pero, si dejamos el purismo a un lado y nos guiamos sólo por los efectos del voto, sí que lo es.

Meteríamos aquí a aquellos que votan a partidos minoritarios sabiendo de antemano que no van a tener escaños –entiéndase que toda esta reflexión mía se refiere al Congreso y no al Senado, sobre el que no he tenido ganas de reflexionar–. Lo hacen para desahogarse, quitarse el peso de encima de expresar su voluntad y meterles un zasca moral a los cuatro partidos principales de ámbito nacional. “Yo voto al PACMA porque soy antitaurino, animalista y porque no me sale de los cojones votar al Coletas, que no me fío de él”. El ejemplo con UPyD me parecía de mal gusto. Bastante tienen ellos ya con lo suyo.

Si pasamos ya al gran grupo de los españoles que orientan su voto buscando ser oídos en las instituciones –lo cual demuestra que, si los españoles somos escépticos respecto a algo, es sin duda respecto a la sordera–, en primer lugar hay que mencionar a los votantes tradicionales de partidos nacionalistas y/o independentistas, sobre todo en Euskadi y Cataluña.

Estos ciudadanos también votarán con cierta incredulidad, aunque menos que otros, confiando en que tal vez estas sean las últimas elecciones españolas en que participen, pero mirando con el rabillo del ojo a la desunión entre partidos soberanistas en Cataluña, el ascenso imparable de las coaliciones de fuerzas políticas con Podemos y al posible veto de la Unión Europea, si bien hay que decir que esta última no está para decir mucho después del Brexit.

Lo que opinen el gobierno del Estado –legalmente a día de hoy todavía el único al que pertenecen–, el Tribunal Constitucional u otros organismos se la traerá al pairo como de costumbre, pero no lo otro. Sobre todo la posibilidad de que haya un gobierno de Unidos Podemos y, por ende, de En Comú Podem y Podemos Euskadi, que podría dar al traste con sus aspiraciones históricas por el efecto de atracción hacia España que podría generar el partido de Pablo Iglesias sobre los independentistas catalanes, vascos y gallegos no tan convencidos o de carácter sobrevenido.

Precisamente los que vayan a dar su confianza a Unidos Podemos o a sus diferentes derivados sean tal vez los menos escépticos. Al menos una rama de ellos sigue tan ilusionada con el cambio profundo del país como lo estaba el 20-D o antes. Tal vez sean los menos desgastados. Pero tampoco son ya legión. Muchos han observado la actitud de la formación morada durante estos últimos meses con una mezcla de decepción, esperanza descafeinada, y volverán a votarles con mucho recelo. “Digo yo que no nos convertiremos en Venezuela, compañero, y Grecia no tiene nada que ver con España, ya lo dice Errejón, que sabe mucho, y además igual la UE se va a tomar por culo gracias a los ingleses”.

Para colmo, la adhesión de Izquierda Unida a Podemos hace que se hayan multiplicado los que votan a Unidos Podemos sin ninguna convicción, casi por inercia. Se sienten prácticamente obligados a hacerlo, sobre todo considerando el resto de alternativas, pese a que la decisión de IU de mezclarse con Podemos es vista con disgusto por muchos votantes clásicos del partido de Alberto Garzón. Pero perciben que es “eso o el PP”, así que la mayoría les votará.

El Partido Popular será votado sin ningún escepticismo por la mayoría de ricos españoles a quienes les ha ido muy bien estos años de empobrecimiento de las clases medias y bajas con el actual gobierno en funciones al frente. Pero dejando aparte a estos, la formación conservadora continúa teniendo su ejército de seguidores fieles hasta la extenuación, forofos como lo son de su equipo de fútbol, indemnes al desánimo por los escándalos de corrupción de su partido, aunque creo que este contingente también ha menguado. Muchos votan al partido de la P y la gaviota por miedo a lo que puede ocurrir si salen los que ellos consideran populistas y extremistas de izquierdas.

Algunos de estos se hacen la siguiente composición de lugar. “Jolín, si a mí me gusta más este chico, Rivera, que Rajoy, que ya podía dejarlo con los años que lleva, hija, los naranjas aún no han robado, mis nietos dicen que no tienen trabajo y el PP me congela la pensión y me cobra medicamentos que antes no pagaba, entonces… ¿por qué voto al PP?”. Bueno, porque las encuestas dicen lo que dicen, porque el PP es como ese cónyuge siempre infiel y casquivano pero cuyo cuerpo, aunque corrupto, ya conocen, y, mira, “más vale prevenir que lamentar, que como salga el Coletas… Y, virgencita, que me quede como esté”.

Ya que he mencionado a Albert Rivera, tengo que decir que cuando hago la reflexión me cuesta analizar el estado de ánimo de los partidarios de Ciudadanos. Muchos votan de una forma racional, pensando en la alternativa más próxima al PP, pero más limpia, joven y regeneradora, “y además Rivera tiene un polvo e Inés Arrimadas está tremenda, y más con la camiseta de España, y yo soy español, español, español”.

Pero tengo claro que muchos seguidores de Ciudadanos también están desencantados con su partido y no tienen la ilusión del principio. A algunos no les gusta la cruzada feroz que tiene Rivera contra Podemos y a los que sí les gusta, porque son muy liberales y creen en el contrato único para que se flexibilice del todo el despido y en la unidad indisoluble de España y en las bondades del Ibex 35, no les mola que Albert se meta tanto con Mariano y con el PP, ni que pactase con Pedro Sánchez. Son los riesgos de no definir claramente la ideología y hablar con ambigüedades.

Sánchez. He dejado intencionadamente para el final de la reflexión a los votantes del PSOE, por empatía. Creo que se merecían un espacio especial y diferente, dado que todos los sondeos les auguran la hostia del milenio. Creo que son además los más escépticos con diferencia, los menos apasionados. No puede ser de otra forma con semejante candidato, aunque él intente ir de Pedro Sánchez Obrero Español.

La mayor parte de los que votan al PSOE son personas que continúan la tendencia familiar o se dejan guiar por el recuerdo de años gloriosos con una gran carga de nostalgia, “por mis abuelos, que eran muy republicanos y lo pasaron muy mal, y qué ilusión les hizo la primera vez que salió Felipe”. Aunque también hay algunos más racionales, pero igualmente descreídos, que escogerán la papeleta del puño y la rosa porque son de izquierdas, pero moderados, y tratan de obviar los traicioneros sueños que les asaltan por la noche, donde un monstruo horrendo les repite sin cesar “artículo 135, rescate bancario, recortes, artículo 135…”.

“Será un dragón de Juego de Tronos”, piensan, “o Pablo Iglesias, que viene a ser lo mismo” y se duermen medio tranquilos. Y dejan de reflexionar, aunque no de ser escépticos.

Y, al final de todas las reflexiones, hay un triste punto común entre todos los españoles que dejaron de creer en el Ratoncito Pérez hace años.

¿A quién voy a votar dentro de 6 meses?

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