Buenas personas no significa buenos amigos

Uno de mis mejores amigos me impactó una vez con una de sus teorías tan suyas, por lo contundente y algo irreverente de su contenido. Decía que no le importaba que sus seres queridos un día abandonaran el buen camino y maltrataran a los árboles, mataran a los animales o robaran e hicieran daño a las personas.

De la forma en que le trataran a él era lo único relevante. Lo único valioso. Si le demostraban cariño y estaban dispuestos a morir por él, él haría lo mismo. Eso es la amistad para mi amigo, que por cierto es además una buena persona. Hace mucho tiempo que no se lo escucho, pero conociéndole supongo que seguirá opinando lo mismo.

Sin llegar a este radicalismo, con el paso de los años he llegado a albergar convicciones que se acercan a las suyas. Cada vez me doy más cuenta de que la mejor persona del mundo puede ser un amigo pésimo. No estoy tan seguro de que se cumpla a la inversa, pero supongo que la peor persona del mundo también habrá podido ser el gran amigo de alguien. Hasta los desalmados sin escrúpulos pueden llegar a querer a alguien. Al menos eso quiero pensar, porque no conozco a ninguno, por suerte.

Pero me gustaría detenerme en posturas menos extremas, en la escala de grises en la que le gusta tan poco fijarse a esta sociedad, probablemente porque le genera miedo e inseguridad.

Yo tengo dos clases de amigos. Los que son buenos, tienen una escala de valores que considero respetable o incluso admirable y cuadran más o menos con lo que pienso que constituye la forma adecuada para que el mundo sea mejor. En el anverso, tengo amigos que son un poco cabroncetes, a veces bastante, que ven en el mundo con ojos viciados, algo intolerantes e irrespetuosos, en ocasiones faltones o crueles y que son capaces de cometer actos bastante poco edificantes o incluso atroces.

Se puede pensar que estos últimos, que además se parecen poco a mí en cuanto a mi código de conducta respecto a las cosas del mundo exterior, es imposible que sean mejores amigos que los primeros. Sin embargo, ni mucho menos en todos los casos es así.

¿De qué sirve tener un colega que está decidido a defender al medio ambiente a capa y espada, a proteger los derechos de las mujeres en el último confín de la Tierra, a promover la revolución ciudadana pacífica o a ser el defensor de las causas laborales de su comunidad de vecinos o que es incapaz de matar ni a una mosca si luego pasa de ti porque está muy absorbido con su vida o te quitaste el WhatsApp?

Claro que tengo amigos, algunos de los mejores, que son excelentes personas y también me demuestran su cariño (no demasiados, también tengo que decirlo). Pero últimamente me doy cada vez más cuenta de que durante años he convivido con personas a las que he rebajado bastante a nivel moral, en una especie de superioridad ética que en el fondo es pura soberbia, y que a la hora de la verdad, cuando menos me lo espero, tienen rasgos, gestos, ademanes, actitudes que me demuestran mucho más amor que otros.

Amigos que siempre han estado ahí sin que yo me diera cuenta de que estaban dispuestos a cuidarme, sacrificando su tiempo y jodiendo su espacio, sólo por echarme una mano, o a tener un detalle de generosidad y de entrega hacia mí incluso sin que yo se lo pidiera.

Sí, puede que al mismo tiempo se rían del indigente que pide en la puerta de la iglesia, hagan una broma sobre los refugiados sirios o exalten el franquismo en una mezcla de chanza y nostalgia rancia, pero, aun sabiendo que a mí todo eso me da asco y me produce repulsa, son capaces de darme un abrazo o decirme una palabra agradable de reconocimiento cuando más la necesito, o de quedarse a mi lado en los momentos duros.

Tampoco me pondré estupendo y diré que esta segunda clase de amigos abundan, porque no es cierto. En realidad, los amigos de verdad no abundan, eso lo tengo clarísimo a día de hoy, aunque me joda admitirlo, ya que siempre he sido un tipo que ha defendido a capa y espada las amistades y su capacidad de expandirse. Pero el mundo adulto no piensa igual y no queda más remedio que asumirlo.

No obstante, sí hay algunos amigos, o al menos algunos momentos de amistad. Incluso protagonizados por aquellos que, como personas, tal vez dejen algo que desear.

Pero, como decía mi amigo, ese que sí es buena persona, no me importa. Sólo me importa lo que me quieran esos cabrones. Y además, ¿quién dice que yo sea mejor que ellos?

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