No hay dos sin tres

Eso dice siempre mi abuela, y aunque yo no crea en este tipo de dichos, lemas y frases hechas, más que para ilustrar una situación y hacer buen uso del tópico de que un escritor se vale de todo lo que le interese para emborronar los papeles, hago de mi capa un sayo y remarco que efectivamente, he llegado al tercer año de vida como habitante de esta buhardilla virtual que nació un 20 de diciembre de 2013.

Así las cosas, a la chita callando, como sin querer, se han ido cubriendo parcelas emocionales de mi vida durante estos más de 1000 días en los que me he tratado de refugiar de las corrientes nocivas del mundo exterior para guardar un espacio propio, ajeno de toda influencia y libre de cualquier presión, aun siendo consciente de la dificultad que entraña tal empresa.

Modestamente, pienso que lo he ido consiguiendo, sino en un cien por cien, al menos en un porcentaje más que digno y satisfactorio. Eso ya es un mérito personal del que me siento orgulloso.

No obstante, como me gusta ser fiel a mí mismo incluso en una entrada parcialmente conclusiva como es esta, también debo ser sincero y reconocer que no todos son motivos de celebración.

He de reconocer que ha habido últimamente muchos menos espacios libres en esta alcoba virtual, algo lógico por el desgaste que trae consigo el paso del tiempo y la profusión de muebles que se produce durante los primeros meses de estancia en un nuevo espacio, algo que inevitablemente va en decadencia con posterioridad.

Digamos que después de las eyaculaciones iniciales, fluidas y abundantes, propias de la euforia, uno después se queda a mitad de camino entre el orgasmo fácil rutinario, al que se llega casi por inercia, y la eyaculación precoz, habitual del que quiere correr demasiado para cumplir con el expediente y se ve traicionado por los nervios. En cualquier caso, queda un poso de insatisfacción.

La motivación tampoco es la misma. Con el tiempo, uno tiene la extraña sensación de que se limita a poner elementos decorativos y no verdaderas piezas sustanciales que doten de personalidad al inmueble. No es que esos detalles de ornato sean inútiles, sobren ni resten belleza al conjunto, pero acaban generando en ocasiones una atmósfera de repetición y falta de variedad, como ese polvo que echan las parejas de toda la vida que, aunque lleno de cariño, carece de toda imaginación.

A esto han contribuido también otros factores. Sin duda el más importante ha tenido que ver con el hecho de que mi atención haya estado concentrada de una manera muy profusa en la finalización de mi tercera novela, Enmascarados por el Mundo, que confío en que verá la luz en 2017, bien sea a través de alguno de los sellos editoriales a cuya puerta estoy llamando, bien sea por medio de mi propia cabezonería y empeño, que a esto pocos me ganan.

Un proyecto tan importante como ése (no sólo desde el punto de vista profesional sino sobre todo vital y personal), en el que además me he vaciado como nunca y he dejado medio alma por el camino, con unas dosis de ambición como jamás había vertido durante mi carrera como escritor, sin duda resta mucha dedicación a otras cosas, y mi Buhardilla ha sido una especie de víctima indirecta de ello. No han crecido ni mucho menos las telarañas en ella, ni ha adolecido de falta de limpieza, pero es verdad que ha estado más descuidada desde un punto de vista inmaterial que en sus dos primeros años de existencia.

He de decir en mi defensa que desde hace bastante tiempo, pero muy especialmente este tercer año, he notado por parte del público lector, que aunque no legión, es fiel, consistente y entregado, además de mayoritariamente femenino (aprovecho para agradeceros vuestra constancia a la hora de leer mis vómitos emocionales, a veces meros desvaríos), un cierto cansancio hacia mis entradas más de fondo, de corte más periodístico y que llevan un trabajo detrás de estudio, documentación y sobre todo de sesudo análisis.

Es evidente que gustan menos, y produce más hastío leerlos por su extensión, si bien hay alegres excepciones, como Lección de Sueños en el Aula, que tuvo muchísimas visitas, dado que estaba compuesto por una entrevista al equipo de balonmano femenino más importante de Valladolid, mi ciudad (cada vez más presente en las entrañas de esta vivienda imaginaria, tal y como prometí cumplir desde que configuré la primera página).

Entre esa respuesta poco favorable y el tiempo que me restan (el ejemplo más claro es ¿Todos contra el Fuego?, un texto en el que trabajé muchísimo y que es posiblemente el más importante de este género de todos los que he escrito en este tercer año de vida de La Buhardilla de Álber), he optado claramente por reducir el número de artículos de esta guisa.

Ello ni mucho menos significa que vaya a dejar de hacerlos en el futuro próximo. Forma parte del compromiso social e informativo de esta estancia del ciberespacio, una de las razones más importantes de su creación original, y seguirá estando presente, siempre que encuentre acogida, aunque sea menor.

Bien sabe el que me conoce que yo siempre antepongo mis valores y mi propia manera de tratar las cosas al aplauso o el reconocimiento del respetable, aunque ello haya mermado considerablemente con los años mi vida social y sexual, que llego a ser la de un “líder arengador de masas”, parafraseando (con intención paródica) una de mis propias frases, presente en mi primera novela, “La Máscara del Mundo”, y con las que un grupo de viejas amigas solía identificarme.

No obstante, mi lado de escritor es a día de hoy muchísimo más palpable en la configuración de esta buhardilla, ha ganado terreno a mi vertiente reporteril de correveidile (jamás vocacional como sí sucede en el otro caso), y domina el talante de este cuartito online en el que me alojo desde hace tres años.

Precisamente, esas son las mejores noticias y el mayor motivo de celebración en esta onomástica. A la gente le gustan mis relatos de ficción, que han empezado a cobrar muchísimo protagonismo en los últimos meses, y alguno de ellos ha llegado a tener un número de visitas realmente sorprendente e inesperado. El que más La Chica de Mi Vida, que se lleva sin lugar a dudas el premio simbólico a la entrada más popular del año.

Sin embargo, y aunque la tengo bastante cariño, no es mi preferida, en esa eterna dicotomía que casi siempre se produce entre los gustos del público y los del artista. Si tuviera que elegir una entrada de las que he publicado en estos 365 últimos días, creo que me quedaría con Tu Década Prodigiosa, que tiene ese lirismo que últimamente no cultivo demasiado, pese a que voces cualificadas me lo reclaman con toda la razón y otras a las que considero especialmente se refieran a mí como poeta y no como prosista.

Sin perjuicio de ello, la razón primordial por la que elijo ese post y no otro es que lo escribí para una personita muy especial, una niña muy guapa a la que adoro y que representa ella por sí misma y con vocación colectiva un sentimiento que me salva la mayor parte de los días de la ruina emocional o cuanto menos de la soledad miserable en la que a veces se ve envuelto mi caminar.

Precisamente, son este tipo de cosas las que siguen dando sentido a mi residencia en esta Buhardilla, tres años después de mi mudanza a la misma. Poder canalizar emociones hacia las cosas y las personas importantes de mi vida, regalar mis palabras, ser capaz de decir las cosas que siento con el don de la oportunidad espacio-temporal, antes de que el primero se me quede demasiado reducido y el segundo a mis espaldas excesivamente amplio.

Espero que algún día estas frases que ordeno con acierto dispar según lo que me dictan mi corazón y mi cabeza sean recordadas por aquéllos que las generaron y dieron razón de ser, cuando tal vez yo sólo sea un montón de bits y mi legado sea el alma que me sobreviva.

Pero como decía Sabina, sin prisas, que a las misas de réquiem nunca fui aficionado. Además, a diferencia de él, a esta Buhardilla y a mí mismo nos quedan mucho para llegar a los cuarenta y diez. Si bien me resulta casi una quimera pensar en esa cifra (para la Buhardilla, supongo…).

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