Más que un clásico

No me considero una persona fetichista, pero eso no significa que no tenga especial aprecio a determinados objetos transicionales. Estos son aquellos que simbolizan determinados afectos y emociones y que contienen en su capa inanimada, en sus componentes metálicos, vínculos con otras personas y con la realidad y confieren cierta seguridad, porque tejen un hilo común que conecta mis momentos vitales. Es un concepto construido por la psicología para el mundo infantil, pero yo aún tengo algunos rasgos de ese universo mágico.

Posiblemente el más importante de todos mis objetos transicionales sea mi coche, que tiene la particularidad que otros no tienen de ser el punto de conexión entre decenas, tal vez cientos, de personas de mi presente y mi pasado, muchas de las cuales no se conocen entre sí. En ese vehículo han compartido conmigo momentos, más allá de haber sido el utilitario que les ha conducido a un determinado destino.

Resulta emocionante pensar que personas que ya no están en mi vida siguen en cierta manera presentes porque muchas veces viajaron junto a mí en el desgastado asiento del copiloto, que aún conserva el rastro seco del pegamento que un día alguien derramó y sobre el que se han sentado tantas personas especiales.

No es un coche especialmente bonito ni especialmente veloz –aunque una vez una compañía de seguros lo definió como ultrarrápido, ligero y extremadamente peligroso–, pero para mí es mucho más que suficiente y no lo cambiaría por nada del mundo. Aunque esté muy viejecito y su modelo casi no se vea por el mundo, sigue manteniendo la línea juvenil de coche pequeñito, apañado, perfecto para un adolescente o conductor novato, si bien asumo que muchos desconsiderados sólo lo valoren como una tartana blanca del siglo pasado.

Cuando me lo compré ya era veterano, estaba justo en ese punto de madurez que ya anunciaba la cuesta abajo, el declive, pero cuando lo vi supe que tenía que ser mi coche. No fue un amor a primera vista, porque no creo en tal cosa ni siquiera con los seres humanos. Fue algo más mental, la conciencia plena de que ese bólido a cuatro ruedas, con tres puertas y aspecto deportivo me identificaba y cuadraba perfectamente con mi personalidad.

Han pasado muchos años desde entonces. Crecí y me hice adulto con él, he reído, he cantado mientras sentía la velocidad en autovías y parecía que se iba a desmontar a cachos, he visto paisajes a través de sus ventanillas en carreteras rurales, casi siempre en las entrañas de Castilla.

He sufrido calor en verano y disfrutado de él en invierno gracias al aire tremendamente caliente que expiden sus viejas rejillas, me ha costado horrores arrancarle después de cada helada intensa, me ha dejado tirado en carreteras y calles, he derrapado y hecho aquaplaning, le he estampado en alguna ocasión, una vez incluso se cayó por un terraplén. Me han puesto multas por el infame y criminal sistema de la O.R.A,  he saludado a los transeúntes con una canción de Celtas Cortos o de dibujos animados desde los semáforos en rojo de Pucela.

He besado, he abrazado, he acariciado, he follado, he querido y tal vez incluso haya amado dentro de él.

Durante todo este tiempo ha sufrido múltiples peligros y riesgos. He estado a punto de quedarme sin él en muchas ocasiones, la mayoría de ellas al principio por mi propia imprudencia o descuido, aunque desde hace un tiempo para acá es él el que, cansado de tanto trasiego, se me queja de vez en cuando y reclama a voces un descanso que yo me niego a concederle.

Sé que aún puede aguantar, que tiene fuerza. No lo jubilaré, salvo que no quede más remedio. Si me desprendiera de él, por muy lógico que ello resulte desde un punto de vista racional, práctico y frío –aunque yo también podría exponer argumentos en contra–, sentiría que se ha esfumado un trozo de mí, uno de los pocos que aún me quedan para construir la masa que compacta el ayer con el hoy, el Álber que fui con el que soy, que en realidad es el mismo pero también muy distinto.

Hace unos meses mi coche se convirtió en clásico, pues cumplió un cuarto de siglo. No le sentó nada bien tal onomástica, porque como si le pudiera la responsabilidad, unas semanas después se vino abajo. La cosa no pintaba nada bien y prácticamente lo di por perdido. Parecía como si no tuviese ganas de seguir conmigo, en el parque de vehículos activos del que tantas veces le han querido expulsar los técnicos de la Inspección Técnica de Vehículos a base de sacarle defectos superficiales que para nada afectaban a su seguridad, aunque estén catalogados como tales en la normativa.

El impacto para mí fue muy grande y reconozco que mi determinación titubeó, mi fe en las posibilidades de mi mítico coche temblequeó y estuve cerca de tirar la toalla.

Pero no lo hice. No soy testarudo en otros aspectos de mi vida, pero cuando tengo cariño a algo o alguien sí lo soy bastante. No me resigno a perder las cosas y, aunque eso me haya traído múltiples problemas, no creo que a estas alturas ya cambie. Como mucha gente me conoce y sabe lo que significa para mí ese automóvil –y también por ellos mismos, que lo quieren aunque les algo de vergüenza admitirlo–, empatizaron con mi desazón y me dieron consejos para solucionar el problema.

Así que busqué, indagué en el armario de las opciones. Y al igual que las personas cuando enfermamos, sentimos la desesperación y buscamos a un médico fuera del sistema, con métodos alternativos pero probablemente más viables que los convencionales, encontré un mecánico que me devolvió la esperanza y le dio a esa pequeña leyenda que me trae y me lleva a los sitios desde hace tantos años una nueva oportunidad, dotándole de una vitalidad como no le notaba desde hacía tiempo.

Parece como si le hubiera rejuvenecido y quiero pensar que a mí un poco también, aunque yo no lo necesite tanto, pues no estoy tan cascado (o eso creo). No soy un clásico como mi coche, ni lo pretendo, pero para mí es un honor ir a los mandos de un objeto que sí lo es, poder seguir contemplándolo como cuando era sólo un chiquillo, saber que cuando lo necesito está ahí con la misma apariencia de entonces, aunque tenga unos cuantos bollos más y algún que otro parche.

Me hace recordar todo lo bueno y lo malo que he vivido, con quien, cómo y cuándo, da sentido y coherencia a ese desastre que soy a veces. Me sigue pareciendo tan fantástico como el primer día. Me siento igual de orgulloso por tenerlo, aunque sólo sea un coche pequeño y esté muy viejecito.

Pero ahora puedo decir a todo el mundo que no es simplemente vetusto. Es algo más, un clásico, con solera y prestigio. Aunque en realidad para mí es mucho más que eso.

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2 respuestas a Más que un clásico

  1. Alberto dijo:

    Felicidades al AX por su aniversario. Supongo que la historia del terraplén se produjo en una de tantas calles empinadas de Segovia…

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