La generación de la nostalgia

Hace algunos años, nos gustaba identificarnos con los personajes de películas como Clerks, de Kevin Smith, inadaptados y que encontraban en la cultura pop su único refugio, aunque en realidad nosotros no teníamos tanto que ver con ellos, porque sentíamos que nuestra vida estaba más o menos solucionada. Coreábamos a Calamaro, prendidos a una botella vacía que antes siempre tuvo gusto a nada. Nos planteábamos que había algo que tener y que no muchos teníamos.

Éramos españoles que habíamos nacido y crecido ajenos a los problemas, envueltos en la rueda falsa del optimismo que traían la explosión de sol, obras faraónicas y botellón, ya fuera con cerveza en los chiringuitos o con litronas en los parques.

Puesto que sonaba sofisticado poner en tela de juicio esa cultura superflua dentro de cierto ámbito juvenil, nos tocaba criticarla y aparentar que buscábamos otras cosas, pero en realidad era una hipocresía bajo la que subyacía un afán irreverente pero ñoño; lo hacíamos de mentirijillas, pues nosotros desde niños nos habíamos aprovechado de esos pilares de gravilla, de esa estructura de adobe con apariencia de recio esqueleto, de contundente paradigma. Incluso participábamos de ella.

Nuestro ADN llevaba impreso el acervo familiar del consumismo feliz que dejaría tras de sí el polvo de la melancolía. Habíamos sido la España de las vacaciones de un mes en Benidorm, las excursiones de cuatro o cinco días en el puente de la Constitución y las salidas nocturnas en cada víspera de fiesta, viernes y sábado.

Habíamos soñado con ser los magos del balón y jugar en el equipo de Oliver y Benji, ser los niños de la tierra que acompañaban a Doraemon en la limpieza del planeta; combatir junto a las Sailor; éramos pequeños pero valientes, y no teníamos miedo de los malditos monstruos. Sólo nos aterraba de verdad saber quién mató a Laura Palmer.

La única emigración que conocimos fue la de Fievel hacia el nuevo mundo, las únicas luchas las del Street Fighter II o las de ‹‹te espero a la salida en la explanada››; contenido viral era el cromo más codiciado de una colección Panini y el modo multijugador estaba ubicado en las sillas con volante del Daytona USA.

Nuestro perreo preferido fue el baile de Carlton Banks del It´s not Unusual, el mayor éxito de electrolatino fue La Lambada y nuestra Malú fue Laura Pausini. Conocimos a Shakira cuando hacía buena música, antes de que fuese la mujer de Piqué. En vez de a Justin Bieber, nosotros tuvimos a Michael Jackson. Antes de David Guetta y de Avicii, existieron Sash y Gigi D´Agostino, pero fue DJ Marta la que entonces y siempre nos recordaría que lo que queríamos era irnos de fiesta.

Alejandro Sanz se pasó toda nuestra pubertad avisándonos de que siempre había una amiga nuestra que se iba con otro, mientras Manolo García nos enseñaba la magia de los Pájaros de Barro que podían volar.

Lo más parecido a Tu Cara Me Suena era ver a Bertin Osborne recordándonos que dentro de nosotros había una estrella y, si lo deseábamos, brillaría. Nos conformábamos con los chistes de Arguiñano y no necesitábamos ser Master Chefs. Para sorprendernos, nos bastaban las estupideces de Isabel Gemio y las apuestas de Ramón García, y aunque Constantino Romero nos decía continuamente que el tiempo era oro, Jordi Hurtado ya era eterno por aquel entonces. Todo lo que necesitábamos era amor.

Pertenecer a nuestra hornada significaba haber debatido con fervor sobre Sega y Nintendo, elegido los cuatro tonos grises de la Game Boy antes que el color de la Game Gear y cuidado a un Tamagotchi. Suponía haber sentido el placer culpable de ver dos veces ante la gran pantalla como Leonardo Di Caprio moría congelado.

Implicaba haber pasado de las barbies a Barbie Girl, adorado a las Spice Girls y a los Backstreet Boys a la luz o dentro del armario, y haber tratado de ver a través de las rayas codificadas de Canal + los viernes por la noche. Para exculparnos, siempre recurríamos al ‹‹¿He sido yo?›› de Steve Urkel.

Pedro Reyes, El Señor Barragán and cía nos habían enseñado el lema No Te Rías que Es Peor, hasta que llegó Chiquito de la Calzada y nos acusó de ser unos cobardes y unos pecadores de la pradera. Pero no nos importó demasiado. A fin de cuentas, la vida era una partida que se podía ganar al Juego de la Oca y siempre existía un Precio Justo para todo.

Fuimos niños sobreprotegidos con Martes y Trece, Vip Guay y Farmacia de Guardia de fondo, por mucho que Paco Lobatón nos amargara las cenas preguntándonos Quién Sabe Donde. Nos hicimos adolescentes con Cruz y Raya, Al Salir de Clase y Médico de Familia.

Operación Triunfo, Gran Hermano y Los Serrano no fueron el mejor ejemplo para aprender a ser jóvenes y nadie nos había enseñado a ser adultos.

Ya era demasiado tarde cuando Carlitos nos empezó a contar cómo pasó.

 

La generación de la pérdida.

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