El tipo de la pequeña mala suerte

Conozco a un tipo cuya característica insignificante pero al mismo tiempo impactante merece ser destapada. Vive en mi barrio, muy cerca de mí y al mismo tiempo bastante lejos, pues procuro cruzarme con él lo mínimo posible tras descubrir su penoso don a la inversa, no vaya a ser que se me pegue algo de su minúscula desdicha.

Se trata de un fulano aparentemente normal, con una vida más o menos mediocre, que goza de buena salud, cuenta con una familia más o menos estable que le quiere y con un empleo al que ni siquiera le hacían falta las reformas laborales del PPSOE para ser precario, pues siempre lo fue.

El individuo en cuestión come tres o cuatro veces al día, el doble de las que se suele duchar, duerme entre seis y siete horas, tal vez algo más en fiestas de guardar, mea y defeca con cierta regularidad, salvo jornada de nervios, bebe en exceso cuando hay celebraciones y no folla. Nada extraordinario, todo dentro de los parámetros de la más aburrida normalidad española.

Sin embargo, posee un atributo que le convierte sin duda en un ser realmente digno de destacar. No es un rasgo ni positivo ni negativo objetivamente considerado, aunque para él es una putada como un campanario. Se trata de su mala suerte, que ni siquiera es enorme o dramática.

Como ya he dicho, al sujeto le va bien en lo vital y en lo fundamental sus circunstancias son grises, como las de mucha gente, un ni fu ni fa cíclico que en nada le diferencia de la masa general descontenta y resignada que compacta la sociedad sin agrietarla. Pero en los aspectos nimios y banales de la vida este personaje es un auténtico desgraciado sin parangón.

Hablo de cosas intrascendentes como la empatía tecnológica, la ubicuidad, la idoneidad temporal, la fortuna en los juegos o el amor (rompiendo en este último binomio la tan manida premisa, cuya falsedad puedo certificar tras conocer a este infeliz).

El concepto gafe cobra en él nuevo significado, uno muy cool, adaptado a la modernidad. No es un Filemón que con el mero contacto de su cuerpo bloquee fuentes, atasque revólveres, raye vinilos o destroce armarios, casi siempre sufriendo él los daños colaterales. Esto es algo más sofisticado y principalmente aplicable a los elementos tecnológicos, desde los más rudimentarios como los móviles cuando eran móviles y no Smartphones hasta los más punteros, como los sorpassos digitales de los partidos de derechas.

Tener él entre sus manos algo 2.0 y que el objeto en cuestión esté destinado a sufrir algún tipo de accidente inesperado e inexplicable es todo uno. Normalmente no se trata de daños irreversibles (aunque a veces sí), sino de averías no demasiado graves que inhabilitan no obstante el correcto funcionamiento del trasto.

No es por mal uso, lo puedo asegurar yo que he convivido bastante con él (aunque ahora no lo haga, pues creo que porta algo así como la más inofensiva de las pestes), sino que el tipo encarna en sí mismo una especie de Expediente X con patas que sólo ataca a los cacharritos con menos de una década de antigüedad. Es un guionista de un serial terrorífico de fallos que van desde las baterías de los aparatos hasta los sistemas operativos.

Cada vez que recurre a un servicio técnico o un supuesto entendido en la materia, el pobre operario o dependiente, que había creído verlo ya todo en la vida desde que León de la Riva dejó de ser alcalde de Valladolid, se echa las manos a la cabeza, esbozando una mueca entre el temor y el preludio de partirse el eje. Porque el infortunio del tipo, si no fuera porque es de verdad y le causa tanto estropicio, es miel para el despiporre de puro grotesco.

Ese divorcio con la tecnología le genera quebraderos de cabeza para su bolsillo (de por sí no demasiado lleno), pero es desde luego más dañino para su espíritu su extraña antihabilidad para no llegar a tiempo de coger el tren adecuado, por mucho que prevea la situación. El RENFE de sus oportunidades siempre adelanta o retrasa su horario de salida, que de todos modos nunca está fijado.

Hay una canción de Celtas Cortos que dice “nunca llego a la hora apropiada, o pronto o tarde cuando ya no queda nada, oigo campanas y nunca me entero donde, oí tus palabras en un río que se esconde”. Nada puede describir mejor a este errabundo conocido mío, que tiene la funesta cualidad al revés de no encontrar nunca la estación de donde parten los trayectos que debería coger o de no enterarse del lugar en el que se celebra la fiesta realmente molona. Siempre acaba en guateques cutres escuchando “demasiado Picky Picky”.

Si juega a algo, pierde fijo. No hay manera de que el condenado gane.

Una vez, cuando todavía teníamos trato (antes de que me produjera pavor su mal, pese a su insignificancia), intenté que me venciera en una actividad sencilla, que apenas requería esfuerzo y que él dominaba perfectamente. No sé cómo coño se las apañó para caer derrotado, pero falló estrepitosamente las últimas jugadas cuando había estado bordándolo antes de eso. Yo apenas podía creérmelo. Le asaltaron los nervios, una especie de vértigo por la idea de lograr el triunfo o tal vez una estúpida sensación de solidaridad hacia mí, que de eso tiene mucho este singular hombrecillo.

En cuanto a los sorteos y otros juegos de azar, me confesó que hacía mucho tiempo que no jugaba y que estaba convencido de que la combinación fija que usaba en el Euromillón había sido premiada durante sus años de abstinencia. Lo decía con un convencimiento tan triste, tan rotundo, que yo no sabía si enternecerme o descojonarme. Optaba por lo segundo en cuanto se largaba.

Sin embargo, lo más pírrico de todo (aunque he de confesar que también tenía algo de tragedia que ponía los pelos de punta) era su aciaga suerte en cuanto a la búsqueda del sexo opuesto, ya fuera para meros intercambios de fluidos y contactos carnales, ya fuera con otras miras más elevadas porque son los latidos del corazón los que mueven el mundo.

Jamás he visto en mi vida (y dudo que vuelva a verla) una combinación de factores tan bien alineados para que este personajillo fuera caducando cajas de condones como si fueran yogures de marca blanca. Es preciso dejar claro que el colega no era mal parecido, ni mucho menos. No era apuesto en el sentido de considerársele un galán de cine, un latin lover o un gigoló, pero tenía bastante sex appeal, era resultón y solía tener facilidad para entablar relación con las féminas.

Esfuerzo ímprobo, desde luego. Todas las chicas en las que conseguía despertar atracción (ni pocas ni muchas teniendo en cuenta que estamos en una ciudad castellana de provincias) tenían pareja. Invariablemente, con una precisión matemática. Esto de por sí podría no haber supuesto un impedimento determinante, pero se juntaba que el novio de turno siempre era amigo, coleguita o compañero de algo de esta antítesis de Don Juan, cuyo problema tal vez es que era demasiado simpático y social.

En un par de ocasiones le ocurrió lo mismo con personas homosexuales y entonces me dijo con esa ironía fúnebre que le caracteriza que ni siquiera le quedaba el consuelo de poder hacerse gay para mojar el churro, si quería mantener sus principios. Era la moral o la polla. Él siempre elegía la primera. Si conocía a una soltera, esta ni le miraba. No es que a ella no le gustase, simplemente no veía más allá de un bulto humano, de un fantasma fuera de contexto que desaparecería de la misma forma absurda en que había surgido.

Como un algoritmo cachondo y siniestro, esta ley se cumplía como la D´Hont para Izquierda Unida. Daba igual el número de personas a las que sedujera, se quedaba sin escaños para formar grupo propio y le tocaba mezclarse con el mixto, el batiburrillo de los perdedores.

Después de varios testimonios oculares y de escucharle tantas veces su discurso derrotista llegué a convencerme de que todo era lastimosamente cierto. Que lo suyo era una cuestión de miseria sentimental y sexual irremediable, sin precedentes.

Debo aclarar que a mí este peculiar desdichado no me produce ninguna lástima. Ese sentimiento le reservo para los miles de niños africanos que mueren cada día o para los refugiados sirios. Objetivamente considerada la vida de mi conocido es bastante agradable, mucha gente se cambiaría por él.

Sin embargo, confieso que en cuanto le veo por la calle me cambio de acera. Por si acaso.

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