Trumpolín hacia la niebla

Admito que iba a haber titulado este artículo “Trumpolín hacia el abismo”, pero algo ocurrió hace un par de días que moderó mi catastrofismo. No sabría explicar qué fue, supongo que una brochada de moderado optimismo procedente de algún pintor inesperado que pasaba por ahí. Por otra parte, algún tuit lanzado la madrugada del Supermartes al Inferiormiércoles ya usaba ese lema, y no me gusta copiar el ingenio de los demás, ni siquiera en una ocasión así. Y sí, la llegada de mis queridas nieblas a los intestinos de esta ciudad castellana han influido.

Esto también implica un cambio en el espíritu de mi entrada, que no del Spiritrump. Ya no hay abismo, destrucción ni catástrofe inminente. Ahora digo que nos espera algo que, bien mirado, puede parecer incluso poético o bonito. Incertidumbre, como explicaba el otro día para la SER mi amigo el periodista pucelano y residente en Chicago Jorge Santo Tomás. Panorama difuso, borroso, incierto… Como la niebla.

Ahora, se abre un escenario político en el que todo puede ocurrir. Desde que Rusia se alinee definitivamente con Estados Unidos y se dediquen a bombardear indiscriminadamente a todos aquellos territorios donde exista el terrorismo musulmán, hasta que los mexicanos se rebelen y decidan declarar hijo de la gran chingada a Donald. A Trump y al pato. Que no tiene la culpa pero es yankee y no se le entiende hablando.  Y de paso a Mickey y a todos sus amigos, y a Iñaki y su hermano. O que Estados Unidos quede devastado y/o arruinado y alguna mujer parecida a Lisa Simpson ocupe el despacho oval para reconstruirlo.

“Como ya sabéis, hemos heredado del presidente Trump bastante crisis presupuestaria”. (Imagen: yourdailydish.com).

Claro que también podría suceder que no se desatara ningún escenario bélico a gran escala propiamente dicho y que todo siguiese más o menos como ahora, con una especie de guerra mundial rara, no declarada, entre Occidente y parte de Oriente, que no nos toque demasiado de cerca a los ciudadanos de esta zona. De no ser que vayamos de turismo a un país musulmán o que tengamos la mala suerte de estar dentro de una torre o de un tren cuando explote. Probabilidades bajas, a fin de cuentas. Lo bastante bajas para no quitarnos el sueño. Total, la peor parte se la llevan siempre los propios musulmanes, en Irak, Pakistán, Afganistán, Siria…

Bien, dicho esto, y una vez dejado claro que todo está en el aire como el love en las bodas, no pasa nada por decir que el tipo da miedito. Que a todos se nos ha pasado un poco por la cabeza que si este personaje se comporta igual como presidente que como candidato, tal vez nos esperen años jodidos.

En este sentido, me hacía gracia la reacción de bastante gente después de escuchar el primer discurso de Trump y de observar sus primeros comportamientos. “Se ha moderado. Se ha dado cuenta de que no puede actuar igual gobernando que en campaña. Allí le valía el personaje, pero como político con responsabilidades será  de otra forma. No es lo mismo estar en la Casa Blanca que en un reality de la tele”.

Yo creo que este grotesco ser ni se ha calmado ni tiene ninguna intención de hacerlo. Este tipo es lo que parece que es, un personaje con trazas hitlerianas y verbo violento, racista, machista y algo zumbado. Como pasa con Le Pen en Francia o con Viktor Orban en Hungría. A propósito de esto, Arcadi Espada en una columna infame publicada en El Mundo, al nivel del peor Salvador Sortres, metía a Pablo Iglesias y a Puigdemont en el mismo grupo que Trump y Le Pen por “populistas”. Aunque admitiera esta categorización para el líder de Podemos y el presidente de la Generalitat, hay un largo trecho por recorrer.

Ni Iglesias ni Puigdemont pueden compararse con el racismo de Trump. Decir eso, señor Espada, es como decir que Albert Rivera o Rajoy son iguales que Trump porque defienden el capitalismo. Lo cual además sería falso, porque Trump ni siquiera está definido en ese sentido y apoya determinadas políticas económicas que tienden al proteccionismo, metiendo esos matices izquierdistas en su discurso de ultraderecha para llevar a un grupo más amplio. Igualito que hizo Hitler en los años 30. Y es que estamos viviendo un peligroso regreso al pasado en este campo.

El racismo y la belicosidad contra lo diferente no sólo no se ha superado en los tiempos actuales, sino que bulle con más potencia que nunca. Como si este ser que llamamos humano no hubiese aprendido nada. Sin embargo, yo soy un defensor de que el problema no lo tiene tanto el individuo como la sociedad. Es ésta la que está enferma, como decía Freud. Y como me decía mi amigo Villa el otro día, lo terrible no es que haya un Trump –siempre habrá trumps en el mundo– sino la perspectiva de la sociedad actual sobre los problemas sociales y económicos.

Se culpa al inmigrante, a los colectivos minoritarios, a lo que se sale de la norma impuesta por el sistema patriarcal que intenta dominar a base de fuerza física. Se generaliza lo particular para crear bandos, enfrentamientos y odios, se toma un ejemplo y se criminaliza al conjunto, se humilla y desprecia al que siente, ama o folla diferente, se desprecia el papel de la mujer. No creo que haya mucha diferencia en este sentido entre Trump y el extremismo islámico. Por eso se odian. Por eso nos quieren meter entre medias de su odio. Porque son iguales. Y el resto de la sociedad, estúpidamente, muerde del anzuelo que tiran.

Además, es agresivo y ambicioso. Sus actos empresariales no dejan lugar a dudas. Para muestra, un botón. Javier Pino en la revista Papel de El Mundo contaba hace un par de semanas que Trump quería construir un campo de golf en Escocia y para ello tuvo que comprar varias fincas privadas. Sin embargo, una familia se negó a vender y, como venganza, los encerró en un muro para que su casa no se viera mientras él intentaba birdies. Además, les mandó la factura para que lo pagaran ellos –dicho lo cual, en España estamos siendo muy hipócritas llevándonos las manos a la cabeza con este tema del muro, porque hay que recordar, por si se les ha olvidado a algunos, que nosotros tenemos fantásticas alambradas en Ceuta y Melilla, con estupendas concertinas, sensores térmicos y demás elementos disuasorios.

Trump, en el centro de la imagen, durante la inauguración de su campo de golf en 2012 (Imagen: El Mundo).

Trump, en el centro de la imagen, durante la inauguración de su campo de golf en 2012 (Imagen: El Mundo).

Un hombre que actúa en sus negocios con ese talante mafioso, invasor, chulesco y dañino, puede perfectamente hacer lo mismo como político. El problema es que no es un político cualquiera, sino el máximo mandatario de la mayor potencia mundial. Así lo han decidido los ciudadanos de su país, que todo hay que decirlo, se vieron bastante limitados por la ausencia de alternativas en el bipartidista espectro político estadounidense y el desgaste mediático de la principal adversaria. En este sentido, desgraciadamente no tuvo razón mi amigo y tocayo Álber cuando me decía que cuando un candidato como Trump es tan detestado, la gente vota al otro sin pararse a pensar si está de acuerdo con su ideario programático.

Pero no nos engañemos, tampoco sé si Bernie Sanders le hubiera dado más batalla que Hillary Clinton, como aseguraba Pablo Iglesias en sus declaraciones tras la victoria del republicano. Creo que Trump se hubiese impuesto igualmente, porque el escenario le era totalmente propicio y sus partidarios se han hecho más fans suyos si cabe tras cada barrabasada que soltaba. El efecto contrario a lo que en teoría dictan las leyes de la razón.

Pese  a todo, Clinton tuvo más votos. Así que se puede decir que Trump gana las elecciones, pero no arrasa. Eso no es mucho consuelo, pero hay que tenerlo en cuenta para no meter a todo el pueblo estadounidense en el mismo saco, y para no caer en el error de las etiquetas. Eso sí, igual que digo esto, tampoco soy muy condescendiente con los que le han votado. He escuchado estos días cientos de análisis tratando de justificar a sus votantes, por ejemplo los de Pablo Iglesias y Alberto Garzón, tratando de comprender al ciudadano descontento, a la clase media empobrecida y demás colectivos maltratados por la situación económica de desigualdad que vive EEUU desde la crisis. También se tratan de entender las claves del triunfo trumpista en un interesante artículo que me pasó mi amiga Patri.

Trump celebra su victoria (Imagen: elproceso.com).

Trump celebra su victoria (Imagen: elproceso.com).

Aun admitiendo que tal explicación es cierta, no lo es menos decir que el que vota a Trump sabe a quién vota. Vota a un tipo que ha dicho que cuando eres una celebrity “te dejan hacer lo que quieras, agarrarlas del coño, lo que sea”, a un impresentable que comentó que a él no le gustaban “las mujeres cerdas gordas, perras, patanes y animales asquerosos”, a un fulano que ha asegurado que vetaría la entrada de los musulmanes a EEUU y devolvería a los refugiados sirios a su país, a un individuo que le dijo a su rival Hillary Clinton que era una asquerosa y que amenazó con meterla en la cárcel si era presidente, a un sujeto que aseveró que podría ponerse a disparar a gente en la Quinta Avenida y aun así, no perdería votos…

Por no hablar de algo que no ha sido apenas comentado y que a mí me preocupa casi tanto como su perfil de intolerante, xenófobo y virulento. Trump niega que exista un cambio climático, se burla de él, insulta a los que lo defienden y ha declarado abiertamente que no respetará los compromisos –tibios e insuficientes, pero en comparación con la situación anterior, un gran avance– alcanzados en la cumbre del clima de París.

Es decir, que nos enfrentamos a que la nación más poderosa del planeta dé pasos atrás (como si no hubiera dado bastantes en el pasado) y se ponga a escupir contaminación de forma masiva, a horadar la tierra con procedimientos de fracking y a dañar todavía más el medio ambiente. Y aunque algunos no lo quieran ver, este es el problema más grave que tiene el mundo a medio-largo plazo. Según el nuevo presidente electo, “se lo inventaron los chinos”.

Ese es el Trump de verdad. Quien se quiera creer su supuesta moderación porque le ayude a bostezar más reposadamente, está en su perfecto derecho. Es legítimo. Yo bostezaré igual que antes de Trump –un poco a empellones, algo nervioso– y miraré a la niebla de la misma forma, sin temor a encontrarme con su fantasma, pero tendré presente que esa vaporosa humedad podría algún día convertirse en humo procedente de deflagraciones.

Aunque también podría ser aquel efecto típico de las antiguas discotecas bakalatas o de los autos de choque. En esta coyuntura, todo es impredecible. ¿Alguien conoce a alguna mujer que se parezca a Lisa Simpson? Si es así, que la llame y la pida un favor en nombre de la humanidad, por favor. De mi parte, dígale que yo a cambio sólo le puedo dedicar alguno de mis escritos, entre tremendista, lírico y satírico, y un tour guiado por la Valladolid misteriosa de las nieblas. Que no es pequeña cosa.

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