¿Todos contra el fuego? (I)

Recuerdo perfectamente una campaña de concienciación de los incendios forestales que se emitió repetidamente en televisión durante mucho tiempo. Rememoro especialmente la sintonía y, pese a que yo era muy pequeño, el estribillo se me quedó grabado y es curiosamente una de las canciones que mejor interiorizadas tengo desde mi niñez. Al mismo nivel que las melodías y letras de los dibujos animados. “Todos contra el fuego, tú lo puedes evitar”.

He vuelto a ver el anuncio gracias a la inmortalidad de Youtube y, fuera aparte de la estética algo rancia –a la par que entrañable– de la España de finales de los 80 y de la inmensa distancia técnica que existe respecto a la producción audiovisual de esos años, lo cierto es que me sigue pareciendo una campaña fantástica. Cumple perfectamente su cometido y además emociona.

Por cierto, me ha sorprendido enormemente descubrir que Miguel Ríos colaboró en la iniciativa. Imagino que hay más rostros conocidos entre los muchos que aparecen, pero confieso que no he sido capaz de identificar ningún otro. En años posteriores participarían Joan Manuel Serrat y otros artistas y personajes populares.

No recuerdo en los años posteriores ni una sola iniciativa similar. Se puede alegar que el poder emocional de la televisión para los niños de los 80 no se puede comparar ni de lejos con el de la tele actual y el legado emocional que nos dejó es tan poderoso que todos nuestros hitos se remontan a esos años y no ha habido otros comparables a lo largo de las décadas posteriores.

Aun admitiendo que esto pueda ser cierto, existe una verdad a mi entender mucho más indiscutible. El nivel de mentalización y educación de medios de comunicación, poder político y sociedad españoles en relación a la protección forestal ha descendido ostensiblemente pese a la gran cantidad de tragedias acaecidas. Da igual que se quemen cada verano miles y miles de hectáreas de patrimonio natural o incluso que fallezcan personas en su ingrata –y bastante solitaria– lucha por evitarlo. A veces me parece que esto a la gente le importa una mierda.

La mayor parte de las conversaciones de los españoles durante este verano de calores achicharrantes se mueven entre la indignación, el temor y el enfado y giran en torno a la falta de gobierno, la ola de atentados yihadistas y las vacaciones, que casi nunca satisfacen a toda la familia.

Entre medias, hay un huequito para comentar lo que hacen los deportistas en Río de Janeiro. Sin ánimo de parecer superficial, bienvenidos sean los Juegos Olímpicos y el ejemplo que dan la mayoría de competidores en los mismos, sobre todo porque el fútbol, por una vez, es secundario.

No veo por ningún lado que la gente se preocupe por la destrucción de nuestro país, más allá de lo que dura la pieza de un par de minutos en el Telediario. Si hay algo que dota de valor a España es su biodiversidad, la mayor que se puede encontrar en toda Europa. O al menos así era. Al paso que vamos, este territorio acabará convirtiéndose en un desierto lleno de matojos quemados, en un cementerio de troncos chamuscados, en una llanura de esqueletos donde agonicen las últimas especies animales no extinguidas.

El arboricidio es alarmante y además golpea habitualmente a las mismas zonas año tras año. Este terrible verano les ha tocado –otra vez– a Galicia y Las Palmas de Gran Canaria, precisamente dos de las regiones con un patrimonio natural más basto y bello. Me duele cualquier incendio exactamente igual –también los que suceden fuera de nuestras fronteras, como por ejemplo en Portugal, donde por cierto también tienen un problema gravísimo con este tema–, pero reconozco que se me parte el alma viendo a una de mis segundas tierras, la de las meigas, arder un año más sin control.

Imagen de veraneantes en una playa cercana a Soutoumayor, localidad gallega donde se produjo uno de los peores incendios del mes de agosto de 2016. (Imagen: El Faro de Vigo).

Cuando saco este tema con mi gente, observo con tristeza una posición entre indiferente y resignada que me produce pavor y me pone de muy mala hostia, con perdón. Asumen que siempre va a haber pirómanos, imprudentes o locos que incendien los bosques. Es algo que no se puede evitar y por lo tanto no es un problema que se pueda atajar, no existen soluciones.

No obstante, hay datos que contradicen esta funesta postura. En el año 2007, World Wildlife Fund (WWF), la organización conservacionista independiente más importante del mundo, destacaba el descenso tanto en el número de incendios como en la superficie quemada en España, habiendo sido el mejor año de la década en este sentido. La asociación ecologista destacaba la mejora en la prevención, en la persecución de los incendiarios y en la coordinación y eficacia en la extinción.

Cinco años después, en 2012, el panorama había cambiado radicalmente así como la valoración de WWF, que pidió una acción urgente contra el aumento de los incendios en los países del Mediterráneo, entre ellos España. En concreto, se decía que los grandes incendios forestales que habían azotado el país eran la herencia de décadas de abandono en las políticas forestales. Además, el informe de WWF señalaba los recortes presupuestarios en materia de prevención forestal, especialmente en Grecia, como una de las principales causas de los desastres ecológicos sucedidos ese año.

Ya en 2010 WWF había avisado de que la década sería catastrófica a nivel de incendios forestales en España. En el informe de ese año destacaba la deficiente gestión foral de los bosques de nuestro país, algo que quedaba claramente a la luz por la falta de coordinación entre Administraciones y la ausencia de planes de recuperación forestal, entre otras causa.

En septiembre de 2014, la Fundación Ciudadana Civio en su web España en Llamas criticaba la opacidad en cuanto al gasto realizado por la Administración contra los incendios forestales, destacando que habitualmente no se entregaban los datos históricos, que desde el inicio de la crisis los recortes en prevención y extinción eran significativos –en Castilla y León, Asturias y Aragón había disminuido la inversión en prevención un 50%– y que en algunas Comunidades Autónomas no se hacía labor de prevención en invierno por los recortes. Este demoledor reportaje, con muchos datos contundentes, se publicó también en el periódico El Mundo.

Civio ya se había quejado en 2013 de la falta de transparencia en esta materia y había conseguido recabar datos a través del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, extrayéndose de los mismos que el capítulo de prevención contra incendios se había visto mermado de los 38,8 millones de 2009 a los 8,7 de 2012. En ese mismo informe también se comentaba la reducción del número de patrullas operativa durante el Plan INFOCA, lo cual se traducía en el escaso número de incendios investigados.

De esa manera el propio Ministerio contradecía las pomposas declaraciones de su titular por aquel entonces, Miguel Arias Cañete, quien aseguraba que se estaba realizando un gran esfuerzo presupuestario para poner a disposición de las CCAA los medios y recursos con que contaba el Ministerio. La verdad a medias se caía por su propio peso, ya que, al igual que han hecho históricamente todos los gobiernos, debido a su mayor impacto popular, se destina dinero a la extinción y se recorta en prevención. Aunque durante los años de la crisis se recortó en ambos aspectos.

Bien es cierto que el actual gobierno en funciones del PP tuvo una deriva electoralista en los Presupuestos del pasado ejercicio 2015, subiendo la partida referente a la prevención de incendios –después de años de tijeretazos–, algo de lo que no dudó en jactarse el Subsecretario del Ministerio Jaime Haddad.

Para hacerse una somera idea de las dificultades que existen para conocer los datos sobre el gasto que realizan las CCAA en esta materia y la tremenda disparidad de criterios y de partidas destinadas, basta leer un reportaje publicado en agosto del pasado año en La Vanguardia titulado ¿Cuánto cuestan los incendios forestales en España?

Haciendo una parada expresa en Castilla y León, los recortes derivaron en 2011 en una situación esperpéntica, denunciada por los sindicatos, admitida por el propio Viceconsejero de Desarrollo Sostenible de la Junta y recogida en las páginas de El Norte de Castilla. Las restricciones presupuestarias habían afectado entre otras cosas al tope de gasto en combustible, de modo que los agentes tenían serias dificultades para desplazarse a los montes y otras zonas forestales porque no podían echar gasóleo en los vehículos.

Pero no hay que remontarse a los años de la crisis aguda –que para el gobierno son muy lejanos, pero para muchos han sido ayer, hoy y mañana–. La situación no parece haber cambiado mucho. Con motivo del gravísimo incendio de La Palma que tuvo lugar a principios de este mes de agosto, uno de los agentes forestales se quejaba en la radio de que llevaban años reclamando un hidroavión adicional sin éxito.

Imagen de las labores de extinción del gravísimo incendio de La Palma, en el que se quemó más del 7% de la isla. (Imagen: El País).

Todos estos detalles muestran bien a las claras que, pese a la dificultad de evitar todos los incendios, sí es posible prevenirlos y reducir su riesgo si se dispone de medios suficientes y adecuados o, en el caso de que sea imposible prever su inicio, se pueden controlar mucho más rápido y minimizar su efecto. Sin embargo, esta ecuación adquiere signo negativo si damos la vuelta a la tortilla, que es lo que ha sucedido durante muchos años.

Por lo tanto, no es cierto en absoluto lo que mucha gente afirma por una cuestión de desconocimiento o de pasotismo. La aniquilación de los bosques por el fuego sí se puede anular o al menos acotar bastante sus consecuencias.

Algo que obviamente no sólo es labor de las Administraciones ni se trata únicamente de una cuestión de dinero, sino que el trabajo de los medios, los colegios, las familias y la sociedad en general a la hora de mentalizar sobre todo a las nuevas generaciones resulta esencial. Aunque sea a través de campañas de televisión orientadas al público infantil. Pero me da la sensación de que en esto, como en tantas otras cosas, estamos dando pasos atrás. Como dije antes, sólo hay que hablar con la gente y escuchar sus lacónicas respuestas.

En la segunda parte de este artículo trataré más a fondo sobre las políticas forestales que existen en España y analizaré los graves perjuicios, no sólo medioambientales –incluido aquí lo que se deriva para la salud de las personas–, sino también económicos, sociales y culturales que provocan los incendios forestales.

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