Mis escondrijos

Siempre me han fascinado los recovecos, vericuetos y rincones. No soy un tipo de caminos rectos y fáciles, me gusta la sinuosidad y las irregularidades en el trazado. Me pasa lo mismo con los sitios de recreo o con los espacios públicos. Me encantan los anexos, aunque estén conectados al sitio de tránsito general.

De pequeño me atraían los lugares que estaban recogidos y un poco aislados, pero al mismo tiempo al lado de la sala principal. Si iba a una cafetería con mis padres, les pedía que nos sentáramos en esa mesa algo apartada, delimitada por un espacio singular o protegida por barrotes, junto a la pared, que tenía un encanto especial.

Sí, es posible que de niño ya tuviese ese toque bohemio, ligeramente asocial, pero al mismo tiempo tan infantil, que se mantendría incólume con los años. El toque pueril de esta singular atracción tiene su piedra de toque en los patios de los colegios. Ahí encuentra su razón de ser. Fijaos bien en ellos. La mayoría, por no decir todos, tienen una gran explanada donde se sitúan las porterías y las canastas y después algún que otro escondite al que normalmente no se acercan más que los niños fantasiosos y las niñas a las que les gusta conspirar.

Recuerdo perfectamente que había –y aún lo hay– un lugar especial en el patio de mi colegio que constituía mi predilección. La mayoría tenían como sitios favoritos el pabellón, el espacio de las canchas de minibasket o el de las porterías de futbito, pero a mí me gustaba mucho más un apartado que se incrustaba entre una pequeña puerta que daba a un callejón sin salida y que bordeaba el recinto semicerrado donde se alojaba el gimnasio.

Ese rinconcito era algo penumbroso y gris, lo recuerdo en otoño y especialmente en invierno muy triste, como si siempre lloviese en él, oculto por los edificios que rodeaban la zona, un tejado y el propio polideportivo.  Allí la sombra era dueña  y señora, la nieve no se derretía y uno podía imaginarse su propio planeta que al mismo tiempo no dejaba de ser el de su infancia, sin salir de su zona de seguridad, pero sintiéndose un poquito más independiente.

Sin embargo, mi escondrijo dejaba de ser sólo mío y de los otros que lo frecuentábamos habitualmente para tejer nuestras historias de frikis –antes de que este concepto se popularizara de una forma repugnante– cada vez que llegaba la verbena de las fiestas del colegio. Entonces se poblaba de críos que, como yo, buscaban dar sus primeros pasos en el amor. Y es que por la noche aquella esquina al límite de las fronteras escolares era especialmente penumbrosa y proporcionaba un refugio ideal para los amantes incipientes.

Allí, en mi escondite, se iniciaron los primeros magreos de muchos de mis compañeros y compañeras. Algunos se casaron y tuvieron prole, por milagroso que parezca.

Yo, indignado por esa ocupación vergonzosa, arbitraria e ilegítima de mi zona preferida, pasaba entre la oscuridad como un voyeur barbilampiño y observaba la fila de figuras siniestras apretándose contra la pared del pabellón y rozándose con torpeza. Tal vez deseaba ser una de ellas.

Sin embargo, nunca lo fui, no porque no tuviera la oportunidad –que también–, sino porque nunca hubiese profanado la magia de ese lugar como hacían aquellos sacrílegos. Por suerte sólo había que dejar que transcurriera aquella noche de viernes primaveral y a la semana siguiente todo volvía a la normalidad.

A día de hoy he cambiado un poco. Ya no siempre busco los rincones y a veces hago exactamente lo contrario. Me coloco en el centro del lugar, justo en el punto desde el que se pueda contemplar la mayor cantidad de superficie posible, en un interés por la observación que me viene de mi personalidad de escritor mezclado con un afán de controlar y vigilar todo lo que sucede a mi alrededor para no perderme nada. Como si eso fuera posible.

En el fondo también se trata de una manifestación del niño protestón y ajeno a la evolución que llevo dentro. El omnipotente infante que en ocasiones se revela contra mi crecimiento y me ayuda a sembrar la pantalla de mi portátil o las páginas de mis viejos cuadernos de palabras llenas de nostalgia, rabia, ironía y tormento.

Pero en esas hojas y documentos digitales también aparece el misterio. La intriga, la ocultación, el disfraz, el morbo furtivo. Y eso se lo debo todo a la otra parte de mi niño. A la que más me gusta y más añoro cuando no está.

Esa que hoy, por ejemplo, me llevó a recorrer un muro entero hasta una zona solitaria llena de sol porque sabía que al final no se juntaba en línea con otra pared, sino que se abría inesperadamente, con un respeto discreto, dejando un hueco, un reducto de libertad clandestina sin más utilidad que servir de escondite al mundo sin escaparse de él. Servir de escondrijo perfecto para mis historias.

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2 respuestas a Mis escondrijos

  1. Alberto E dijo:

    En las Agustinas teníamos”la cueva”, un rincón mínimo a base de piedras, q nuestra imaginación convertía en una gruta inescrutable llena de sorpresas 🙂

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