La chica de mi vida

Hace dos días me encontré con el miembro principal de la que será mi nueva familia. Bueno, lo cierto es que aún me falta que ella lo sepa, pero todo se andará. La cosa es que me crucé, así como por casualidad, con la mujer de mi vida. O, mejor dicho, con la chica de mi vida, que yo para estas cosas todavía me siento muy adolescente.

Sólo la vi unos instantes, de perfil, el lado derecho de su rostro. No sé si iba sonriendo, ni me pude fijar demasiado bien en sus rasgos faciales, pero estoy seguro de que era preciosa, sin ser excesivamente guapa, y que sólo llevaba una fina capa de maquillaje. Era rabiosamente atractiva, con un toque de salvajismo aventurero. Su semblante desprendía personalidad e independencia, pero podía adquirir con facilidad pliegues de dulzura y afectuosidad.

Todo esto lo vi realmente, aunque casi no pudiera verla. Lo vi como los corruptos ven ese dinero que se estructura en sociedades-fantasma radicadas en paraísos fiscales.

Sí me pude apercibir algo más de su figura, que me pareció espectacularmente sencilla y bonita. Iba vestida un poco con ese estilo que yo –aunque no lo supe realmente hasta el otro día– siempre había pensado que tendría la chica de mi vida. Simple, sin aderezos innecesarios, con un toque encantador de urbanidad. Con vaqueros de esos que dibujan el culo con precisión y exquisitez, calzado robusto y chaqueta fina y abierta que dejaba a la luz una blusa suave, verde, de ligero escote.

Bueno, a decir verdad no sé si era una blusa o una camiseta, y lo del escote me lo he inventado, pero, dado que era la chica de mi vida, necesariamente tenía que vestir así. Además, mi novia usaría una indumentaria opuesta a la descrita, lo cual confirma, por contraposición, que esta chica, la de mi vida, con quien me topé lateral y fugazmente, necesariamente debía lucir ese aspecto.

El impacto fue brutal. Fue como si una brisa invisible me pegara una hostia. Pero con cariño. Me detuve a los pocos metros, quizá demasiados –siempre he sido de efectos un poco retardados– y me volví. Ella, esquiva sin saber que lo estaba siendo, permanecía detenida en el punto donde yo la había visto, fascinantemente despreocupada.

Yo, mientras, gripado como el motor de un coche clásico –y que conste que no lo digo por el mío–. Pensé en hacer algo –no sé exactamente qué–, porque en ese momento me dispararon balas de fogueo desde algún sitio de mi conciencia. “Álber, ¿vas a dejar que se vaya sin más, después de todo lo que te ha costado encontrarla?”. Pero no hice nada, sólo me quedé mirándola unos segundos, los suficientes como para confirmar que era quien era.

En esta inmovilidad influyeron varias cosas. La primera, que no tenía ganas de que la chica de mi vida pensara, así de primeras, sin conocernos, que yo era un perturbado de esos que merodean por la tarde-noche vallisoletana. La segunda, el temor al desengaño, no por ella, que sin duda era el colmo de colmar cualquier expectativa, sino por mí, pues en estas lides soy un poco como el hombre-gatillazo con exceso de retroceso. Tercera, llegaba justísimo al cine. No, mi novia no estuvo entre mis motivos de mi parálisis.

Así que me quedé así, tontuelo perdido, sin que ella llegase a cruzar sus ojos con los míos, mientras aumentaba todavía más el monzón interno, que me caló hasta el esternocleidomastoideo.

Con ese aguacero de aceite desengrasante para el corazón, cómo no deducir que se trataba de lo que, sin ningún género de duda, era: el despertador de mi siesta sentimental. Algo así como el Sálvame Deluxe de mi corazón aletargado, la crema hidratante de mi sexo agrietado. Lo siento por mi novia, que estará leyendo esto, pero te lo digo como lo siento, cariño, no puedo seguir viviendo con tantas estrías emocionales y físicas.

Otro punto importante que me llevó a alcanzar estas conclusiones tan elevadas y al mismo tiempo tan terrenales fue el contexto. El contexto siempre es muy importante en este tipo de sensaciones. Primer detalle. Yo avanzaba por la acera izquierda de la Bajada de la Libertad, que precede a la calle de las Angustias. Segundo. Ella estaba mirando un escaparate, y las chicas de la vida de uno siempre están mirando escaparates. Eso es así.

Tercero, hacía rasca y medio llovía. El otoño se había adelantado. En verano, uno puede encontrar amores fugaces como en la canción del Dúo Dinámico. Pero las chicas de tu vida aparecen en la estación de la belleza decadente, cuando hace un tiempo de perros. Esto es una verdad irrefutable.

Cuarto, y tal vez el más importante. No la pude observar, se giró hacia el muro de cristal justo en el momento en el que yo pasaba. Está claro que, para que una chica sea tan especial, has de no poder mirarla completamente, sólo intuirla. Únicamente de esa manera te pega el torbellino de amor ad hoc.

Quinto. Como casi todos los quintos, un detalle insignificante, que podría haber omitido. Sin embargo, pensándolo posteriormente, me di cuenta de que tenía mucha más trascendencia de la que parecía. Me dirigía al cine Casablanca, esas pequeñas salas céntricas de Valladolid que sobreviven a las grandes productoras y a las pantallas de usar y tirar de los multicines y en la que los aficionados al cine de autor nos refugiamos de vez en cuando. Por eso, mi novia había decidido no acompañarme.

Ella detesta esa clase de películas, aunque en realidad ésta, La Puerta Abierta, no la habría disgustado. Te juro, mi amor, que esta afirmación nada tiene que ver con que las protagonistas se dediquen a la prostitución. Lo digo por la calidez humana de la historia, porque no es asiática y no hay que leer subtítulos. Pero ya sé que, para ti, Casablanca, leer y cosas de indios o de chinos es todo uno.

Es una suerte, porque, gracias a eso, me encontraba caminando solo cuando apareció la chica de mi vida. Cariño, cuando te deje formalmente –aunque he escrito esta entrada para que te fueras haciendo a la idea– te daré las gracias, porque tu poco interés por mis aficiones, nuestra incompatibilidad en lo que a gustos se refiere, posibilitó que ella surgiera en mi tránsito.

Sexto detalle, y posiblemente la gota que hizo rebosar el vaso de mis sentimientos. El momento del día era propicio para el toque de patata. Alrededor de las diez menos cuarto de la noche, en esa fase del día en la que los oficios dejan paso a la pérdida de beneficios y yo me crezco. Siempre lo hago. Puede que el resto del día haya sido una completa mierda, pero es llegar el crepúsculo y me vengo arriba. Luego, en la noche, me desprendo de los zurullos acumulados y casi consigo dormir bien, especialmente si mi pareja actual y yo no hacemos el amor descafeinado de máquina.

Aunque, casi más importante que el momento por el que atravesaba la jornada, fue lo que estaba ocurriendo a través de las ondas. Porque yo jamás podría haber encontrado a la chica de mi vida sin una banda sonora de fondo. Y, como casi todos los días a esas horas, escuchaba Flor de Pasión. Era jueves, último día de la semana de emisión del programa, y, al igual que yo, el mítico Juan de Pablos se crece en los finales.

Su voz ronca y aterciopelada comenzó a vibrar, no sé si producto de la emoción o del evidente resfriado que tenía –y que yo, para completar la simbiosis, también padecía–. Me inclino a pensar que era mezcla de ambas cosas. Justo antes de que yo tuviera el encuentro personal más relevante de toda mi existencia, él había estado hablando de la conclusión del verano, de las aventuras amorosas perdidas, y había pinchado un tema de Serrat, De Mica en Mica, y, después, una de las canciones en las que se inspiró Joan Manuel para esa historia, Putain de toi, de Georges Brassens.

La canción justo terminó cuando la descubrí  a ella. Y el bueno de Juan, con ese desgarro provocado por la congestión nasal y la melancolía del momento, explicó la letra de la canción. Un tipo bohemio y solitario conoce de repente a una joven veinteañera a la que salva la vida. A cambio, ella se la pone a él patas arriba. El relato no acaba muy bien, como no podía ser de otra manera, y él se enfada mucho y la llama de todo menos bonita, como sugiere el título de la canción.

El tema era muy evocador, aunque yo no me podía sentir identificado con él, puesto que mi novia me esperaba en casa y yo no tengo demasiado de bohemio, pese a que de vez en cuando habite una buhardilla, sea escritor y vaya solo a un cine pequeño del centro a ver películas independientes los jueves por la noche mientras escucho Flor de Pasión.

Entonces, me di cuenta de cómo empezaba la canción de Brassens. La chica llama a la puerta en una noche de tormenta. El desdichado misántropo la abre y empieza a fluir todo. Sin embargo, la clave está en que la puerta no se halla abierta. Y no se puede encontrar a la chica de tu vida de esa manera.

Pero, en mi caso, no sucedió de ese modo. Yo tenía la puerta de mi buhardilla abierta. Y ella pasó por ella hasta el fondo de mi salón, que tiene mucho espacio pese al amontonamiento de muebles de diseño artesano. Sé que le gustó, aunque ahora vuelva a estar más sólo y triste que un pingüino en un garaje, que diría Sabina.

No obstante, como eres la chica de mi vida, confío en que, cuando leas esto, vuelvas. Ya sabes, no tienes más que esperarme otro jueves de inclemencias y pasión a última hora en algún escaparate de la Bajada de la Libertad.

Eso sí, tendrás que llamar a la puerta, porque no he podido dejarla abierta. Mantendré puestos la llave, el cerrojo y la cadena hasta que compruebe cómo se toma todo esto mi novia.

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4 respuestas a La chica de mi vida

  1. Alberto E dijo:

    Excelente relato, Alber. Me ha entusiasmado la bonita historia que creas a partir de un pequeño acontecimiento, por supuesto acompañado de su banda sonora.
    Como el buen jurista que eres, no has podido desprenderte de la estructura de resolución administrativa dividida en fundamentos ordinales, jeje 😉

    • alber4 dijo:

      Muchas gracias, Álber, por seguir con tanto cariño mis entradas y dejarme este tipo de comentarios, que me encantan y valoro muchísimo. Se ve que las grandes clases de Díaz-Lema, Caropatón y Frank dejaron huella profunda en mí, jeje.

  2. Tu Novia dijo:

    Hola Soy tu novia, vuelve a casa que te espero con Wisin y Yandel, chaqueta de ejecutiva, pan integral en la tostadora y una sartén en la mano para ti y para la putain del escaparate.

    Te quiere, Eva… María se fue…

    • alber4 dijo:

      Lo siento, cariño, no quería que te enterases así. De verdad que llevo días intentando encontrar el momento para decírtelo, pero… El caso es que me alegra que menciones a Wisin & Yandel, porque ellos, como sabes, se separaron. Aún así, siempre nos quedará el recuerdo de las “Noches de Sexo”.
      Ah, y no te las des de cocinera, que sabes que las mejores tostadas que te has comido en tu vida te las hacía siempre yo. Tú siempre estabas demasiado ocupada entre reunión y reunión con aquellos clientes australianos que te llevaban a dar un paseo en yate por el Pisuerga.
      Te quiere, Álber, desde la Buhardilla que tanto odiabas, cerrada a cal y canto.

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