Patrimonio privado de la ciudad

Se trata de una cuestión que afecta a todas las ciudades, pero son dos noticias recientes relativas a mi ciudad los que me hacen reflexionar una vez más sobre un tema que ya he expuesto en otras ocasiones en esta buhardilla.

Me refiero a la desaparición de la cafetería El Molinero y la inminente del bar La Luna (de no ser que un milagro lo evite). Dos lugares de ocio muy diferentes entre sí (el primero, un sitio clásico frecuentado principalmente por personas de negocios y gente de avanzada edad, el segundo un cafetín de corte alternativo, favorito de la gente de izquierdas, siempre muy asociado a la música rock y otros estilos alejados del mainstream) pero que tienen algo en común.

Exterior de la cafetería El Molinero. (Imagen: Tribuna Valladolid).

Exterior de la cafetería El Molinero. (Imagen: Tribuna Valladolid).

Los dos son referentes de la idiosincrasia de la ciudad, establecimientos obligatorios en el mapa de la hostelería pucelana durante años. Ambos han sido escenario durante mucho tiempo de tertulias, charlas, discusiones, tratos comerciales en el caso de El Molinero y conversaciones sobre el concierto de turno que se celebrase en La Luna o cuyas entradas se vendieran tras el característico zócalo de madera.

Interior del bar La Luna. (Imagen: Vallisoletvm).

Interior del bar La Luna. (Imagen: Vallisoletvm).

Siguiendo la teoría mayoritariamente extendida, y que no distingue de ideología, se trata de negocios privados, por tanto caducos y condenados a la desaparición. La única incógnita radica en la fecha de su defunción. Nada tiene que ver el Ayuntamiento, como Administración Pública más cercana, porque no se trata de patrimonio público ni está protegido por su singularidad monumental, artística, cultural o de otro tipo.

Abro aquí un paréntesis para comentar que en el caso del edificio que alberga el bar La Luna, tal falta de protección resulte desconcertante y en mi opinión vergonzosa, puesto que esa construcción es el único vestigio que queda en la Plaza Cruz Verde de su apariencia clásica. Es un inmueble de dos plantas de estilo castellano, con tejado a dos aguas, prácticamente único en todo el municipio, que atesora más de 100 años de historia.

Además, ni siquiera pesa un expediente de ruina sobre él, simplemente el Ayuntamiento ha autorizado a los propietarios (la constructora Zarzuela, con lo cual la jugada es evidente) a demolerlo. En este supuesto, no se ha aplicado el artículo 107.1.a) de la Ley 5/1999, de Urbanismo de Castilla y León (que señala que se podrá declarar la ruina de un inmueble no monumental cuando las obras de rehabilitación superen la mitad del valor de reposición a nuevo del mismo), aunque seguramente con el tiempo se habría llegado a esa conclusión.

Por lo tanto, se les concede a los dueños mano ancha para levantar otro edificio que nada tendrá que ver con el actual y terminará de borrar toda huella de cómo algunos conocimos La Cruz Verde, antes de que el gobierno del PP hace unos años y ahora el tripartito de izquierdas comandado por el PSOE, y formado también por Valladolid Toma la Palabra y Valladolid Sí Se puede, permitieran su destrozo.

Con esto, no sólo se legitima una situación que perjudica en mi opinión la estética y el encanto de la plaza, y que no debería ser legal si las instituciones públicas se hubieran preocupado de proteger la singularidad de la finca, sino que además se vulneran injustamente los intereses de tres arrendatarios de buena fe (el citado bar La Luna, la cafetería Marbella y la tienda de bolsos y complementos Ibiza Piel).

Los pequeños autónomos que regentan estos tres negocios van ser expulsados a traición por la ley, pese a cumplir con todas sus obligaciones legales. Ni siquiera se les avisó del futuro derribo, sino que la noticia llegó a sus oídos por medio de los periodistas que cubrieron la noticia, los cuales a su vez la habían leído en el Boletín Oficial del Ayuntamiento. Por sorprendente que parezca, esto tampoco vulnera la legalidad, lo cual habla por sí mismo de la calidad y justicia de la legislación sobre urbanismo en Castilla y León.

El 107.2 de la norma anteriormente citada sí establece la obligación de informar y escuchar en audiencia previa a los ocupantes del inmueble si se tramita un expediente de ruina, pero como he comentado, el edificio no se encuentra en esa tesitura y se trata de una licencia de demolición solicitada a instancias de los dueños.

La Plaza Cruz Verde, con el edificio que alberga el bar la Luna, la cafetería Marbella y la tienda Ibiza Piel al fondo. (Imagen: El Norte de Castilla).

La Plaza Cruz Verde, con el edificio que alberga el bar la Luna, la cafetería Marbella y la tienda Ibiza Piel al fondo. (Imagen: El Norte de Castilla).

Cierro este importante paréntesis (que me daría para otro artículo) y me centro de nuevo en las sociedades jurídicas privadas que se extinguen y pasan a formar parte del polvo de la nostalgia de las ciudades. Como he señalado, aparentemente, nada hay que reprochar a la Administración, porque su función en ningún caso es salvar negocios, por muy emblemáticos que sean. Así de frías, injustas y crueles son las cosas.

El Teatro Lope de Vega de Valladolid. (Imagen: Portal Viajar).

El Teatro Lope de Vega de Valladolid. (Imagen: Portal Viajar).

Lo mismo ocurre con los cines e incluso con algunos teatros, si bien en este último caso sí existe una mayor tradición de catalogar su actividad como protegida. No obstante, en la práctica sirve de poco. Véase el ejemplo del Lope de Vega de Valladolid, abandonado por las instituciones e ignorado por todos los promotores culturales privados.

Ha habido conversaciones entre Ayuntamiento, Junta de Castilla y León y Banco Ceiss para tratar de impulsar un nuevo proyecto que lo reabra, pero de momento no se ha materializado.  El emblemático coliseo (el más antiguo de la ciudad pucelana) se ha convertido en un fantasma visible que languidece ante la vista de los pucelanos.

Pero por mucho que esta actitud de las instituciones sea compatible con la fría lógica de las cosas, yo me resisto a pensar que sea la manera correcta de afrontar este tipo de situaciones. No creo que toda actividad privada sea susceptible de morir en un futuro más o menos cercano, bien porque cambie de manos y los nuevos dueños decidan cambiar de tercio, bien porque los antiguos echen la persiana por falta de ingresos (el caso del Molinero) o  bien porque el edificio en el que está alojado sea deliberadamente descuidado por sus titulares  hasta lograr su derribo legal para satisfacer sus intereses especulativos (caso del bar La Luna).

Pienso que los ayuntamientos deberían tener cierta responsabilidad de mantener determinados negocios que están tan integrados en el tejido emocional y humano de la ciudad que su extinción implica a su vez la pérdida de un trocito de alma del municipio. Los ciudadanos pierden algo más que la posibilidad de tomarse un café o una cerveza en un ambiente específico. Se esfuma la posibilidad de perpetuar el acervo emocional de la ciudad, esa raigambre que une varias generaciones entre sí, que da sentido y cohesión a la colectividad urbana.

Creo que cuando se pone el candado de forma definitiva en la puerta de un local histórico, se elimina la posibilidad de que los niños de ahora puedan contar a sus nietos que ese sitio al que les llevarán era a su vez el favorito de sus abuelos y que allí vivieron grandes tardes, resguardados del frío de enero, esperando que la cabalgata de los Reyes Magos pasara por la calle María de Molina.

Se cercena el bonito pasaje futuro que reunirá a una madre nativa digital de pasado hippy con su hija ultrapunk de la generación de la guerra tecnológica en un día soleado de julio, sentadas en la misma terraza de la Cruz Verde donde aquélla conoció al padre de la segunda, un poeta de tendencias anarquistas del que se divorció vía whatsapp hace tiempo, mientras suena de fondo un tema reggae.

Deberíamos empezar a cambiar el concepto de lo que abarca la esfera en la que los poderes públicos pueden actuar en este sentido. Está muy bien proteger el patrimonio público y sobre todo el que goza de especial consideración por la normativa, pero pienso que nos queda un gran trecho que recorrer en cuanto a la estimación del privado.

Puede que no tenga ningún valor material en sí mismo considerado (en el caso de la finca que alberga al bar La Luna, sí lo tiene, al menos en opinión de mucha gente, entre los cuales obviamente no están las instituciones ni la constructora propietaria), pero lo tiene desde el punto de vista social, cultural o emocional.

No me gusta ver cómo desaparecen negocios históricos que daban lustre a la ciudad, como ocurrió con el centenario Café España, que además tenía un componente musical importantísimo y programaba ciclos de conciertos con estilos de música muy diversos y poco habituales en la ciudad, desde el jazz hasta el tango, pasando por el flamenco.

Interior del clausurado Café España. (Imagen: notedetengas.es).

Interior del clausurado Café España. (Imagen: notedetengas.es).

En este caso, además el Ayuntamiento, en su momento gobernado por el PP, fue bastante nocivo, aplicando radicalmente la normativa demencial de la Junta sobre espectáculos y condenando prácticamente al cierre al legendario establecimiento de Fuente Dorada. Ahí sigue el local con la trampa echada y el rótulo del viejo café, esperando un milagro que no llega.

Lo que no sucederá ya nunca jamás será poder ver una proyección en el Cine Roxy, que era el más antiguo de Valladolid y de toda Castilla y León, y que, como ya comenté en su día en uno de los artículos más clásicos y leídos de esta Buhardilla, fue desmantelado por una venta atroz al Casino, perpetrada por el supuesto cinéfilo Enrique Cerezo. Para colmo, hubo intermediación y ayuda del Ayuntamiento, en este caso con el visto bueno de todos los grupos políticos, que consintieron la aniquilación de 75 años de cultura, sirviéndoselos en bandeja al mejor postor.

Fachada del desaparecido cine Roxy. (Imagen: El Norte de Castilla).

Fachada del desaparecido cine Roxy. (Imagen: El Norte de Castilla).

Ahora, El Molinero sigue el mismo camino tres años después, como si en este período hubiese sufrido una depresión por la pérdida de su cinematógrafo vecino durante tantas décadas.

Está claro que el Ayuntamiento nada puede hacer para lograr que una sociedad mercantil privada cuadre sus cuentas, ni se puede poner a gestionar una cafetería, porque excedería con creces lo que la inmensa mayoría de la gente entiende que han de ser las atribuciones de la Administración (lo cual también considero que podría ser debatible en casos singulares, establecimientos muy importantes en la historia de la ciudad como éste, pero asumo que nadie comparte esta visión).

Sin embargo, creo que sí debería hacer un esfuerzo para tratar de que determinados lugares de encuentro míticos como El Molinero pervivan, haciendo una labor de mediación entre el propietario del local y posibles nuevos interesados en continuar con la misma labor comercial, manteniendo el espíritu, aun acometiendo las lógicas reformas.

Por su parte, el bar La Luna observa impotente como no puede hacer nada para detener la demolición de un edificio antiquísimo, dejado de la mano de Dios por sus propietarios privados. No me consta que el Ayuntamiento, con este equipo de gobierno o con el anterior, haya hecho absolutamente nada en lo referente al apercibimiento  a sus propietarios, la constructora Zarzuela, para que lo rehabilitaran. Tampoco sé si hubiera servido de mucho al no estar catalogado, como antes dije (algo que me resulta incomprensible), pues estos últimos habrían hecho caso omiso, ya que salen obviamente beneficiados tirando la casa abajo y levantando otra.

Exterior del bar La Luna. (Imagen: Vallisoletvm).

Exterior del bar La Luna. (Imagen: Vallisoletvm).

Siguiendo esta última hipótesis, se habría abierto la opción de que el Ayuntamiento ejecutara forzosamente las obras (artículo 106 de la anteriormente mencionada Ley de Urbanismo), sancionando a su vez a los sujetos responsables por desobediencia, incumplimiento del deber de conservación y poner en riesgo de ruina el inmueble. Pero me temo que este tipo de medidas tendrían muy mala prensa en los tiempos del libre mercado, más si las lleva a cabo un tripartito de izquierdas como el que hay ahora en el consistorio pucelano.

Fuera como fuese, pese a que los supuestos son bien distintos, el resultado es el mismo. Ya sea por voluntad propia de poner el punto y final al negocio o porque su propietario se vea imposibilitado para seguir por circunstancias ajenas, el triste desenlace es idéntico.

Se traduce en la extinción de los principales símbolos de la ciudad, que nos han acompañado durante muchos años, esos sitios a los que piensas en llevar a un turista que tiene interés en algo más que ver la fachada conocida o comercial de la ciudad cuando te pregunta “cuáles son los lugares típicos de por aquí”. Y entonces comienzas a contarle la intrahistoria, la tuya y la nuestra.

Es muy lamentable saber que algún día también desaparecerán el Penicilino, el Cafetín del Largo Adiós, el Café del Norte o los cines Casablanca, por solo citar algunos de los lugares que aúnan tradición, ocio, gastronomía y cultura.

Por el momento, ninguna formación política ha propuesto, que yo sepa, otra cosa diferente en este campo. En general, la tendencia en España es respetar el espíritu del ordenamiento jurídico español, que sacraliza la propiedad privada y permite a la propiedad hacer prácticamente lo que le dé la real gana, especular a sus anchas con sus derechos reales y despreciar cualquier tipo de interés público. Ya no digamos si éste encima es romántico y emocional, como sucede en los casos que he comentado.

Todo lo que digo no pasa de ser una posición filosófica que muy pocos mantienen. La política, que por desgracia no mira absolutamente nada a la filosofía, va por otro lado. O mucho cambia la mentalidad en este sentido, o dentro de unos cuantos años no reconoceremos de la ciudad nada más que su piel, algunos de sus huesos y los pulmones verdes. Pero el corazón será muy diferente, y el alma sólo pervivirá en los recuerdos de cada uno.

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2 respuestas a Patrimonio privado de la ciudad

  1. Yo antes fui cliente dijo:

    Quizás el problema del molinero haya sido también el hecho de que clientes de toda la vida hayan dejado de acudir tras el indecente trato que han recibido en estos últimos años por parte de algunas de las nuevas camareras.

    • alber4 dijo:

      Está claro que habrá habido muchos factores que expliquen el cierre, pero eso no quita para que sea una auténtica pena. Gracias por la aportación. ¡Saludos!

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