Yo no soy un pingüino (una crónica de Robustiano Iglesias)

Fue el fin de semana anterior a este en que me dirijo a ustedes, por suerte vivo tras haber estao con un pie fuera y el otro en la reserva. El lucero del alba me pilló todavía arropao entre mantas, to´ engalanao de sudor, con las fiebres subiéndome por el espinazo hasta el pecho y la respiración con más jadeos que un amortajao en vida.

El día anterior había podío sacar al rebaño a triscar por la pradera que hay junto a mi terruño, perdío en el interior de esta Castilla aún más vieja que yo, pero esa madrugá mal avenía no me veía capaz de levantarme del catre. Afuera seguía cayendo la pelona, un rocío como en los tiempos en que yo era mozo y mi añorada Servanda y yo nos abrazábamos pa´ darnos lumbre.

No es la primera vez en estos años de aislamiento en mi finca sólo rodeada de naturaleza en que me asaltan estos males y se me clavan como espadachines con mala baba. Siempre los he superao con nota de colegial empollón. Pero les juro a ustedes que esta vez me creía morir. Será la edad, que ni a mí me perdona, será este año condenao que no tengo muy claro qué número lleva, pero no me extrañaría que fuese el del mismísimo demonio.

Me debí quedar traspuesto otra vez contra la mañana porque lo siguiente que recuerdo, aparte del balido de las ovejas, ajenas de mí por primera vez en muchos lustros (¡las pobrecitas, lacrimosas y mustias como un cura sin misal!), fue ese pitido demoniaco pero al mismo tiempo encantador que tan familiar me resulta.

El automóvil de mis adorados chiquillos debía estar plantao frente a mi sembrao como una mata deforme y mal avenía. No quería que me viesen de esa guisa. No podía permitirlo. Así que me levanté raudo como un conejo saliendo de la madriguera y, sin cambiarme de taparrabos ni de muda general, cubriéndome apenas con el abrigo de felpa que fue de mi señor padre antes que mío y un trapo de paño a modo de bufanda, salí a recibirles, sintiendo el estómago con náuseas, la cabeza con vértigo, dando más traspiés que un beodo y con una tiritona como si tuviese el epicentro ese de un terremoto en las entrañas.

Lo primero que noté fue mi huerto cubierto de escarcha como si el manto blanquecino del mismísimo paraíso hubiese caído sobre estos campos dejaos de la mano de Dios. Lo segundo, a mis muchachos, más enjutos y magros que la última vez, aunque ella con su habitual sonrisa de atontar y no volver. Los dos moqueaban cosa fina, y él incluso se permitió el lujo de soltar un gargajo de color caca.

-No seas guarro – le reprochó ella.

-Lo siento, Robustiano, es que tenemos un trancazo…

-A usted sin embargo se le ve igual de sano que siempre, y eso que vive aquí en mitad de la nada…  –apuntó la chiquilla.

-La gente de ahora, que no tenemos la fortaleza de ustedes. Nos viene un poco de frío y caemos como moscas –completó él.

Yo sonreí como un globo tonto inflado de agasajos. Podría haber ido de frente, haberles dicho que me encontraba como una vaca estrujada hasta la última gota, con los intestinos roíos como si tuviera la carcoma por dentro… Pero no, Robustiano Iglesias, este que suscribe, se hizo el machote ante sus dos nietecitos no de sangre y, vestido con no más que la hombría y la estupidez, inicié mi particular periplo hacia los infiernos, un purgatorio que me estaba bien merecío por tener la cabeza como un yunque y el ego como una patata madura.

Me subí sin decir nada al automóvil satánico, que me parecía que sonaba como un cascajo más que otras veces, y una vez más, por quinta vez en estos últimos tiempos, salimos de camino a mi querida capital, dejando atrás mi hogar, mi sembrao, los prados que lo rodean y unos cuantos peazos arrancaos a mi salud.

–¿Qué me lleváis a ver hoy, hijos? –pregunté con la voz blanda como un melindro.

–Una concentración muy chula de motos –Supuse que la muchacha se refería a lo que en mis tiempos llamábamos motocicletas–. Viene gente de toda Europa. Le va a encantar, ya verá. Nosotros vamos todos los años.

–Sí, y que por culpa de unos y de otros, hemos estado a punto de perder –matizó el muchacho, siempre con su afán de meter la puya.

–Es verdad. Esta edición es muy especial porque la gente tiene muchas ganas después de dos años, ¿sabe usted, Robustiano?

–Yo tenía un amigo en la mili, el Fulgencio, al que todos llamábamos el Brum Brum porque tenía un cachivache de esos. A mí ni fu ni fa, hijos, pero si es pa´ ayudaros a vuestro trabajo, ya sabéis que lo que sea.

Me quedé tan fatigao de hablar quince segundos seguíos que casi ni oí lo que decía la chica después de que la profesión suya de correveidile estaba cada día peor y que ahora hacían reportajes por su cuenta pa´ no sé qué de una red y unos yutours, que me supuse tenía que ver algo con esa cosa del turismo.

Estuve to´l viaje mirando a  uno y otro lao de la carretera la blancura de los campos, como si los ángeles se hubiesen meao en ellos, y que Dios me perdone, que más bien parecían mismísimas alfombras de perlas. Lucía un manolo con más dudas que San Pedro, y es que ya lo dice el refrán, que por estos lares, en sol de invierno, cojera de perro y lágrimas de mujer no hay que creer, aunque a esto último yo he de decir que mi Servanda lloraba poco, y cuando lo hacía, era como una bendita deshecha de pena.

Lo primero a lo que eché el ojo al llegar a la capital fue a la cantidad de artefactos a cuatro ruedas que caminaban lento o a tirones, como mastodontes estreñíos. Estaba la cosa del tráfico mala, o algo así dijo el chiquillo mientras blasfemaba. Yo me sentía como unas natillas pasadas de fecha, pero seguía sin decir na´.

Al cabo de un rato, paramos en un cruce cerca del Paseo del insigne Don José y por allí comenzaron a desfilar una cantidá de pelaje variao sobre los ciclomotores, llevando banderines y adornos de toda clase que a mí me creció el mareo como le crece a mi perro pastor el miembro cuando ve a la perra en celo del Eustaquio, el tabernero del pueblo de al lao, que se pasa a visitarme de higos a brevas, a echarse unos tragos de vino y de paso a mangarme unos rábanos de esos que cultivo y que por los que se pirra la lagarta de su mujer, que la Servanda en vida ni verla podía.

Fuimos andando, yo más bien dando los pasos del penitente ante el cadalso. Estaba todo repleto de cabezas, pequeñas, grandes y medianas, como si fuera la marabunta, y en esto que mis muchachos se pararon bruscamente antes de cruzar de acera pa´ esperar a que pasaran en procesión los fulanos de las motocicletas. Yo me encontraba tan malito que no estaba pa´ sandeces, así que, ni corto ni perezoso, intenté atravesar aquella jauría, provocando un gran escándalo de pitos, sirenas y voces que me doblaron el cerebelo.

–¡Robustiano, pero qué hace! ¡Pare, que le van a matar! –me berreó dulcemente la zagala.

–¡Que se paren ellos, leñe, que yo estoy chocho y voy a pata! –bramé con la escasa energía que me quedaba.

Después de este chusco incidente, llegamos hasta la plaza del gran poeta de la capital, al que saludé retirándome la boina de la testa con una mezcla de respeto, pena y vergüenza por que me viera en semejante estao de cadáver defenestrao. Poco imaginaba yo que mi penuria no había hecho más que empezar.

De repente, un estallido súbito, como si el propio Belcebú hubiera subido con su tridente, echando lava por la boca y pedos por santa la parte, y se hubiese personado ahí en medio de la Acera del Generalísimo, junto al majestuoso Campo Grande, me hizo llevarme la cabeza a las sienes. Al principio, pensé que era mi mal, que estaba arrebatándome la razón y doblegándome las pocas entendederas que tengo. Pero pronto descubrí que era otra cosa la causante de ese guirigay terrorífico.

Una muchedumbre a la que no se veía fin inundaba la Acera y se dedicaba a girar los mandos de los artefactos del Maligno, una y otra vez, llenando el aire de detonaciones estruendosas. ¡Y lo estaban haciendo sobre el asfalto de la Acera que lleva el nombre del Caudillo! Por una vez en mi vida, y que Dios me perdone, deseé que aparecieran los grises y, sin armar mucha bulla ni causar moretones, disolvieran a aquella chusma enfervorizada.

Les pedí encarecidamente a los muchachos que nos alejáramos de ese petardeo inhumano, y aunque tuve que chillar varias veces (o al menos eso intenté pero la debilidad me impidió soltar más que un hilo cavernoso y moribundo de voz), me complacieron, esta vez sin risitas, realmente alarmados por mi alteración, lo cual me enterneció.

–Le ha dado a usted un ataque de pánico, Robustiano. Es normal, demasiada impresión. La culpa es nuestra –comentó la chica una vez que estuvimos fuera de la jauría.

¡Qué ataque de pánico ni que niño muerto! ¡Un ataque de chalaos fuera de sí era aquello!, pensaba yo para mí si expresarlo, porque me encontraba en las últimas.

Después de esto, fuimos a un tugurio donde nos sirvieron un rancho más escaso que el que tenía el ejército de la República en la Guerra, lo cual me hizo acordarme como siempre del bastardo de Franco y su racionamiento para con el pueblo. No dije nada porque sé que los muchachos andan mal de posibles y además yo tenía el estómago comprimío por las fiebres.

–Pero Robustiano, si casi no ha probado la comida… ¡Con el apetito que tiene siempre usted! – se percató el mozalbete.

–Ya ves, hijo, es que con tanta bomba se me ha cerrao el buche. Será que se m´a venío a la cabeza la batalla ´el Ebro y me ha entrao una angustia de esas.

–Ya sé lo que necesita usted para quitarse de penas y amarguras. Ver una película que han estrenado y que le va a encantar porque es parecida a los musicales que se hacían en su época.

–¿Yo ir a un cinematógrafo a mi edad? Ay, no sé, hija…

En el fondo, tenía más ganas que un zorro de comerse a to´ las gallinas del corral, porque yo hacía muchos años que no iba a ver una sesión en pantalla magnífica, y además así estaría en calor unas horas y tal vez se me quitaría la friura que me estaba congelando el esqueleto. Con un poco de suerte, pensé, Franco con la edad se habría ablandado también con eso de la censura y dejaba que se vieran muchachas en cueros y cosas así.

Efectivamente alguna gachí ligera de ropa aparecía en la proyección que me llevaron a ver mis adorados chiquillos, pero lo que me subió los calores en realidad fue la película. ¡Qué preciosidad! ¡Qué canciones, qué bailes, qué fotografías, qué colores! Y sobre todo, qué historia tan bonita y al mismo tiempo triste.

Acabé llorando a moco tendido, con eso se lo digo todo a ustedes, y eso que a mí de jovenzuelo me decía la Servanda, a la que tuve presente durante toda la función (¡cómo la hubiera gustao aquella obrita!) que era más bien tirando a burro y que tenía la dureza de los cuernos de un cabrón (les aseguro que esto iba sin segundas, que la Servanda era pura y santa como las ninfas).

Y, como me había asegurado la muchacha, quitando detalles de la modernidad como los teléfonos esos movibles o como se llamen, los automóviles de líneas más bien amariconás y alguna pieza de música un poco ruidosa, parecía una cinta de las de mis tiempos, con su romance, sus baladas, sus pasos de danza, sus paseos con el ocaso, a la luz de la luna y junto al río… En fin, que la vean ustedes, leches, que pa´ una cosa buena de viejos que tienen…

Pero este momento fue una calma chicha en medio del temporal. Cayó la noche en esa capital traicionera, de bajadas inesperadas del mercurio y azotes del Príncipe de las Tinieblas, y se puso a hacer un rasca de padre y muy señor mío. Y mis males volvieron a recorrerme la sangre y a llevarse el poco calor que me había entrao en la sala del cinematógrafo.

Nos fuimos a los alrededores de la Plaza y allí, casi difuminaos y con un montón de cuerpos humanos tapándome la visión, vi a los interfectos de las motocicletas llevando unos fuegos que les hacía parecer ángeles venidos del mismísimo Averno, y aquello parecía una marcha de Semana Santa pero más tenebrosa, como si ya me hubiese ido al otro barrio y me estuvieran recibiendo todas las horripilancias al servicio del Diablo.

Para colmo, los chicos se empeñaron en llevarme a una acampá lejos del centro, donde estaban reuníos to´ los chalupas de las jarlis y otros nombres raros, montando un follón que hubiera hecho las delicias de Franco y sus matarifes si el Caudillo por suerte no se hubiese transformao un viejo compasivo que permite hasta que haya alcaldes socialistas.

Aunque estaba perdiendo el sentío poco a poco, entre el ruido, el viento helao y las fiebres, con los músculos que no les sentía, los pies con cangrena y la napia amoratá, me dio tiempo a ver a unos individuos haciendo ruido con unos instrumentos que, según parecía, estaban patrocinaos por el tabaco Celtas. Pero cuando el calvo que cantaba estaba berreando algo que había pasao el 20 de abril de no sé qué año, me entró un vahído.

Luego, ya no recuerdo na´ más. Solo una sirena que sonaba como debe de sonar la señal de entrada por la puerta de atrás del Más Allá y a mi muchachita toa compungía palpándome la frente y diciendo “este hombre se nos va, está ardiendo”, y yo pensando que si era en compañía de cosa tan tierna y bonita, no había yo hecho tan mal al mundo y tal vez el paraíso me esperaba a la vuelta de la siguiente curva.

Pero no. Este que les habla, Robustiano Iglesias, tiene la resistencia de un macho ibérico y ha superao muchos temporales, reveses de la vida y cabreos de la madre naturaleza. No se me tumba así como así, aunque tengo que reconocer que esta vez los he llegao a tener de corbata.

Recuperé el entendimiento en una sala de espera muy moderna pero donde se hacinaban como animales, igual que en tiempos antiguos, todas las gentes con toses, palideces y gestos mustios. “Aunque Franco se haya vuelto un poco nenuco, hay cosas que no cambian, y el pueblo enfermo y pobre está aquí arremolinao como si fuera ganao”. Recuerdo que el chico dijo muy enojao algo de que había epidemia pero no suficientes médicos, y entonces yo me alarmé.

–Yo no quiero saber nada de doctores.

–Robustiano, tiene usted muchísima fiebre y a saber cuántos días lleva en este estado.

–No me fío de los matasanos. Son todos la misma calaña, te ponen pastillas pa´ adormecerte y la mayoría son unos rufianes. Mirad si no al malcarao ese que tuvisteis de alcalde, que se ponía la bata blanca pa´ mirar las partes nobles de las señoras.

–Le tiene que ver un médico, Robustiano. No se hable más –sentenció ella (y cualquiera la decía que no… Me recordó a la Servanda en su juventud).

Así que me examinaron un matasanos y una enfermera que era vieja y tenía cara de sabueso, y me dijeron que tenía el virus de la gripe, y que necesitaba estar descansao y sin salir unos días. Eran lo menos las cinco ´la mañana cuando salimos de allí y yo me sentía tan débil y tan derrengao que me quedé dormido en el coche de los muchachos y debí roncar como un asno.

Esta última semana la he pasao en la casa de la muchacha, que para mí sorpresa no vive con el muchacho (me han explicao que no les dan los cuartos pa´ vivir juntos y no sé qué de que necesitan su espacio en el noviazgo y gaitas de las que no entendí ni papa), sino con sus señores padres, a los cuales me ha dao mucha vergüenza presentarme y más que me vieran como un saco ´estiercol, pero mi chiquilla se ha puesto tan pesá que no ha habío forma de decirla que no.

La madre de la muchacha es muy amable y guapa como ella, y su señor padre es algo serio, tiene la mueca así como de ser de la capital, pero también es un hombre formal y educado. Todos m´an tratao muy bien, y mi chiquillo se ha pasao muchas veces a visitarme. Afuera, hacía un frío que pelaba según me contaban (pero no como en mis tiempos mozos, cuando llegué a ver el Pisuerga helao varias veces).

Oía mucho el transistor, aunque los chicos, como siempre, no me dejaban escuchar ninguna noticia de la política ni na´ relacionao. Siempre me quieren ocultar cosas pa´ protegerme, y aunque me revienta, en el fondo se lo agradezco.

Una de las cosas que más he hecho estos días ha sío ver películas en un televisor muy moderno y plano y nuevo que tiene la moza en su habitación. Ella misma me ha puesto películas que sabía que me iban a gustar, y muchas eran con música y baile, y me ponían tontorrón. Pero la que más sentimental me dejó fue una de monigotes tan bien dibujaos que parecían reales y que tenía un título mu´ raro en inglés de unos animalicos que vivían en el Polo (de los cuales cogían su nombre los insensatos de los ciclomotores) y cantaban, y uno muy pequeñito bailaba claqué.

Y entonces pensé en la suerte que tenían esas criaturas de Dios, en un sitio tan alejao, sin más ruidos que la música, a salvo de los rugidos y estallidos de los aparatos de Lucifer, de las cosas de la ciudad y soportando toas las olas de frío polar que les echen encima en pelota picá, sin tener que ir a que les atiendan en las urgencias esas con más gente que en las trincheras.

¡Qué pena que yo no sea uno de ellos!

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