Las Ferias de mi familia

Recuerdo una semana de Ferias de Valladolid, hace bastantes años, en la que me sentí muy frustrado. Posiblemente todavía corría la década de los noventa y era una de las primeras veces en las que mis padres me dejaron salir hasta altas horas de la noche. En mi cabeza tenía el plan perfecto, los diez días de juerga y diversión que marcarían un punto de inflexión en mi hasta entonces brevísima historia lúdico-festiva.

Pero nada salió como esperaba. Regresé a casa la mayor parte de los días con una sensación de insatisfacción tremenda. Los sitios a los que fuimos no eran los que a mí me gustaban, las actividades en las que participamos no me motivaban y, para colmo, ni siquiera aprovechamos la ampliación de horario. Volvíamos al hogar a una hora incluso más temprana que un sábado normal.

No es que mis colegas fueran unos muermos, si bien tampoco eran la alegría de la huerta. Se trataba más una cuestión de incompatibilidad de intereses y gustos, incluso de caracteres. Admito que yo tenía más que ver en la generación de mi propio disgusto. A decir verdad, nunca me gustó actuar de la forma en la que se comportaba la mayoría, emocionarme en plan postureo o exhibir un grado de excitación artificial, simplemente por que tocaba.

Yo siempre fui más de mis momentos y algo exigente, no me conformaba con cualquier cosa. Había puesto muchas expectativas en aquella semana de septiembre que frisaba con el nuevo milenio, pero me estaba dejando un regusto de orgasmo fingido.

Asqueado y profundamente decepcionado, tomé una decisión bastante radical y que sorprendió mucho a mis amigos cuando llegó el segundo sábado de Ferias. No quedé con ellos. Por aquel entonces dábamos la apariencia de ser una pandilla compacta, un grupo relativamente unido en el que todos íbamos a una, no existían las voces disonantes y las protestas se acallaban por el bien común. Así que mi decisión no fue bien acogida, ni entendida.

Sin embargo, nunca les aclaré las verdaderas razones por las que determiné abandonarles temporalmente. Sé que el tema se habló, se comentó, surgieron rumores y suposiciones –algunas ciertamente imposibles, pues implicaban a alguien del género femenino–. Se relacionó mi ausencia con el caucho, pero por aquel entonces mi única experiencia inflando globos tenía la cara de Super Mario y, en cuanto a su explosión, no se me daba mal el Puzzle Bubble –aunque mi hermano siempre fue mejor.

Esta rama de cavilaciones –quiero pensar que la más extendida, pues eso implicaría que mis colegas tenían en alta consideración mi capacidad de flirteo con las féminas– sin duda tuvo que despertar un gran desasosiego y cierta rabia entre mis buenos amigos. Porque, si eres adolescente, no dejas a tu pandilla por una tía. Si eres un quinceañero, sales con ellos a toda costa, a muerte, caiga quien caiga. Ya tendrás tiempo más adelante para no llamarles durante meses, cuando hayas encontrado a la madre de tus hijos o estés rodeado de churumbeles.  Aprovecho estas líneas para pedirles perdón por haber creado en ellos tal zozobra.

No obstante, me consta fehacientemente que también recurrieron al manido tópico de la enfermedad de aquellos años. “Álber tiene el mal”. Por aquel entonces, si te comportabas de un modo extraño o dabas síntomas de flojera emocional, es que tenías el mal.

Era el mal de amores, claro, pero no se definía como tal, porque englobaba otro tipo de síntomas, que iban más allá de la llorera o las ansias de suicidarte en plan Julieta. Entre otros, la cagalera o la expulsión de tropezones, como si se sufriera una borrachera de amor. Así que yo, en el segundo fin de semana de aquellas Ferias, debí tener para mis amigos el terrible mal, que todo lo devoraba.

Se hicieron estas y otras lucubraciones de lo más estrafalarias y se magnificó el asunto, como de hecho solía ocurrir con todo lo que versaba sobre mí. No es que yo fuera el protagonista ni el líder de la cuadrilla, pero sí era el que más daba que hablar. Conmigo llenaban mentalmente las líneas de los cuadernos que luego yo escribía en horas intempestivas y del todo insospechadas.

Reconozco que yo no era un dechado de sinceridad con mis amigos. De hecho, les escondía en no pocas ocasiones los motivos de mis enfados, las razones de mis ocasionales rayadas silenciosas, de mis cambios de actitud algo desconcertantes o, como en este caso, de mi desaparición. Tampoco mentía totalmente, simplemente me ahorraba dar explicaciones sobre mi negativa a verles. En aquella ocasión, repetí la pauta. Por algo, yo siempre fui considerado el rarito del grupo.

Ahora, muchos años después, merecen saber la verdad. Conocer cuáles fueron los motivos que me llevaron a no compartir con ellos aquellos dos días de las Ferias, cuando todavía eran de San Mateo y no de la Virgen de San Lorenzo. Creo que es hora de que me ponga serio y les desvele la auténtica intrahistoria de mi decisión traicionera.

Lo cierto es que me pasé el fin de semana entero de fiesta con mi familia, abuelos incluidos. No me refiero a una comida familiar tranquila con sobremesa alargada ni a una reunión casera con guateque. Me refiero a lo que en mi familia se entendía, y aún a día de hoy se entiende, por fiesta, nocturna o diurna. Los bares, el picoteo, la tapa y caña, el vino o el chato, como decía mi abuelo, la música, el baile, las risas en lugares públicos, compartiendo espacio con otra gente, respirando el aire con otra gente, viendo la alegría de otra gente, intercambiando la alegría con otra gente.

Retengo imágenes que ya nunca desertarán de mi cerebro. Dignos intentos de mi tía de bailar sevillanas en la Casa de Andalucía, mi madre riéndose mientras bebía Manzanilla, mi padre y mi tío, los cuñados más hermanos del mundo, agarrándose del brazo y entonando una canción en un tono que hubiera matado de espanto al hombre de Atapuerca…

Rememoro a mis primas presentándonos a los que serían en pocos años mis nuevos primos políticos, mi primo, mi hermano y yo detenidos en la cúspide de la gran Noria, cuando las cabinas apenas llevaban seguridad y el viento del otoño incipiente te llenaba el rostro de libertad y dominio sobre la ciudad.

Y, por supuesto, mis abuelos. Al ritmo que ellos dos marcaban, siempre con paso firme y optimista mi abuelo, enérgica y belicosa mi abuela, decididos a mirar hacia adelante y a ponerse el mundo por montera, aunque no se supiera si al día siguiente iba a salir el sol o se iba a poner a tronar.

Así éramos en mi familia. Un poco temerarios, algo imprudentes, de bebernos la vida y exprimir el jugo, compartiéndolo con quien nos quisiera acompañar. Así fuimos durante esas cuarenta y ocho horas.

Fueron los dos mejores días de aquellas Ferias, con diferencia abismal. Me acosté tarde y contento, dormí feliz y mis deseos se vieron por fin colmados.

Pasaron los años y mi vida, siempre en ese filo de la navaja del cambio y el anquilosamiento, fue transcurriendo entre los vaivenes implacables del azar, las imposiciones de la razón y las pérdidas emocionales. Se sucedieron las semanas de Ferias, algunas de recuerdo bastante infausto para mí, y muchas cosas cambiaron, menos las cartas de León de la Riva a la ciudadanía pucelana en los programas oficiales. Aunque, finalmente y contra todo pronóstico, incluso esto último cambió y se cruzó el puente del Pisuerga.

Pese a todo, hubo momentos mágicos en Ferias, aunque cada vez más espaciados, menos frecuentes. Mis amigos, que siguen siendo grosso modo los mismos que entonces, estuvieron presentes en algunos. Nunca volví a jugársela, ni siquiera dejé que la posibilidad de la alta traición fluyese por sus mentes, aunque, claro está, no habría sido lo mismo, porque hace mucho que dejamos de ser un grupo.

No obstante, las Ferias de Valladolid quedaron para siempre en mi memoria como patrimonio familiar. Por diversas circunstancias, algunas procedentes de mi propio interior, durante muchos años no volví a experimentar con la misma fuerza la sensación de distracción, relajación y abandono en esa semana donde los pucelanos salen a las calles y las llenan a reventar.

Aun así, hubo días históricos. Junto a mi primo y mi hermano, viví los atentados del 11-S, con mi prima mayor como informadora ocasional vía telefónica y la radio de mi coche clásico como altavoz, mientras comíamos en la Feria de Folklore y Gastronomía, cuando Internet en los móviles todavía era un sueño. Me emborraché despiadadamente en la peña de mis primas y mis primos políticos, que poco después serían casi como de sangre, y me perdí después desde las huertas hasta las entrañas de la ciudad.

Mi hermano y yo vimos a mis padres bailar agarrados, con la torpeza de mi padre y la desenvoltura de mi madre, entre el verde y el blanco de su querida Casa de Andalucía. Mi abuelo, cuando le quedaba muy poco y estaba ya muy débil y muy malito, quiso despedirse de la Feria y pidió que le lleváramos en silla de ruedas a brindar con sus últimos vasos de vino.

Mis tíos me pillaron una de esas noches en las que se me fue la mano con el albariño, el zurracapote, la sidra y el rebujito, y me acompañaron con cara de circunstancias y condescendencia, hasta que se me aclararon los vapores.

A lo largo de todos esos años, sí que hubo chicas reales, y no inventadas por mis amigos, que se subieron conmigo a la Noria –no demasiadas–, pero ni uno sólo de los besos en la cima de la rueda los cambiaría por la sensación de haber llegado al lado de mi hermano y mi primo a lo más alto de nuestras vidas de niños.

Hoy en día, en este presente que se me escapa de las manos cada día, porque en realidad es pasado en elongación, ellos están casados y, como yo en aquel final de siglo XXI, tienen familia y comparten tiempo con ella en Ferias. Ya no hay lugar para la frustración, y la nostalgia es más producto de la idealización que otra cosa. Supongo que ellos tratarán de imprimir su propio estilo de diversión  en su nuevo núcleo familiar, o adaptarse a otros ritmos.

Sin embargo, yo sigo teniendo la misma familia que entonces, con idéntico espíritu. Ha habido cambios, algunos para bien y otros para mal, pero la esencia se mantiene más o menos invariable. Seguimos estando lejos de ser una familia modélica y convencional, pero, de alguna manera, caemos bien a casi todo el mundo. Tal vez sea porque sabemos divertirnos y, cuando llegan estos diez días en los que Valladolid sale a la calle, aunque sea para mirar a la Virgen de San Lorenzo, nos crecemos.

Por eso, en este 2016, cuando la lógica implacable de la vida debería habernos abocado a la decadencia, seguimos ofreciendo días mágicos. Esa es la razón por la que mi familia es mi asidero al que agarrarme, durante todo el año, pero especialmente en estos días, aunque haya más gente con la que comparta mi tiempo.

Por una vez he decidido hoy, domingo 11 de septiembre de 2016, último día de las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo, quitarme el traje de agnóstico y fantasear.

Quiero imaginar que mi abuelo, precursor de la personalidad que seguimos llevando por bandera, me ha visto esta semana montado con mi sobrina en el sucedáneo de la vieja montaña rusa por primera vez  en la vida de ella, o en los coches de choque, “de mayores”, con mi sobrino, también en su debut. O bailando con ellos dos y mis otros dos sobrinos junto a los Gigantes y Cabezudos en el Atrio de Santiago.

Me gustaría imaginar que nos vio el otro día a todos, comiendo juntos, al completo por primera vez, incluidas las dos nuevas miembros –o miembras– políticas, y mi abuela añorándole como siempre, pero aguantando todos sus achaques por una tarde, antes de regresar a la pequeña tortura en que se ha convertido su vida últimamente. Que contempló con una sonrisa cómo mis tíos y mis padres cumplían el ritual pagano de carácter anual en las casetas de San Benito y Coca, y los cuñados se pegaban, como de costumbre, por decidir quién pagaba, sin permitir, tras las típicas voces que adornan el ceremonial, que lo hiciéramos los de la siguiente línea del árbol.

Nadie me impide soñar con que nos observó a mi primo, a mi hermano y a mí, el trío por excelencia, cantando, bailando y brincando, algo más talluditos pero con la energía de siempre, junto a su querida Playa de las Moreras, donde una vez le salvó El Catarro de morir ahogado.

Ojalá todo esto fuera verdad y no sólo un Canto de Esperanza con el que hoy cerramos las fiestas, entre juglares y candeales, un año más, junto al Conde Ansúrez. Esperando a que el año que viene regresen, como las orquestas a la Pérgola del Campo Grande, donde mi abuelo y mi abuela se bailaron muchos tangos en su juventud, y los conciertos de grupos indie u ochenteros, para que mi primo, mi prima política y yo podamos volver a saltar y aplaudir.

No serán las mismas fiestas. Habrá cambios y Valladolid y sus habitantes estarán un año más viejos, a excepción del que escribe estas líneas, que hace tiempo se negó a contar más allá del día en que respira. Ni siquiera sé si volveré, como vuelven siempre las Ferias y milagrosamente yo también volví este año.

Pero hay una cosa que sí que tengo clara. Si regreso, las viviré con mi familia. Con la de siempre.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en relatos y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s