Quítate el WhatsApp y veras qué pasa

Esta es la historia de una chica que un buen día decidió eliminar la archifamosa aplicación WhatsApp de su Smartphone anteriormente conocido como teléfono móvil. Llevaba cuatro años con ella instalada y no pudo aguantar más.

Hastiada de despertarse con trescientos mensajes nuevos –la mitad de ellos únicamente compuestos por los emojis anteriormente conocidos como emoticonos, aproximadamente cincuenta de cada grupo en el que estaba incluida–, de desayunarse con otros cuatrocientos e irse a la cama con más de mil, de gastar más de hora y media al día chateando sobre temas trascendentales, sexuales, escatológicos y propios de la prensa rosa, deteriorando la sensibilidad de sus falanges y su vista, y de recibir decenas de videos y fotos con memes anteriormente conocidos como caricaturas, sin olvidar las mil doscientas fotos de las vacaciones chic de Manu y Julia, del gato de Gabriela y del sobrino de Norma, dimitió de aquella vida perra de la mensajería instantánea e involucionó.

Decidió apuntarse a una nueva moda minoritaria de los japoneses, que siempre habían sido muy listos para según qué cosas, y se compró un Dumbphone o teléfono tonto –lo más parecido al mítico Alcatel que tenía todo Dios en la primera década de 2000–, para no caer en la tentación de volver a descargarse el servicio de comunicación más usado en todo el mundo. Volvió a lo que había sido su vida cuatro años atrás, cuando quedar con la gente se limitaba a un par de SMS escuetos, mientras que las conversaciones importantes se reservaban para las llamadas tradicionales o el cara a cara. Se convirtió en una australopithecus a nivel tecnológico.

Ella era consciente de que su vida social iba a cambiar. En algunos aspectos el futuro se presentaba brillante, pues se libraría de formar parte del grupo del trabajo de fin de semana en el italiano, con todas aquellas recetas que la importaban una mierda y los infinitos comentarios sobre lo gilipollas que eran los clientes. Igualmente se ahorraría las tonterías sobre los apuntes de reprografía que había dejado el profesor de turno, los cotilleos sobre el nuevo rollo surgido en la clase, las críticas hacia los frikis que siempre querían participar y los odiosos preparativos de la fiesta de fin de curso.

Asumía que dejaría de tener todo contacto con personas a quienes había conocido en los últimos tiempos y con las que prácticamente sólo se había relacionado por medio de WhatsApp. Como el hábito hace al monje, tenía muy claro que esas supuestas amistades ya no saldrían del monasterio y se aislarían para siempre. No es que le resultara totalmente indiferente, pero digamos que era una pérdida que estaba dispuesta a soportar con deportividad.

También supuso que el nivel de comunicación en general con su círculo sufriría descensos, pero precisamente eso tenía más de positivo que de negativo, ya que pondría tierra de por medio con los incómodos grupos creados ex profeso para comentar el último partido de la selección española de fútbol o para comprar el regalo de cumpleaños a su amiga Mariela que en realidad nunca lo fue demasiado, entre otros.

Pero confió en que seguiría al tanto de lo realmente importante. De las novedades que afectaban directamente a la vida de sus familiares y amigos de siempre.

Sin embargo, la realidad superó ostensiblemente sus peores previsiones.

Durante los primeros meses sin WhatsApp la chica bastante tuvo con estudiar para el temible junio que se acercaba y preocuparse en superar el síndrome de abstinencia. Al principio cada cinco minutos sacaba del bolsillo de su pantalón o falda, o del bolso si ese día llevaba vestido, su terminal imbécil de nueva adquisición, sin ser consciente de que ya no había nada que consultar.

Aquella herramienta del pleistoceno la irritaba.

Cuando veía la pantalla simplona, sin apenas colorido, sin los iconos que tanto se había acostumbrado a observar como si fueran sus auténticos compañeros de fatigas, especialmente ese encantador círculo verde con forma de bocadillo de cómic que había sido durante tantos días la fuente de la que manaba el tiempo que paliaba su aburrimiento vital cotidiano, una vez olvidadas las viejas aficiones del pasado, se sentía tan frustrada que maldecía una y mil veces su decisión de pasarse a la secta de los cromañones pre 3G, predigitales, pretáctiles, prepago, preescolares… Prehistóricos.

Pero decidió ser fuerte, ser mártir, ser estoica.

A medida que fueron pasando las semanas y sin necesidad de acudir a ninguna terapia ni seguir ningún tratamiento para desintoxicarse –algo de lo que se sentía tremendamente orgullosa–, más allá de algún que otro Tranquimazin para la ansiedad, consiguió poco a poco espaciar el tiempo entre revisión y revisión del dispositivo y, lo más importante, ya se daba cuenta de que en realidad no tenía nada que revisar.

Únicamente le quedaba superar esa irrefrenable necesidad, procedente de su vicio prolongado, de agarrar el aparato cuando se sentaba a miccionar, después de cada capítulo en los libros que de nuevo volvía a leer y al inicio de cada pausa publicitaria de los programas políticos de la Sexta, Cuatro y Antena 3, pues le daba tiempo, ahora sí, a verlos todos.

Cuando acabó los exámenes y creyó, muy ufana, que estaba completamente rehabilitada, lo urgente dejó pasó en su mente a lo importante.

Llevaba meses sin saber nada del noventa y cinco por ciento de los que ella podía considerar seres más o menos íntimos o al menos bastante cercanos. El cinco por ciento restante se correspondía con su familia directa, a excepción de un par de tíos muy cool, dos primas adolescentes y su abuela Marga, que siempre fue muy hippy y fumaba muchos petas.

Ni una sola de sus amistades se había puesto en contacto con ella. Al principio pensó que tenía que haber cometido necesariamente algún olvido. Pero repasó mentalmente la lista de sus personas importantes y no descubrió ninguno. Todos y todas habían sido pertinentemente avisados por mail.

En un primer instante se enfureció. Su primer impulso fue dejar pasar el tiempo deliberadamente, tirar de orgullo. “Si ellos no llaman, yo tampoco”. Pero pronto se dio cuenta de que no estaba siendo justa. Le tocaba a ella tomar la iniciativa, pues ella era quien había cambiado y no los demás. No podía pretender que se adaptaran a la nueva situación sin poner de su parte, sin invitarles a regresar al método tradicional, sin pegarles un toque y decirles: “Hey, qué tal, hola, soy yo, no me he ido a ningún lado ni he desaparecido del mundo, sólo que ahora no estoy en WhatsApp, pero me puedes llamar, ¿eh?”.

Llamó a Enrique, que además de su amigo más antiguo también era el más guapo. Insistió mucho, casi diez tonos, e incluso hizo varias rellamadas, concepto del que ya casi ni se acordaba. Decepcionada, probó con Isabel, que posiblemente era su mejor amiga aunque también la más enganchada a su Iphone, siempre el último modelo que hubiese salido al mercado. Nada. Fue marcando uno a uno todos los números de su pandilla principal, con idéntico resultado descorazonador.

Pese a que no era su intención primitiva, probó también con otros amigos pertenecientes a otros grupos con los que no tenía tanta relación, pero que habían significado cosas especiales en determinados momentos de su vida. La ausencia de respuesta se mantuvo invariable. Era como si el mundo se hubiese convertido en la famosa escena de Abre los Ojos en la Gran Vía.

Pasaron las horas y los días y su terminal de generación cero no sonaba. Ni un ring, ni un beep, ni siquiera el puto politono que se había puesto como señal de llamada para contribuir a su asqueo vital.

No daba crédito a lo que estaba sucediéndole. No conocía los planes para salir de fiesta por la noche –y pasaba de humillarse presentándose en los bares de siempre–, no había podido felicitar a su amiga Karla tarareándole como todos los años la mítica canción de Los Nadie que en realidad, ahora que lo pensaba, llevaba cuatro años sin cantarle directamente, sino que en realidad se la había grabado en un whatsapp de voz. No sabía qué tal estaba la madre de Ana…

Llegó el fin de semana y se dirigió al restaurante. A la hora de siempre, a la que llevaba presentándose desde que había sido contratada por duración determinada debido a circunstancias eventuales de la producción hacía tres meses.

Nada más ver la cara del payaso de su encargado, su gesto hosco, su faz de mascador de chicle con revolver oculto tras el cinturón, se dio cuenta de que algo grave ocurría. Y que tenía que ver con ella.

“¿Qué coño haces aquí? Tenías que haber venido a hacer la comida, te tocaba doblar turno. La has cagado, niña, búscate otro curro”. Inmediatamente, antes de que aparecieran unas finas lágrimas que sólo consiguió reprimir hasta que salió del aparcamiento del Centro Comercial, se dio cuenta de lo que había ocurrido. En ese trabajo todo lo comunicaban mediante el maldito grupo de WhatsApp. Por eso no se había enterado de la modificación horaria. Por eso estaba en la puta calle.

Sopesó los pros que tenía la amarga noticia. Tenía el sábado noche completamente libre desde primera hora. Le apetecía un polvo. No con alguien demasiado espectacular, le bastaba con que fuera mono y follase bien, con entrega y cierta pasión. Tenía en la cabeza al candidato perfecto, un tío de su Facultad que estaba en un curso superior y con el que ya había probado los muelles de la cama de su piso de estudiantes.

Le llamó y, como suponía, este sí aceptó la llamada. Imaginó que ver aparecer su nombre en la pantalla le habría producido el mismo efecto que recibir una invitación a una orgía y eso era demasiado irresistible para cualquier tío. Incluso sin WhatsApp de por medio.

Sin embargo, se equivocó. La que respondió fue una zorra de voz chillona que la despachó en dos o tres frases desabridas. Ella era su novia y él estaba en la ducha donde ella se iba a meter “en cuanto te cuelgue”.

Se quedó totalmente plof. Su mente no pudo evitar hacerse el harakiri y pensar que tal vez si hubiera mantenido el contacto con él durante los últimos meses, intercambiándose aquellos mensajes de contenido erótico y esas fotos en las que ella se esforzaba por pronunciar el escote y él por marcar los hoyuelos, tal vez no la habría cambiado por aquella gritona hija de puta.

Al día siguiente se levantó como si tuviera una resaca de pánico. Vale que en parte la tenía porque se había pimplado unos cuantos chupitos del Bourbon que sus padres guardaban para las visitas, pero sobre todo su resaca era emocional. Sentía que su existencia era un zurullo.

Entonces, se le ocurrió la única vía posible para solucionar su mísera vida. El sistema más viejo de todos. El teléfono fijo. A la hora de comer el domingo por la tarde. Lo que nunca le fallaba cuando tenía diez años y casi nadie del grupo tenía móvil. Se armó de valor, cogió un viejo cuadernito con apariencia de pergaminos cosidos y busco el número de Isabel.

La madre de su amiga le pasó enseguida con esta. Nuestra protagonista se sintió muy rara al escuchar su voz después de tantos meses y el corazón le pegó un involuntario saltito. Isabel parecía la de siempre, risueña, algo tontita, graciosa. Que si “dónde te has metido últimamente, tía”, que si “no te sabes la última de Claudia”, que si “vaya pasada lo de Rebe”… Ni una sola mención a la no devolución de las llamadas.

Así que no le quedó más remedio que sacarle el tema, intentando no mostrarse muy enfadada, aunque no pudo evitar un cierto tono de reproche. La respuesta de su amiga de la infancia le dejó estupefacta, pasmada, boquiabierta, ojiplática. “Ya, tía, es que da mazo pereza…”. Cuando le replicó que no tenía otra forma de comunicarse, Isabel la dejó aún más rota. “Pues ya sabes lo que tienes que hacer, tía, ponerte otra vez el WhatsApp, que mola más que hablar”.

Antes de que tuviera tiempo de objetar algo más, la otra cortó definitivamente. “Te dejo, que me está escribiendo la pija de Carol para contarme no sé qué y tengo que responder al grupo de estas, que tenemos que hablar de la barbacoa de esta noche. Apúntate, ¿eh? Besitos, ciao”.

Aquello le sonó a mucho más que una despedida. Era el final de una época, el portazo a una era en la que ya no se podía vivir. La de la normalidad.

Fue totalmente consciente de lo caro que podía costarle su rebeldía. Podía quedarse sin trabajo, sin amigos, sin sexo. El WhatsApp era esa odiosa herramienta para acceder a un mundo que antes era tan sencillo como decir un hola y esbozar una sonrisa.

Estuvo tentada de mandar todo a la mierda, jugársela y llevar su insumisión tecnológica hasta el final.

Aquella misma tarde sacó del cajón su Samsung Galaxy, desfasado pero no tanto como para no aceptar WhatsApp. Llamó a su compañía y les comunicó su deseo de darse de alta en la tarifa Tortuga Hermafrodita. Que, por supuesto, incluye datos.

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