Cuando la (beatle) manía era sana…

No creo que España sea un país inculto –venga, ya lo he dicho, ha sido más fácil de lo que pensaba–, pero también pienso que la sociedad española sí que se mueve cómoda en la incultura. Ofrece pequeños síntomas de ello en cosas aparentemente no demasiado importantes, como un muestrario de miniaturas hechas a escala borreguil.

Cartel promocional de Eight Days A Week: The Touring Years. (Imagen: Filmaffinity).

Cartel promocional de Eight Days A Week: The Touring Years. (Imagen: Filmaffinity).

No puedo calificar de otra manera al hecho, para mí incomprensible, de que el documental Eight Days A Week: The Touring Years, dirigido por Ron Howard, haya tenido en España una promoción, una distribución y un recibimiento del público tan pobres. Alguno pensará que un monográfico sobre la trayectoria musical de Los Beatles –sí, los fans tradicionales nos negamos a decir The Beatles escupiendo al de al lado– no es cultura y que yo sólo soy un seguidor incondicional que no distingo la cultura de masas del verdadero arte.

Sin perjuicio de que opino que la música popular es una manifestación artística de primer nivel si reúne los requisitos mínimos de calidad, vamos a admitir que lo que hacían los cuatro de Liverpool no era cultura. De acuerdo, aceptemos las propias palabras de Paul McCartney, que en una entrevista durante una de sus giras por Estados Unidos dijo: “Esto no es cultura, hombre, es pasar un buen rato”.

Ellos eran un poco así. Bromeaban sobre todo, frivolizaban acerca de los asuntos más graves, incluidos los que les concernían y, si había que quitar importancia a las cosas, ellos se ponían automáticamente como ejemplo. Eran cuatro chicos modestos de barrio, auténticos, a los que de tanto ser sencillos, cercanos y reales se les fue de las manos.

Sí, luego vendría la famosa frase de John Lennon “somos más importantes que Jesucristo” y posteriormente cambiarían, mientras lo hacía la sociedad y el mundo entero, pero durante sus años más álgidos, los que retrata el documental, los de la beatlemania más frenética, no se lo creían. Nunca se lo creyeron.

(Imagen: variety.wordpress.com).

(Imagen: variety.wordpress.com).

Yo ya había visto muchas de las cosas que refleja Eight Days A Week: The Touring Years, así que iba convencido, y ver el documental, con un montón de detalles ampliados, testimonios nuevos e imágenes inéditas, sólo me confirmó lo que ya sabía. Que fueron los más grandes, entre otras muchísimas cosas, porque, mientras lo eran, siguieron siendo pequeños.

Evidencias como el primitivismo técnico con el que daban los conciertos, pese a lo cual sonaban mejor que cualquiera de las refinadísimas bandas actuales y su batería infinita de técnicos, avalan lo que digo. Eran ellos cuatro en el escenario, con sus instrumentos. Nada más. No había parafernalia de ningún tipo, no había espectáculo. Porque el único show era verlos a ellos, su franqueza, su simpatía, su magia.

Se comportaban allí arriba –en realidad, muy a ras del suelo, prácticamente en el mismo plano que su público enfervorizado– como si estuvieran en la habitación de hotel que compartían, en el estudio de Abbey Road, en el patio de tu casa. Hablaban entre ellos, se hacían bromas totalmente improvisadas, en ocasiones se liaban cuando presentaban las canciones y salían al paso de los errores.

Interactuaban directamente con los asistentes, no les tomaban como un público informe, una masa sin rasgos diferenciadores. Realmente los hablaban, incluso se dirigían a alguna fanática que perdía el control y quería asaltarles o se desmayaba. En este sentido, John, con su inspiración, desparpajo e instantaneidad, se llevaba la palma.

No había guión, no había preparación, apenas existía mercadotecnia, más allá de la indumentaria, igual para los cuatro, esos trajes que les recomendó Brian Epstein, su genio en la sombra. Bueno, y el pelo, claro. Ese peinado que en su día era sinónimo de rebeldía, luego fue patrimonio de modernos, después de pijos y ahora de clásicos, pero que para mí siempre será simplemente la melena beatle.

Su forma de moverse cuando tocaban delataba su completa falta de preparación en esas lides. No tenían ningún tipo de coreografía ni movimientos estudiados, fuera aparte de aquella oscilación de cabeza que provocaba gritos histéricos. Lo demás era todo naturalidad, su lenguaje corporal era el mismo que podríamos haber utilizado cualquiera con un poco de sentido musical, un par de narices y ganas de deleitar a la concurrencia. Pero es que en eso, que parece tan fácil, eran los reyes. Y ante 56.000 personas. O las que hiciera falta.

Hubo un punto en el que no pudieron soportarlo más. La gente se volvió completamente loca. Ellos los volvieron locos. No sólo a las adolescentes, pese a que fuera el colectivo con más peso específico. También a los chicos, a los adultos, a los policías, a los políticos, a la realeza, a los mandamases de varios imperios, a los religiosos… Se podría decir casi que incluso al mismísimo Jesucristo.

La manía se transformó en delirio, dejó de ser sana. Ellos decidieron refugiarse en su estudio y se hicieron músicos de verdad. Se dedicaron, entonces sí, a hacer arte con mayúsculas, si es que seguimos con el casi insostenible argumento de que lo de antes no lo era. De hecho, en este campo también acabarían siendo los mejores, en su segunda etapa, la que les consolidó como el grupo de música popular más importante de la historia, no sólo como el mejor grupo de fans.

Pero todo sería diferente. Es la parte que no te enseña este documental, pero que algunos conocemos muy bien. Vendrían las rivalidades, los egos, los roces, las intromisiones, la convivencia imposible entre cuatro genios que se olvidaron de ser amigos. De ser esos cuatro chicos de Liverpool que sólo se dedicaban a pasárselo bien y no a crear cultura.

Sin embargo, nos regalaron un último momento antes de extinguir definitivamente su estrella, cuando estuvieron más cerca que nunca de una de ellas. Sobre la mítica azotea de Apple Corps, ofrecieron el que para mí es el mejor concierto de la historia de la música, o al menos el más especial. Antes de las flashmob y de las lipdub, aunque en realidad el concepto básico fuera el mismo. Antes del mainstream y de los trending topic, Los Beatles fueron La Tendencia. Se hicieron inmortales y fueron por última vez los cuatro amigos del barrio.

El mítico concierto en la azotea de Apple Corps. (Imagen: nacionrock.com).

El mítico concierto en la azotea de Apple Corps. (Imagen: nacionrock.com).

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