Lo que les pido a mis tres Reyes

Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:

Sé que es condenadamente tarde para escribiros y que está demora no la igualan ni los tribunales españoles, pero hasta este momento no he tenido claro qué pediros.

Llevo semanas y días dando vueltas, luchando conmigo mismo, balanceándome entre la obligación moral de ser oneroso en mis peticiones y mi anhelo de ser egoísta y materialista como un cura del Medievo.

Como estaba cansado de tanto duelo encarnizado sin que la contienda se resolviera, y dado que mi Yo siempre ha dimitido cuando se trataba de mediar entre mi Ello y mi Superyó, dejando que se pegaran de hostias como unos divorciados con hijos, he decidido separarme de ambos y obrar mi propia lista de requerimientos para vosotros, majestades orientales que reináis en España y no en Oriente Medio, aunque allí haríais más falta.

Por lo tanto, no voy a pedir por la paz en el mundo, por que se acabe el hambre o por que los cabrones que pegan y/o matan a las mujeres acaben en una celda de las que describía Orwell en 1984. No obstante, tampoco me voy a dar al vicio y pedir lujos como un piso de cincuenta metros cuadrados en una barriada suburbial, un trabajo indefinido con el mismo salario garantizado todos los meses o que un sello editorial modesto pero serio publique mi nueva novela “Enmascarados por el Mundo”.

Por una vez en mi vida, voy a dejar que rija el mesotes, que hable mi moderador entre la norma y el deseo, y entregarme a las emociones, algo que se me da igual de bien que bailar claqué.

A ti, Melchor, que te imagino con el aspecto de uno de los mejores escritores y actores que han existido en la historia de España, Fernando Fernán Gómez, ese abuelo gruñón que todos los niños deseábamos que nos mandara a la mierda a cambio de enseñarnos algo de su sabiduría castiza, te pido una caricia furtiva, un roce inesperado, el contacto con un cuerpo que no me imagino, una sonrisa única dirigida a mí. Una historia sórdida, indecente y llena de complicidad más allá de las paredes del entendimiento, un amor cálido envuelto por el ocaso de un otoño eterno que anuncie para siempre su final.

A ti, Gaspar, que para mí no puedes tener otro rostro que el del mejor artista que jamás ha dado la música popular, John Lennon, a finales de los sesenta, cuando era capaz de cruzar Abbey Road con sus tres viejos colegas y de pedir por el final de la guerra de Vietnam junto a su amor japonés, te ruego anarquía y pasión para mis actos, imaginación y creatividad en lo que haga y diga, sinceridad que no desdeñe la justicia, libertad que no acabe entre rejas, coherencia que no signifique el destierro. Dejar huella en esta tierra de malditos aunque sólo sea entre un pequeño grupo de benditos. Soportar el secuestro cultural, salir adelante y romper obstáculos, vencer la tasa del amargado y el gravamen del rencoroso. Saltar los obstáculos de los ignorantes y ganar la carrera de la permanencia a través del arte.

Por último, a ti, Baltasar, que siempre fuiste mi preferido, y que debido a ello sin ninguna duda eres Michael Jordan por el color de tu piel, porque eres el más mago de los tres y lo más parecido a Dios hecho hombre que ha habido nunca, te solicito con la presteza de los románticos y la ilusión de los perdidos, que me entregues la ofrenda de hechizar a los demás con el carisma de los elegidos y la sencillez encantadora de los genios arrinconados. Saber tirar de arrogancia cuando el mundo se ponga torvo y hostil, de elegancia cuando me miren de soslayo y de la inocencia de los pequeños jugones cuando la solución sea la más simple y baste con echar mano de la calidad humana innata.

Pero sobre todo, os pido algo común a los tres. Ya que cada uno sois o fuisteis ganadores a vuestra manera, me gustaría dejar de follarme al fracaso y hacerle el amor al triunfo. Acostarme esta noche de sortilegios, engaños infantiles, controles policiales y luces de supermercado arropado por la victoria del mañana.

Sí, lo reconozco. Incluso yo me he cansado de perder. Yo también quiero reinar, como vosotros.

 

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