El regreso a Valladolid

Antes de nada, es importante evitar equívocos. Este texto no va sobre el triunfo de algún tipo de política de recuperación de los emigrantes impulsado por alguna Administración al albor de la tan vendida salida de la crisis. Por ahora, al menos que yo sepa, siguen siendo más los pucelanos que buscan su futuro laboral fuera de la capital del Pisuerga que los que vuelven. Los cuales –estos últimos–, dicho sea de paso, se podrían contar con los dedos de la mano de Homer Simpson.

Aclarado este punto, entro en materia. Cuando hablo del retorno a Valladolid, que no es ni el de Martes y Trece ni el del Rey Aragorn, me refiero a ese momento exacto del año, ese punto –“donde convergen los sueños”, que cantaba Alejandro Sanz cuando todavía hacía buenos discos– en el que se produce la confluencia mágica, el combo perfecto.

Septiembre es en general para toda España el mes del inicio del nuevo ciclo, académico y también vital para los adultos. No sólo por una especie de recuerdo residual del pasado, sino porque para muchos supone enfrentarse a las nuevas decisiones respecto a su futuro profesional y, por ende, económico, y, por ende, familiar, y así hasta descender a la minucia más íntima o banal, que daría como resultado condicionar el momento justo para elegir el polvo mañanero según las condiciones de fertilidad.

Los que permanecen en el mismo curro piensan en las posibilidades que el nuevo ejercicio postvacacional, tras agosto y su inhabilidad, tan típicamente española, les ofrece. Opciones de promocionarse, de ascender, de no descender, de evitar la bajada de sueldo o la degradación de funciones, de soportarlas lo mejor que se pueda, de combatir el ERE, de rezar por que sea suspensivo…

Aquellos que saben que no continuarán en el mismo empleo o que ya lo sabían antes de las noches de 22 grados de mínima se afanan en recorrerse el itinerario web que también conocen, desde la sierra de Infojobs hasta la costa de Infoempleo pasando por la meseta de Tutrabajo o las cataratas de Laboris. Incluso los que llevan años sin creer en esa vereda plagada de obstáculos y accidentes del terreno lo vuelven a intentar una vez más.

Porque septiembre es el mes para encontrar de nuevo trabajo, tras la destrucción masiva de los empleos chiringuiteros. Porque en septiembre renace la esperanza. Porque en septiembre sí se puede. Porque septiembre es la misma mierda de siempre, pero huele mejor. Y la ficción de septiembre es tan potente que incluso se estrena de nuevo la película que tantas veces ha repuesto Televisión Española en la que el oriundo pucelano halla por fin la colocación, que dice mi abuela, en alguna vía rebautizada que todos seguimos llamando con el nombre antiguo de tinte franquista.

Nada nuevo les dirá esto a los que sean de fuera. Es más o menos lo mismo que sucede en todos los sitios de este país donde en esta época del año se empieza a poner el sol cada vez más pronto, en un eterno y cíclico recuerdo a la decadencia española.

Sin embargo, en Valladolid existe un matiz diferenciador. En Pucela, el regreso habitual de los residentes se une al ocasional, particular, efímero, burbujeante, de los que viven fuera pero siguen teniendo algún tipo de vínculo con la ciudad. La Feria y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo obran un milagro, que, por ilusorio, causa aún mayor nostalgia masoquista.

Los nacidos y crecidos vuelven, aunque algunos ya tengan de vallisoletanos muy poco. A pesar de que hablen con el “ej que” y caminen como las chulapas, quieren volver a sentir el aire que atraviesa el Paseo Zorrilla. Incluso los que más reniegan de la atmósfera provinciana de la ciudad y se avergüenzan en público de ella, sufren en silencio  privado el síndrome de la melancolía inconfesable. Hasta esos se afanan en volver, aunque sólo sea por unos días al año.

Por eso, en la primera semana de septiembre, Valladolid se peta literalmente. No cabe un alma y la ciudad parece otra. A veces fétida de olor a Kalimotxo, otras endulzada por el aroma del Lorenzito, la mayor parte del tiempo ruidosa por los silbidos de los peñistas, los chillidos de adolescentes con camisetas rotas y los petardos a destiempo. Pero todo el mundo quiere estar estos días en Pucela. Pese a que las casetas regionales no sean las de la Feria de Abril de Sevilla, los encierros no sean los de los sanfermines, ni los conciertos de la Plaza Mayor tengan el tirón de los de La Mercè de Barcelona.

Resulta casi imposible salir por la ciudad estos días y pasar desapercibido. Nunca he comprendido cómo sucede, con la cantidad de focos de atención que hay en un radio no precisamente pequeño de kilómetros a la redonda, pero a cada momento te encuentras con alguien, sobre todo perteneciente a tu pasado.

Entonces, se suceden escenas típicas del regreso, la repetición del ritual anual, no por cansino menos entrañable. Los que vuelven de las vacaciones exhiben su moreno de playa mediterránea y los que se quedaron intentan competir con el suyo de piscina, rayos UVA o el low cost de Las Moreras. Por su parte, los visitantes fugaces, pero con denominación de origen violeta, se ríen cuando los demás se quejan del calor que hace estos días en la tierra de Delibes. “Id a Madrid, y ya veréis”.

Las conversaciones del año anterior se repiten con precisión casi matemática. “Hola, chata, cómo estás ¿Qué tal te va con el tío ese? Lo mismo hasta tienes críos… Yo sigo currando en lo mismo”. Y, aunque hace tiempo que tú dejaste de creer en los sueños y sabes que ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado, sientes con ese reencuentro una especie de gusanillo conocido en el estómago. “Igual este año sube el Pucela a Primera”.

Sonríes casi como antes con las que fueron las chicas top de tu colegio. Sueltas anécdotas perdidas, que hace mucho tiempo que no recordabas, con tus antiguos amigos de la Universidad, coges a su niña en brazos. Te emborrachas ocasionalmente con los de siempre, en un encantador síntoma de decadente involución, aunque sea esporádica.

Tienes poco que responder, tu vida no ha cambiado tanto como la suya. Tú siempre has estado aquí, andando por las Delicias en vez de por el paseo marítimo de Santander, contemplando la Isla del Palero en lugar de tomar el sol en una exótica en medio del Oceano Índico, viendo la sesión golfa en el Broadway y no en algún cine de la Gran Vía, escuchando el rumor del tren a su paso por el Camino de la Esperanza y la Plaza del Crepúsculo sin viajar en sus vagones.

Pero en ese retorno, los trayectos vitales se igualan momentáneamente y todos volvemos a la edad temprana, cuando todavía no habíamos salido del cascarón y Valladolid era nuestro particular paraíso, el único que conocíamos. La única meta de nuestros objetivos e inquietudes. Cuando quedábamos en la puerta del Corte Inglés, en los leones, en el Burger King del Centro Avenida, en Paco Suárez, al lado del Conde Ansúrez.

Las voces adquieren ese toque de jovialidad fresca, de ilusión no troceada ante el telón de fondo de las calles de nuestra vida. Y, en una confesión inesperada que te emociona, los que partieron te reconocen con los ojos brillantes que ojalá pudieran contestarte lo mismo que tú a ellos. Que a veces morirían por volver.

Con el Pisuerga, que siempre alumbra alerta, y La Antigua, que estos días no se durmió, como testigos de lujo, los chicos y las chicas se llevan mutuamente al Campo Grande para que las sombras den cobijo a los tragos de sus litronas. Y allí, en el pulmón verde por excelencia de la ciudad, se produce otro regreso, el de los mayores de la Pérgola que conviven con sus recuerdos y con el presente que les rejuvenece en forma de bailes añejos, pachangueo infumable y visiones de jovencitos y jovencitas con energía desbordante atravesando el parque.

Y tú también pasas por allí, manteniendo las viejas costumbres, en tu particular regreso a la ciudad de la que nunca te fuiste, que vuelves a redescubrir en esta noche en la que te diriges de nuevo al punto donde concurren los viejos conocidos, los amigos que se fueron y quisieron volver por unas horas. Tienes la música en tus oídos, como siempre, vas flotando, ligero, caminas al mismo ritmo que cuando tenías 15 años, adelantas a las nuevas generaciones y saludas, los niños te sonríen. Muchos te conocen y, los que no, saben que estás de vuelta.

Eres tú, has regresado a Valladolid. Aunque sólo sea por una insignificante semana.

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