Un tío en apuros

Un padre en apuros es una de mis películas favoritas de temática navideña, no sólo porque tenga gracia y a uno de los iconos de nuestra generación, Schwarzenegger, como protagonista, sino también por la crítica feroz que hace del consumismo en estas fechas, el cual muchas veces deriva en locura.

El otro día una de mis primas me pasó un video en el que se realizaba un experimento sociológico en el que se trataba de demostrar que la gente pensamos habitualmente en regalos materiales innecesarios e incluso caros y que exceden de nuestras posibilidades cuando nos dan libertad para soñar, dándole la razón a esa campaña de la lotería, publicitariamente impecable y de filosofía detestable pero cierta, “No tenemos sueños baratos”.

Sin embargo, en este test se acaba comprobando que el único regalo importante es el tiempo que compartas con la otra persona, porque no se sabe cuánto va a durar a tu lado.

Bien, aun estando de acuerdo con todo eso, y siendo evidente que en esta época el derroche más repugnante, la orgía de las compras caprichosas y el desvarío del bullicio, la aglomeración y la jungla urbana toman claramente el control y relegan a otros valores humanos que supuestamente son intrínsecos a esta tradición de fin de año y con los que teóricamente todos nos identificamos aunque no los propugnemos, en esta Nochebuena de 2016 he decidido romper por un momento con el discurso que mis seguidores pueden esperar de mí en una entrada de esta guisa.

Hoy voy a defender toda esa mierda, a decir que ir a la caza del juguete imposible, del regalo agotado o rarísimo, tiene su encanto. Patearte la ciudad de arriba abajo en búsqueda de un libro para tu sobrina de diez años que efectivamente quiere que pases tiempo con ella pero que sobre todo lo que quiere es leer las tonterías, trucos, consejos, complejos que somatizan, paranoias y vergüenzas de una tween según una escritora de la Generación X, puede ser una experiencia apasionante.

Ir de tiendita en tiendita, con la fascinación que encierran las librerías regentadas por una figura tradicional y en peligro de extinción como es un librero (dueño, jefe, trabajador y especialista, todo a un tiempo) y que te diga que no tiene el condenado diario de la cría impopular, sino el de otras, es la hostia

Conversar con esa persona en los días previos a Navidad; departir con él sobre sus expectativas de venta, sobre las horas punta del negocio y sobre la amenaza cada vez menos terrible del libro digital; escucharle que habría existido la posibilidad de que el dichoso texto infantil-juvenil por cuya disponibilidad serías capaz de rogar hasta por que el niño Jesús se convirtiera en Belcebú pudiese haber estado en tus manos de no haber acudido justo tres días antes de Nochebuena (porque podrían haberlo pedido para ti a ese grupo editorial que probablemente despreciará tu nueva novela de altos vuelos literarios y en la que has puesto el alma durante ocho años); todo eso, combinado, remezclado y remixeado, es la rehostia.

No hay nada comparable a estar paseando con prisas y agobios por calles que hace mil años que no recorres, cerca de la Facultad donde quisiste en otra vida ser alguien justo, con un ojo en el reloj y el otro en el puto Whatsapp porque estás pendiente de que te confirmen otro regalo, el portátil cargado y cargándote los lumbares, y en la mano opuesta al móvil la guitarra con la que piensas impresionar esta Navidad a amigos, familiares, niños, adolescentes y adultos.

Observar los escaparates que emboban por su belleza, ponerte en el MP4 canciones navideñas modernas y villancicos tradicionales para ambientar el momento en el que este ambiente fastuoso y de campanillas te ha hipnotizado. Eres un esclavo más del espíritu consumista navideño, y aunque casi no llegas a tu trabajo y lo hace empapado en sudor, te sientes bien, alegre, activo. Eres casi un producto más de exposición, podrías venderte a esa chica a la que dedicarás el Last Christmas de Wham! en tus sueños y tu vida paralela.

Pero en el fondo, tras esa fachada de sin sentido generado arbitrariamente por el calendario y la sociedad, sabes que hay algo más que dota de significado a lo que estás haciendo y que transforma ese aparente materialismo en un acto de generosidad, incluso de amor. Ves en tu cabeza la imagen de esa niña, su sonrisa al abrir el envoltorio de la pequeña librería siempre en crisis donde encontraste su libro, y eso te reconforta y reconcilia con la puta sociedad de consumo navideña.

Ella todavía piensa que un anciano gordo con gorro rojo estilo Rusia comunista descafeinada capaz de reducir su obesidad para tratar de entrar en la chimenea es el responsable del milagro de su libro de entretenimiento probablemente lleno de estereotipos y poco educativo.

Pero algún día sabrá que fuiste tú, y aunque ella no lo recuerde, tú te encargarás de relatarle tu odisea para conseguir ese insignificante producto que tal vez la deje huella o sea fugaz y se vaya con un mal viento cuando acabe Navidad, como dice la canción Sombras de Otro Tiempo de Ana Belén. O tal vez lo lea en la entrada de un blog de la antiquísima web 2.0. en plena era de la realidad virtual, y entonces será consciente de que una vez, unos días ante de que llegara Navidad, fue la persona más importante para alguien.

La que hizo que su tío cuyo interior sólo se parecía a la vestimenta de Papá Noel en el color se volviera sagrado devoto del Jingle Bells urbano y les cantara a unos cuantos niños a los que intentaba enseñar inglés que Santa Claus is coming to town.

Feliz Navidad para todos y todas. Besos castos y puros, y para que la lascivia no os juegue una mala pasada, comed mucho turrón de chocolate Suchard. Es la mejor forma de contenerla.

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