El pegamento de la amistad

Una vez conocí a cuatro tipos que eran amigos entre sí. Formaban parte de una misma pandilla, vivían en el mismo barrio e iban al mismo colegio. Tuve un contacto bastante efímero con ellos, apenas un par de salidas vespertinas a una sala recreativa que había cerca de donde residíamos. Teníamos un conocido común.

Éramos bastante niños, pero no tanto como para no observar ciertas cosas.

Me llamó la atención el hecho de que no tuviesen roles demasiado definidos dentro del grupo. Sí que había uno de ellos que ejercía de líder, o más bien lo imponía, porque tenía más carácter que los demás, y el resto lo seguían con cierta desidia, sin demasiada convicción.

Por lo demás, existía la típica figura del gracioso que suele haber en todos los grupos de amigos, la del pasota y la del tímido. Pero en general predominaban las personalidades llevaderas e informes, no había rebeldía ni pasión. Era todo muy plano y apacible. No hacían nada especialmente entretenido ni todo lo contrario, sólo iban juntos, hablaban de sus cosas, se reían, gastaban algo de dinero, voceaban cuando pasaban las niñas y se volvían a sus casas.

Se notaba a la legua que les faltaba cohesión, que carecían de un perfil que les hiciera de pegamento, pero por alguna extraña razón, llevaban años divirtiéndose juntos, como si se hubieran encontrado por casualidad y hubiesen dejado que esa misma pendenciera veleidosa jugara con la duración de su amistad. Le debieron caer bien al cabrón del azar, o simplemente no les consideró lo suficientemente importantes como para agredirles con el martillo de sus caprichos.

Otra cosa que recuerdo –y que evidenciaba su falta de emoción hacia la cuadrilla que configuraban– es que dejaban entrar indistintamente a quien se acercara, no importaba qué tipo de aficiones, intereses o valores tuviera. Esto, que en sí mismo considerado era bueno –y bastante poco frecuente en nuestra ciudad–, hacía que siempre se vieran rodeados por distintos personajes a quienes ocasionalmente hacían más caso y dedicaban más atenciones de las que se prestaban entre ellos mismos.

Sin embargo, estos miembros no permanentes entraban y salían como las ratas de la sede del PSOE, y al final quedaban ellos cuatro, igual de sosos, acomodaticios y desafectados que siempre. Yo mismo, que sólo conviví un par de tardes de fin de semana noventero con ellos, podía considerarme parte integrante de su formación social de apariencia despegada, que ya entonces amenazaba desmembramiento, como Homer Simpson buscando su epifanía o Mortadelo y Filemón sometidos al efecto del Rayo Cerebélicodespiazador inventado por el Profesor Bacterio.

De hecho, muchos años después, me los volví a encontrar y me trataron como si fuera uno más, con la misma naturalidad que les recordaba, restando toda relevancia al hecho de que yo sólo hubiese compartido con ellos apenas diez horas en un par de esos domingos que ejercían de puñal de feromonas para el alma prepúber.

Fue hace no demasiado tiempo, en una boda. La que se casaba era amiga de mi novia, de modo que se trataba de uno de esos compromisos que únicamente me alegran porque sé que puedo comer y beber gratis, hasta reventar. Debo aclarar en este punto que chantajeé a mi novia, poniéndole como condición para ir al sarao que asumiera íntegramente los gastos del regalo, según norma social para pobres hecha por ricos; hasta le saqué una corbata –se lo puede permitir, su madre tiene un importante cargo en Renault y su padre en Grupo Norte, lo cual equivale en Valladolid más o menos a ser hija de Patricia Botín y Amancio Ortega.

Sin embargo, cuando vi allí a los cuatro colegas del barrio, a quienes prácticamente había perdido la pista desde nuestra adolescencia, pensé que además de deglutir y trincar como un cerdo podría pasar un bonito rato con risas y algo de nostalgia.

Así fue. Bailamos canciones de ésas que antaño englobábamos dentro de la categoría bakalao y algún que otro rock nacional –perdón– con letra reivindicativa de las de antes, hecha para rojos quinceañeros como yo.

En algún momento de la fiesta, debí de comportarme de un modo fantástico, atractivo, arrasador, como en mis viejos tiempos, cuando todavía no formaba parte de La Galera vital, lo cual coincidió con el momento en el que mi novia me dejó de mirar y lo empezaron a hacer las chicas –en su mayoría, primas adolescentes, tal vez universitarias, de la consorte.

Entonces, los cuatro amigos, esos que tan poca pasión como eficacia práctica transmitían cuando actuaban en comandita amistosa, me recordaron algo que yo tenía casi olvidado. “Joder, no has cambiado, Álber”, comentó el presunto líder. “Ya te digo, sigues siendo un crack”, apuntó el pasota. “Eres una mezcla entre Stephan Urkelle y Quim Gutiérrez, hijo”, opinó el gracioso. “Eras mi puto ídolo, te llevabas a todas de calle”, remató el tímido.

Eché un vistazo de soslayo a mi novia, que parlaba con fruición y un matiz de esa coquetería que perdió hace años al lado de otras mujeres. Al mismo tiempo, noté que las chicas me seguían mirando. A pesar de que mi ego y mi honestidad se pegaron de hostias durante un rato, ganó el primero con cierta contundencia, así que me hice el interesante delante de los cuatro amiguetes, torcí ligeramente el labio, me mesé la barba como quitándome importancia y me encendí un cigarrillo.

En ese instante, sucumbí a una vieja curiosidad, y me decidí preguntarles por su vida. No por sus vidas individuales, que ya me habían contado someramente y me la traían bastante al pairo, sino por su vida como amigos. Les dije abiertamente que me sorprendía que después de tantos años siguieran teniendo contacto.

Fue el supuesto jefe quien tomó la voz cantante. “Qué va, si en realidad no nos vemos nunca, lo que pasa es que nuestras mujeres son amigas entre sí y a veces nos juntan como hoy”. “Conocen a los recién convertidos en cónyuges”, explicó el gracioso. “Sí, una vez al año o así nos vemos con ellos y otras parejas. Él es un poco gilipollas, y además vota a VOX, pero le aceptamos, ya sabes cómo somos”, añadió el pasota con esa entrañable falta de entusiasmo que yo les recordaba de niños. “Mira, ésas son”, completó el tímido.

Me indicó con un gesto la posición donde antes había visto a mi novia, que seguía allí plantada, sonriendo mucho más que conmigo en los postcoitos –cuando los había–, junto a otras cuatro chicas, que deduje serían las cuatro compañeras sentimentales de los viejos amigos, y la propia contrayente, ataviada con su vestido níveo, de cola kilométrica, apenas salpicada por un par de manchurrones de cava catalán y un par de huellas de zapatos de niños.

Y ahí lo vi claro. Lo percibí, lo sentí, lo noté muy adentro.

Tuve una puta revelación.

Sabía por qué estaba en esa celebración. Ir a aquella boda había sido para mí como hallar las instrucciones de una gymkana de la amistad.

Había localizado un propósito. Decidí aquella noche que yo me convertiría en el pegamento del grupo.

Gracias a ello, podría matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, compartiría momentos con unos tipos que admiraban mi discutible aire de conquistador venido a menos. Por otra, me libraría unas cuantas horas de mi novia cuando nos reuniéramos. Tal vez después de ese tiempo, me echaría de menos y hasta follaríamos, pensé con moderado optimismo.

Me empeñé en la tarea concienzudamente. Durante meses, seguí los dictados establecidos, las pruebas que se suponía debía superar para lograr mi objetivo de tamaña importancia para mi vida social y sentimental. Proponía quedadas, me inventaba motivos, excusas, aniversarios, incluso cumpleaños si era preciso, para vernos. Siempre encontraba respuesta positiva.

Todo iba sobre ruedas. Le había cogido tanto el tranquillo que me había llegado a emocionar, sin demasiada pasión pero con utilitarismo, metamorfoseado a la perfección con mi nuevo grupo de amigos.

Y ahora, en el momento más inoportuno, cuando mejor me estaba saliendo todo, en este punto de mi vida en el que parecía haber recuperado algo de mi aura perdida, de repente sufro un encuentro inesperado en la Bajada de la Libertad, me topo con mi amor secreto y nunca hallado, y mi novia decide dejarme (sospecho que antes desea matarme, pero llevo semanas sin verla. Estoy muy ocupado terminando de escribir una novela sobre la generación perdida).

Las últimas palabras que me ha escrito no son esperanzadoras. Dice que aguarda a en casa con su traje de ejecutiva, dispuesta a darme lo que merezco. Si no fuese porque la conozco, pensaría tontamente que se trata de algún juego sexual. Pero no.

He querido buscar amparo en mis nuevos amigos, pero no han querido quedar conmigo. “Hombre, es que sin las parientas… Cuando lo arregles con la tuya”,  me comunicó el líder con un toque de albañilería. “Pero seguro que lo arreglas. Ya nos vemos”, me escribió por Facebook el pasota.

Ahora me encuentro solo en esta Buhardilla, que se me cae a cachos por la tensión. No sé muy bien qué hacer, si afrontar con valentía la realidad y buscar por la ciudad a mi musa, fuente de mis desvelos y mi ilusión renacida, o tratar de reconciliarme con mi enrabietada pareja.

Mientras lo pienso, voy a esnifarme un poco de Superglue.

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