Crónica de un escritor sin lustre

Hace un par de semanas vi una película hispano-argentina titulada El Ciudadano Ilustre, sobre la vida de un Premio Nobel de Literatura que decide regresar a su pueblo natal 40 años después de abandonarlo. Allí le preparan todo tipo de fastos y un recibimiento por todo lo alto, al menos oficialmente, y deciden nombrarlo “ciudadano ilustre”.

Daniel Mantovani, que así se llama el ficticio hombre de letras, comenta en varias ocasiones que él estuvo toda su vida tratando de escapar de la localidad que le vio nacer, pero que sus personajes se quedaron atrapados en ella. De hecho, toda su obra está basada en situaciones, personajes y características del pueblo.

En un momento dado, le preguntan si no tuvo ganas de volver en todos esos años. Y él responde algo muy interesante. “Quise regresar muchas veces, pero desde lejos, como si lo viera a través de una película”. Aclarar que el tal Mantovani es un tipo que vive de manera burguesa en una gran ciudad española y que se siente hipócritamente culpable por ello, por haber perdido el contacto con el pueblo, como él mismo reconoce en el discurso tras recibir el Nobel.

A mí me pasa algo bastante distinto, si bien hay ciertos paralelismos, además del obvio relativo a la profesión. Yo nunca he salido de mi pueblo, si bien en realidad es una capital de provincia, pero en más de una ocasión me hubiese gustado transmigrar, vulgo hacer que se me pirara el alma, y ver la ciudad desde un plano cenital, pudiendo hacer zoom de vez en cuando para ver y oír lo que se dice en los mentideros, sobre todo en los de mi barrio. Una especie de dron pucelano (preferentemente desarmado, por miedo a las tentaciones).

Pero como yo soy un escritor sin lustre que ni siquiera ganó el premio de narrativa que no se convocaba en mi colegio de curas, me veo obligado a vagar errabundo por las calles y el subsuelo de la villa por excelencia de España. Manuscrito partío, carta de presentación y propuesta editorial en ristre, me dispongo a visitar algunos lugares que todavía se dedican al honroso arte de publicar libros. Aunque sospecho que sin ninguna traza de heroísmo. Su mayor gesto épico consiste en solicitar presupuesto a Carlos Ruiz Zafón, Arturo Pérez Reverte o Matilde Asensi.

Pero esto yo, un escritor sin lustre y con los zapatos poco abrillantados este día de lluvia y barro en las aceras, no lo sé. Yo creo. Yo tengo más moral que el Alcoyano. Yo sé que he escrito una novela de la hostia, el proyecto profesional más importante de mi vida, mi obra cumbre, aquella que debería, si el mundo funcionara con lógica, encumbrarme a los altares del reconocimiento literario. Allí donde los mánagers, como diría Sabina, se acercasen como perros, y la vecina que jamás saludaba me diría que mi última obra la excita más que todo Camilo José Cela.

Planeo ponerme unos temas motivacionales de viaje en el Avant (aunque soy un escritor sin lustre, he decidido hoy tirar la casa por la ventana), pero es demasiado pronto y en mi reproductor de música sólo encuentro algo de Sidonie que me pegue con ese momento mañanero.

Desde que llego a la estación de trenes junto al barrio de Florentino Pérez –ave césar, me dan ganas de decir mientras miro las cuatro torres– me hago un propósito. No pienso dejarme llevar por el estrés de esta ciudad, como otras veces. Voy a ir a mi ritmo, como cuando la visitaba siendo adolescente e iba haciendo turismo, y me parecían muy divertidos todos aquellos cuerpos trajinando continuamente, entre sudorosos y hastiados.

Meto spoiler. No lo conseguiré.

Lo primero que hago es dirigirme a una editorial situada en el centro. Hay que aclarar que Madrid tiene varios centros. El histórico, que también fue el de los indignados, el centro de los señores con corbata, el centro de los obreros, el de los inmigrantes… Este sitio al que voy se encuentra un poco en medio de todos ellos.

La ciudad está gris, y no sólo por las nubes, pero mi primer viaje en metro es agradable. Este medio de transporte siempre me trae recuerdos y sensaciones de todo tipo. Es como un traje malo pero llamativo que adoro ponerme y que al final del día acabara encogiendo y apretándome. Pero de momento, va bien. Voy leyendo un artículo sobre el muay thay y no pasa nada del otro mundo.

Es un trayecto casi aburrido, plácido. Tras surgir a la superficie, le compro un café caliente a un hombre de etnia árabe que gimotea en las escaleras de la estación y que luego me pide comida con desesperación. Le respondo algo comprimido que otras personas seguro que estarán encantadas de hacerle el favor. A mí hoy sólo me toca lo del café, como si los indigentes fueran empresarios que pudiesen elegir las funciones de sus empleados contratados por minutos, el minijob llevado a su cénit.

La calle no está muy concurrida cuando me dirijo a mi primer destino, es la típica estampa del Madrid a media mañana algo aletargado, como la fiera que se toma su reposo necesario antes de bramar. Hay una fina pátina de lluvia que no supone mayor problema para mi paraguas de varillas rotas, apropiado para un escritor sin lustre.

La oficina es como uno puede imaginarse la oficina de una editorial situada en el centro intermedio de Madrid. Sobria, elegante, alfombrada, precedida de una puerta gruesa de madera, bañada por la típica luz de las hemerotecas donde los catedráticos o los estudiantes con vocación de magos investigan cosas.

La recepcionista es una mujer atractiva y simpática pero que tiene la suficiente contundencia suave y femenina como para no dejarme pasar más allá de sus pequeños dominios. Ella es la única persona con la que podré conversar y he de decir que lo haré con gusto. Incluso volveré antes de emerger al exterior para repreguntarle algún detalle insustancial que ella me aclarará con la misma actitud de persona competente y encantadora. Me saca demasiados años, así que me voy.

Inicio la segunda parte de mi trasiego, sin duda la más dura, aunque también la más importante. Me dirijo a un grupo editorial fuerte, potente, situado lejos de lo único que puedo considerar mi zona de confort madrileña, si bien es cierto que he venido tantas veces a esta ciudad que incluso alguien provinciano como yo se cree capaz de poder abarcarla de una forma bastante cándida. A Madrid nunca hay que subestimarla.

Ameniza la atmósfera ya algo recalentada del vagón un indígena sudamericano que toca el Sounds Of Silence de Simon & Garfunkel con un instrumento que descubro ahora mismo gracias a la Red de Redes que se llama capador, y es típico de Colombia. Sí, me refiero a ese conjunto de cañas de diferentes alturas unidas entre sí que todos hemos visto miles de veces pero al que no solemos poner nombre.

Nadie da dinero al tipo, que muestra un semblante de derrota anticipada ya a esas horas de la mañana. A mí me hubiera gustado hacerlo, pero no tengo ni un duro, que se decía antes del redondeo. Se lo digo con algo de postureo innecesario y le deseo buena suerte. Un madrileño de pro (en realidad, asimilado, porque ya se sabe que allí ninguno es realmente de Madrid) jamás habría hecho eso. Hasta en este detalle se nota que soy un escritor provinciano sin lustre.

A partir de aquí, inicio la parte más penosa de mi tarea. La lluvia comienza a arreciar de una forma peligrosamente intensa. Otro sudamericano (posiblemente también colombiano, por el acento), dueño de una cafetería orientada a servir cafés y pinchos de tortilla para los chavales de un instituto cercano, me indica de una manera extremadamente amable, incluso parándose a revisar google maps (algo que podría haber hecho yo en primer lugar si hubiese pensado de forma más lustrosa), qué pasos tengo que dar para llegar hasta el sitio. “Hay 15 minutitos no más, brother”, me señala. Sé que serán 25, pero no me importa.

No me importa, claro está, si no fuera porque se pone a jarrear de cojones, el camino está en cuesta y yo tengo que agarrar en una mano mi paraguas desvencijado y en la otra mi carpeta voluminosa. Los artículos para el aseo personal, los cuales necesitaré más tarde, los llevo en los bolsos de mi cazadora de cuero sintético que tiene más rotos de los deseados y abriga menos de lo que me gustaría.

Para completar el execrable conjunto de mi persona, mi novia me empieza a bombardear a whatsapps preguntándome qué tal me ha ido. Qué falsa eres, cariño. Cómo si no estuvieras deseando que fracasara para poder centrar mi carrera en la empresa de tu padre. Pero en el fondo la quiero, pese a que no sea la chica de mi vida y practiquemos sexo descafeinado, así que me desvivo en escribirla como un amante primerizo. Se me está a punto de caer el dispositivo en varias ocasiones, pero prefiero que sea la carpeta la que choque contra la pluvia asfáltica. Un escritor sin lustre sabe perfectamente lo primero que debe sacrificar.

Consigo llegar con agujetas físicas y visuales a un edificio gigante que parece un complejo de oficinas como las que posee el progenitor de mi pareja más que una editorial. Pero bueno, yo ya he dicho que a mí hoy no me impresiona ni el fantasma de Rita Barberá, así que intento penetrar a través de las fauces del armatoste.

Sin embargo, una garita castra mi impulso enhiesto. Una recepcionista mucho menos agraciada y bastante más seca que la de mi primera parada me conmina a quedarme quieto, congelado cual panorama político español. Tengo que dejar allí mis papeles con la tímida esperanza de no estar perdiéndolos.

Ella, la hosca, me asegura que no, que en ese sitio se lo leen todo todito todo. Lo mismo que les decíamos a nuestros profesores cuando hacíamos las recensiones de El Quijote o Tiempo de Silencio, pienso yo. Me dan ganas de soltarle una disquisición sobre la paradoja entre la cultura que abre la mente y las puertas que cierran a los que nos dedicamos a ella, pero no me apetece transmitir una imagen de perdedor que da la barrila. Soy un escritor sin lustre, pero mostraré aspecto de digno competidor hasta el final.

Bueno, he hecho lo que he podido, pienso con un semblante cómico de escritor sin lustre, mientras me tiro un selfie cual disparo a la sien y desconecto los datos móviles para que mi novia no continúe ametrallándome. Con el paraguas quedo muy otoñal y lúgubre, aunque también tengo un no sé qué satírico que me encanta.

El paisaje de este día en Madrid es sorprendente y tiene un preciosismo decadente y grisáceo que me fascina. Las hojas amarillentas se caen a mi paso veloces como las de mi novela ante la vista de esos editores sin rostro, sueño con optimismo. Paso junto a un parque con aspecto de bosque y me entretengo viendo su soledad pétrea de mediodía, con la lluvia que no da tregua y sus bancos de madera puestos como para foto de pintor impresionista. Me lío a lanzar fotos y hago un video con vocación de youtuber frustrado y cutre, donde suelto un poco la rabia con cierta gracia inefable.

Entra una señora con perro por las puertas herrumbrosas del tétrico parque y corto la grabación por miedo a que me tome por un psicópata en aquel cuadro de película de terror. En realidad, no me doy cuenta de que deteniendo bruscamente el artefacto y pronunciando el alto la palabra psicópata estoy acojonando aún más a la mujer que pasa presurosa como si se hubiese topado de frente con el mismísimo Cristóbal Montoro.

Al salir de esa foresta urbana, un señor con perro cacatúa me para, extrañado por el hecho de que esté tomando fotos de todos los árboles. “Me gustan los colores” (dan aspecto de vida caduca y deprimente, me dan ganas de decirle, pero no le jodo al tipo la impresión dicharachera que le dejan mis palabras en su sonrisa de hombre jubilado y bonachón). Creo que por aquel entonces ya estoy algo trastornado y me he imbuido del espíritu general.

Ratifico esta sensación tras beber un café en el que leo sobre una nazi de 29 años que está bastante buena. Entro nuevamente en el metro y las promesas que me hice recién llegado se quiebran como la tríada de mi amigo Sergi cuando era una promesa en ciernes y fue lesionado por Nano en la Massía. Penetro acelerado, sin sentido, con un atisbo de brutalidad violadora. Es casi hora punta y aquello empieza a llenarse de seres humanos que se hacinan en celdas autogestionadas.

En este desplazamiento, el último que tengo que realizar, debo hacer varios trasbordos y los hago casi al ritmo de los demás bultos, subiendo por la izquierda mientras la derecha se para, metáfora patria a la inversa. Aun así, no llego. Nunca llego. Lo peor es que hay gente que siempre llega, lo percibo, lo intuyo, porque los veo desde fuera a través de las ventanillas. Se nota en sus gestos que acaban de llegar, que lo han logrado.

Yo espero como un tonto el siguiente tren, que en esta salida de curros del noviembre madrileño por suerte llega pronto. Decido seguir leyendo para mantener la cordura. Todavía tengo que mantener una pizca de ella para rematar mi visita a las editoriales. La carpeta me pesa casi tanto como las piernas cuando me muevo con afán destructor por los pasillos underground, cual T-800 buscando a Sarah Connor.

Culmino mi labor sacando mi cara más comercial con la dueña de una pequeña librería bajo los soportales de una particular plaza empinada que se dedica a editar ensayos universitarios y libros para la lectura académica. La trato de convencer de que mi novela se puede convertir en un referente generacional, que es exactamente lo que pienso y lo que le hago creer a ella, pese a lo cual sé que se limitará a leer mi propuesta con interés, a recordarme como un chico que tal vez si la hubiera pillado con treinta años menos habría tenido un pase y a desearme en silencio buena fortuna y lustre.

Ahora sí, por fin, me puedo entregar a la locura, porque Madrid me ha atrapado una vez más en sus tentáculos de ciudad inhumana que al mismo tiempo encandila. Ahora sí, soy un jodido perturbado que tengo que correr para llegar a tiempo a mi próxima parada.

Me dirijo como un desquiciado en tiempos bélicos a refugiarme de nuevo en el búnker del transporte público y allí me fusiono con la masa informe de autómatas que avanzan por las galerías de Matrix para encontrarse con el Arquitecto, ya que el Oráculo se ha ido de vacaciones a Cuba. En mis cascos suena el álbum Ellos Dicen Mierda, Nosotros Amén, de La Polla Récords, y me da por guitarrear y cabecear como si estuviese dando un concierto. El paraguas y la carpeta donde guardo mi alma de escritor ilustrado sin lustre ya forman parte de mi cuerpo.

Paso la tarde redescubriendo la ciudad, recordando lo que para mí simboliza Madrid en un día frío de finales de noviembre. Enrocado en mi adolescencia, recupero sensaciones perdidas sobre esta ciudad. Rememoro que Madrid es un mercadillo improvisado de ropa y zapatos tras la pared que da a un andén. Madrid es sudar despojados de abrigo y sudadera más que con ellos puestos. Madrid son unas escaleras que surgen al doblar una esquina y te destrozan las rodillas, la galería de una nave espacial bajo tierra, el arte kitsch en el único rincón sin aprovechar.

Esta ciudad son personas que duermen mientras se desplazan, que cierran los ojos de pie y gritan al despertar. Es un conjunto de androides que no necesitan viajar al futuro para que les cambien la programación. Es atravesar tantas barreras que te olvidas en qué punto se encuentra la libertad. Es un acordeón aliviando la marabunta y las corrientes de aire sahariano que se escapan del techo. Madrid es Tirso de Molina, Sol, Gran Vía y Tribunal, aunque nunca sepa dónde queda la oficina a la que te he de ir a buscar.

La capital de España es comer frente al Bernabéu rodeado de rascacielos, amagos de parterres, tipos con corbata, mujeres con faldas negras, máscaras del mundo y algún que otro expresidente del Madrid. Es un africano con gorro y guantes raídos vendiéndote un suplemento solidario a la entrada de un centro comercial ya iluminado para la Navidad del año que viene.

Madrid es leer poesía en un café donde descubrí lo que eran las bellas artes. Es la chica a la que no le pude decir que el pantalón que se estaba probando no le hacía justicia. Es un autobús colapsado fracturando la Castellana en medio del crepúsculo. Es coger el metro ligero y hacer la compra en un Corte Inglés de extrarradio. Madrid son amigos que se exiliaron hace años y que me reciben entre conmiseración, morriña y una pincelada de admiración condescendiente.

Es la ciudad perfecta para un escritor sin lustre. Inspiradora, fascinante, odiosa, frenética. Pero yo, al igual que Daniel Mantovani, el escritor que fue nombrado ciudadano ilustre de su pueblo argentino, radico casi toda mi producción literaria en Valladolid, porque nunca he podido, y muchas veces tampoco he querido, escapar de ella.

Me despido ya entrada la noche de la ciudad que no me quiso refugiar hoy mientras la estación tiene un aspecto de soledad incomprensible, de gelidez esencial, aunque los compartimentos estén repletos de viajeros. Regreso tras una jornada de inciertos resultados, si bien tengo la ligera sospecha de que el partido está amañado de antemano. Sin embargo, no me afecta demasiado, porque yo sé que un escritor sin lustre puede componer una novela maravillosa y buscar remedo en los patrones de su propia alma.

Convoco a los dos artistas favoritos de mi abuelo, Carlos Gardel y Alberto Cortez. El uno me recuerda que siempre hay que volver, aunque sea con la frente marchita, y el otro me habla de que allende Galicia se puede entregar la vida a una nueva tierra. Me pregunto si allí acogerían a escritores sin lustre. Mientras tanto, pienso que él (mi abuelo, no el de Cortez) se sentiría orgulloso de mí si pudiera verme así, retornando a Pucela tras haber estado luchando en territorio hostil, en esa Madrid que tan diferente era en sus tiempos y que a él tanto le encantaba. Al menos, sé que me consideraría el escritor con más lustre de todos los tiempos.

Y mientras me percato de que he vuelto y abandono con la tranquilidad de un provinciano el tren en ultimísimo lugar y Valladolid me recibe fantasmal y con un chirimiri, pienso que de momento con eso me basta.

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