Cuidado, ya está aquí la Tercera Guerra Mundial

El Papa Francisco ha dicho esta semana que el mundo está en guerra. No estoy totalmente de acuerdo con él. Pienso que en realidad lo que hay es un escenario prebélico que, salvando las lógicas distancias de las décadas transcurridas y teniendo en cuenta la evolución geopolítica de los países y del mundo en general, recuerda mucho al de la Segunda Guerra Mundial.

Lo peor es que hace dos años alguien varios analistas aseguraron que las circunstancias que rodeaban a la política internacional se parecían a los antecedentes de la Primera Guerra Mundial debido a la tensión en Oriente, la inestabilidad una vez más en los Balcanes, los choques entre China y Japón, etc. Pero los acontecimientos surgidos desde entonces llevan a pensar que nos hemos saltado esa fase y estamos en algo aún mucho peor.

En primer lugar, la tremenda brecha de la desigualdad que se ha creado o que han creado, mejor dicho, los grandes poderes financieros, es un caldo de cultivo perfecto, como si hubiera sido cocinado expresamente para que se desatara un conflicto a gran escala.

Ya no hablamos únicamente de que en una mitad del mundo la gente se muera de hambre, que por penoso que pueda parecer no provoca de por sí grandes problemas en clave de hostilidades entre naciones. Sin llegar a esos extremos de miseria, ahora la población del llamado Primer Mundo empieza a sufrir gravemente las causas del desmadre capitalista. La estratificación social y económica se ha convertido en algo tremendo, dramático, el mayor problema de nuestra sociedad, por mucho que no figure como prioridad ni en la agenda política ni en la agenda mediática.

Al igual que sucedió en la Alemania hitleriana de los años treinta, existe la necesidad de buscar un culpable de ese deterioro en las condiciones de vida –algunos sostenemos que las de antes eran totalmente falsas y que el sistema nos hacía vivir en el embuste continuo–. Sí, están los políticos, que lo han hecho muy mal, pero ellos sólo son culpables por inútiles y por negligentes y en realidad ese sentimiento se agota rápido o al menos va perdiendo fuerza con velocidad. Se necesita un enemigo de mayor calado emocional.

Quiénes mejor que los foráneos, los sujetos de otras razas y otras culturas, provenientes de países de fuera de nuestro entorno que nos traen todo lo malo de sus países: los virus, la pobreza, el fanatismo religioso y el ataque a nuestros valores sagrados.

Este discurso, que sorprendentemente no ha calado hondo en un país tan proclive e inclinado al racismo como España, ha corrido como la pólvora en Europa durante el último lustro y ahora ya se ha apretado el gatillo y no tengo muy claro que se pueda frenar la trayectoria de la bala. La ultraderecha, la xenofobia, el nacionalismo exacerbado y el odio a lo de fuera es tan fácil de acoger, tan seductor y atrayente, que parece muy complicado bajar del burro a esos ciudadanos hastiados y desesperados que lo han hecho suyo con irracionalidad e irresponsabilidad.

Creo que sólo los propios errores de esos partidos sin ningún tipo de tradición en la democracia europea post Segunda Guerra Mundial pueden lastrarles. Ellos mismos son sus peores enemigos. Confío en que cometan equivocaciones y que la ciudadanía se los haga pagar, pero mientras tanto Le Pen, Amanecer Dorado, Alternativa por Alemania o Norbert Hofer han dejado de ser una amenaza para convertirse en un peligro real y palpable.

Y por supuesto el fundamentalismo y el fanatismo, amparado en la religión, aunque el Papa diga que esta no es una guerra de religiones, añaden el ingrediente que falta para que el cuenco rebose y el alimento del odio y la confrontación se derrame por la mesa y manche cualquier rastro de cordura en los comensales. En el otro extremo del salón, en la mesa presidencial, unos tipos a salvo de toda implicación se ríen, como siempre. Ellos harán su negocio del siglo, como de costumbre, y siempre tendrán a camareros que les servirán su detestable rancho.

Como es mucho más sencillo generalizar para la mente humana, capaz de los argumentos más complejos y también de dejarse llevar por los impulsos más simples, los más atávicos y primitivos, automáticamente se asocia el elemento ajeno y diferente con esa monstruosa radicalización.

Todos los musulmanes son peligrosos o por lo menos hay tantos que lo son que prefiero que no entren en mi país. Y, aunque no fuera así, prefiero ser un racista y un xenófobo antes que correr el riesgo de que penetren mis fronteras unos cientos de terroristas entre los millares que no lo son.

Conozco cada vez a más gente que padece una clara fobia hacia los musulmanes. No utilizo el habitual término “Islamofobia” a propósito, porque el Islam es una idea, pero los musulmanes son seres humanos. Gente que ya estaba predispuesta a cargar contra ellos se baña este verano en el radicalismo más terrible y suelta frases por su boca que son, una vez más, propias de un ambiente prebélico. Lógicamente ninguna de estas personas piensan ni por asomo en que les podría tocar morir en el frente. Y, si se lo mencionan, te dicen que lo harían por defender la Patria.

Debido al peligro que representan, hay que atacarles, eliminar el problema de raíz, lanzar bombas al ISIS y a sus enclaves estratégicos, asumiendo que puede haber daños colaterales. Por eso hay que limitar el flujo de refugiados o directamente bloquearlo, creando el drama humanitario consiguiente y aceptando que se están poniendo los cimientos para que crezca el odio hacia Occidente entre la población desterrada. Haciendo un favor al atroz Estado Islámico y proveyéndole de futuros combatientes o al menos personas sensibilizadas y dispuestas a convertirse en uno de ellos.

Ni siquiera la actitud de las grandes potencias se ha modificado demasiado pese a la cantidad de años transcurridos desde aquellos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Francia siempre capitaneando la defensa del sueño cada vez más debilitado de la vieja Europa, de sus valores tradicionales. Alemania, a diferencia lógicamente de entonces, también está en la pelea, pero de una forma mucho más tibia, y además a Merkel la están creciendo los enanos en su propio país, con la oleada de racismo, la vuelta a las viejas ideas nazis y los crímenes perpetrados por ciudadanos de su propio país, extremistas islamistas, ultraderechistas o simplemente locos perturbados.

Estados Unidos, después de haber dejado que creciera el problema –EEUU es para mí uno de los principales responsables de la proliferación de fanáticos islamistas, fuera aparte de los propios fanáticos y de los regímenes que los apoyan abiertamente– siempre está dispuesta a bombardear, aunque sea a destiempo, mal y de forma desproporcionada, lo que sea con tal de defender los sacrosantos principios del capitalismo occidental.

Mientras tanto observamos la actitud de Rusia, siempre ambigua, como lo fue en su día la de la vieja URRS, cuando firmó aquel pacto de no agresión con la Alemania hitleriana que escandalizó al mundo entero. Rusia ya no es comunista, pero sigue jugando al gato y al ratón con Al Asad, que supuestamente es el enemigo común en la guerra de Siria, si bien es menos temible que el ISIS, a quien Rusia teóricamente sí combate. Una auténtica ensalada de intereses que se superponen y convierten la actitud de Putin en un rompecabezas.

En este barullo, lo más preocupante es la proliferación de actitudes antidemocráticas y contrarias al Derecho Internacional que se extienden como los terrenos desérticos en el Estado de Nevada. Cada vez se están produciendo más violaciones de derechos humanos, golpes de Estado, puñetazos encima de la mesa de líderes autoritarios que tratan de poner un supuesto orden empuñando la batuta del terror. Erdogan aprovecha la insurrección militar para imponer sus medidas más autoritarias, como si lo hubiera planeado él mismo.

Y de la misma forma que sucedió entonces, hace ochenta años, los acaparadores de atenciones, los embaucadores de masas, los tipos y las tipas con lengua viperina, tratan de hacer el agosto, viendo que es su gran momento para saltar a la palestra y envalentonar al pueblo proponiéndoles soluciones virulentas, unilaterales y principalmente ultranacionalistas. Donald Trump acecha más allá de las praderas texanas.

Está de moda la proclama de que si nos vamos solos por nuestra cuenta, nos irá mucho mejor. Nosotros lo sabremos hacer muy bien solos bajo nuestro trapito de colores, sin la injerencia del maldito Estado o de la maldita Unión de Estados que nos coarta la libertad, nos obliga a adoptar leyes con las que no comulgamos y nos avergüenza con su inutilidad.

No iremos al desastre con ellos, nosotros tenemos la solución. El que sea contraria a la ley e insolidaria nos da exactamente igual. Sólo importa el honor de nuestra nación y la justicia que sabremos establecer.

Millones de personas se aferran a ese último recurso, se agarran a esas falsas promesas como si fueran la última roca antes de que el río les arrastre por la corriente.

Cantaba Joaquín Sabina con su sorna habitual, en uno de sus temas menos populares, que ya estaba aquí la Tercera Guerra Mundial y todos íbamos a volar por los aires, así que resultaba absurdo que estuvieras cambiando de champú.

Aunque confieso que estoy acojonado por esta oleada de terror y animadversión desatada, sigo confiando en que esta situación de locura mundial se redirija de alguna forma. No tengo ninguna confianza en que se resuelva, pero al menos me conformaría con que se quedara latente y no fuera a más. Es triste conformarse con eso, pero ahora mismo la paz total y la armonía entre pueblos es lamentablemente pedir mucho. Hay que rebajar expectativas.

Quiero pensar que ahora hay instrumentos internacionales, que aunque bastante ineficaces y tibios, algo disuaden a los gobernantes. No obstante, mi mayor fe radica en la experiencia pasada de aniquilación y destrucción. Que a alguien se le encienda, aunque sólo sea con intermitencias y batería baja, el pilotito en el cerebro y se acuerde de los kilómetros de trincheras, de las ciudades devastadas, de los millones de muertos en toda Europa, de los campos de concentración, del Holocausto, de la bomba atómica…

Pero otras veces pienso que estoy siendo demasiado ingenuo. En realidad lo único que puede parar la Tercera Guerra Mundial es la percepción que tengan los poderosos de que el conflicto petardee en exceso la economía y destruya los mercados. Aunque ya sabemos que en ese contexto revuelto o ruinoso esos mismos también saben pescar y recoger las sobras como nadie.

Así que, por si acaso, habrá que cambiar de champú ahora que todavía estamos a tiempo.

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