Rosita y la rusita

A lo largo de mi vida, he escuchado cientos de veces que la actitud que hay que tomar ante la realidad es la abrir la puerta a las nuevas oportunidades que puedan surgir. Yo mismo quizá alguna vez di ese consejo, aunque he de decir en mi defensa que no soy de ese tipo de frases. La verdad es que me tocan un poco los cojones.

No porque opine que haya que tomar la postura contraria, sino porque la gente a veces considera estupidez, cerrazón, provincianismo o cobardía el rechazar cosas que, según el paradigma socialmente aceptado, son apetecibles. Pues mira, a lo mejor resulta que a mí el parámetro mayoritariamente consensuado para valorar las cosas como deseables me la refanfinfla tanto como la programación de Radio María. ¿Eso me convierte en un sujeto cerrado, aislado o temeroso? Hombre, yo diría que no, pero igual es por eso que ando buscando a la chica de mi vida por los escaparates de la Bajada de la Libertad.

Por otra parte, ese tipo de máximas están llenas de hipocresía. El comportamiento que mostramos como seres individuales y, sobre todo, como sociedad, es diametralmente opuesto. Cortamos el paso, bloqueamos nuestros umbrales de entrada, denegamos el acceso a lo diferente, nos negamos a tomar el riesgo de mezclarnos con ello. Vivimos aferrados a nuestra zona de confort y no queremos ni oír hablar de algo que amenace con sacarnos de ella.

Sin embargo, a veces no sabemos lo que nos perdemos. Hay ocasiones en las que dejar la puerta abierta, permitir que penetre en nuestras casas otro ser humano ajeno a nuestra cultura, costumbres y modo de vida puede incluso salvar ésta.

Esto es más o menos lo que trata de relatar la directora Marina Seresesky en su primer largometraje (había destacado previamente con cortometrajes como La Boda y El Cortejo), titulado exactamente así, La Puerta Abierta. La historia se centra en Rosa, personaje interpretado por Carmen Machi, una prostituta de mediana edad que vive en una comunidad de vecinos donde hay otras mujeres que ejercen el mismo oficio y también una vecina fisgona y fiscalizadora que tiene un enfrentamiento abierto con ellas.

Cartel promocional de

Cartel promocional de “La Puerta Abierta”. (Imagen: filmaffinity.com

La sucesión de un hecho trágico en este singular mundo, ubicado en un edificio cualquiera levantado en un lugar cualquiera de un barrio obrero de Madrid, alterará la vida de la protagonista y de la comunidad entera. El simple gesto de dejar franca la entrada de su piso hará que Rosa se vea en la tesitura de arriesgarse a cambiar su vida, que no le gusta pero de la cual no puede ni quiere escapar, o dejar que siga como siempre, expulsando al elemento extraño que puede desestabilizar por completo esa penosa rutina que lleva.

Rosa no es puta por vocación –¿alguien lo es?–, ni tampoco porque se lo hayan impuesto, aunque en realidad sí se sintió empujada a dedicarse a ello desde que nació por su madre, Antonia, a quien da vida la gran Terele Pávez (que para algunos siempre  será Doña Pura, la madre de Antonio Alcántara en Cuéntame Cómo Pasó).

Por lo tanto, Rosa –Rosita en la calle y en la esquina– no tuvo demasiadas opciones. Para colmo, Antonia está en silla de ruedas y algo trastornada, es cascarrabias, demandante y faltona, y le hace a Rosa la vida imposible. Como curiosidad, decir que la elegida para hacer de Antonia era Amparo Baró, pero la inolvidable actriz tuvo que dejar el rodaje, pues ya sufría la enfermedad que la mataría poco después. Habría sido fantástico ver a Machi y a Baró de nuevo juntas, reviviendo los tiempos de Siete Vidas.

Con todos esos condicionantes, cómo podría Rosa resistirse a la tentación de variar el rumbo. Sin embargo, no es tan fácil. A las propias censuras que la propia Rosa se impone, el miedo que la atenaza y se viste de bloqueo emocional y una frialdad de roca calcárea, se unen las censuras sociales, que son casi siempre las más potentes, y las oficiales. La ley, que supuestamente trata siempre de velar por los intereses de los ciudadanos y su seguridad, pero que normalmente tiene más aristas y contradicciones que un personaje de Alejandro Dumas.

Además de Machi y Pávez, que están imperiales, el mayor mérito de esta película está en mi opinión en los personajes secundarios, que tienen una fuerza impresionante y llenan al conjunto de una autenticidad exquisita. Desde La Hiena (Sonia Almarcha) hasta la policía (Mar Saura), pasando por Asier Etxeandia, que encarna de manera formidable a un travesti que pone el contrapunto afectivo a la pétrea Rosa.

De izquierda a derecha, Terele Pávez, Marina Seresesky, Carmen Machi y Asier Etxeandía. (Imagen: Diario de Navarra).

De izquierda a derecha, Terele Pávez, Marina Seresesky, Carmen Machi y Asier Etxeandía. (Imagen: Diario de Navarra).

Mención aparte merece la niña rusa, Lucía Balas, fundamental en el filme, y que demuestra lo que ya se viene observando de unos años para acá. Los niños actores españoles cada vez son mejores y van dejando atrás aquella fama –en parte, cierta– de que los intérpretes menores de edad de nuestro país desmerecían por completo de los de otros, sobre todo los americanos. Hoy en día esto ha quedado atrás y ya no sucede lo de antes, cuando veíamos una película española y a todos de vez en cuando nos asaltaban las ganas de que se cometiera un infanticidio (sin que trascendiera de la gran pantalla, por supuesto).

Lucía (Balas) es la rusita y Carmen (Machi) es Rosita. Las dos parecen condenadas a llevarse bien, pese a que Rosa hace bastantes méritos para que la niña la odie. Pero una vez que se deja la puerta abierta, es difícil cerrarla de nuevo.

Rosita y la rusita. (Imagen: guiadelocio.com).

Rosita y la rusita. (Imagen: guiadelocio.com).

Fuera aparte del mensaje que transmite la película, que me parece totalmente válido y necesario para los tiempos que corren –pese a que el crítico de El Diario El Periódico Quim Casas opine que se trata de un cine con buenas intenciones pero superado– , me parece un trabajo excelente.

He de reconocer que la guionista y directora lo tenía fácil para encandilarme con esta cinta porque soy un enamorado de las historias de barrio que tienen un toque de tristeza nostálgica. Pero eso puede hacerse con acierto o de forma errónea, y claramente Seresesky da en el clavo con La Puerta Abierta. Porque no sólo se trata de una película con “solidaridad entre seres al límite (putas, travestis, drogadictos) y muy poco más”, como dice Quim Casas. Una expresión muy desafortunada, dicho sea de paso.

Yo no tengo ni idea de cine, a diferencia de Casas, pero me parece sorprendente que un experto como él no sea capaz de ver lo que yo veo.

Un elenco de grandes profesionales dándolo todo por un proyecto en el que se nota que hay compenetración y buena química entre ellos. Una directora que tiene la habilidad de darnos planos cortos de elementos aparentemente insignificantes e irrelevantes (unas pinzas para tender la ropa, unas macetas…), pero que resultan muy importantes para contextualizar el ambiente suburbial el en que se desenvuelven los personajes.

Un guión tragicómico, que sabe manejar eficazmente el cambio de registro cuando la narración lo requiere. Un texto que, fantásticamente ejecutado por las actrices y los actores, hace reír, genera sentimientos de ternura, de asco y de aprensión. Una película que, lo más importante, conecta con los espectadores. Como he dicho en alguna otra crítica, esa es la clave. Y de historias que conectan, sí creo saber algo.

Por suerte, hay otros críticos que sí han sabido apreciar el valor de este largometraje. También ha tenido un buen recorrido en festivales, obteniendo, entre otros premios, la Tesela de Oro del Festival de Alicante, como destaca Javier Caro en un recomendable artículo sobre el largometraje.

(Imagen: labutaca.net).

(Imagen: labutaca.net).

Y, sobre todo, el público la ha dado su respaldo, pese a su escasa campaña de promoción y su limitada distribución. No tiene el presupuesto de Tarde para la Ira, la película española de moda (con permiso de la taquillera Cuerpo de Élite y de la estrenada este fin de semana, El Hombre de las Mil Caras), que, aunque también muy buena, es otro tipo de cine, mucho menos entrañable.

En cualquier caso, son dos ejemplos de películas españolas que vuelven a confirmar la tendencia de los últimos años, esa que algunos (como por ejemplo el ínclito Cristóbal Montoro) se empeñan en negar. En España se hacen muy buenas películas (siempre se han hecho, pero últimamente todavía más), que además gustan y recaudan mucho dinero. Y, por encima de todo, son cultura. Nuestra cultura.

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