Cuando éramos viejos…

Hace unas semanas Quique Peinado escribió un artículo para la revista Papel de El Mundo en el cual aseguraba que su edad ya era sinónimo de persona mayor y no joven.

Utilizaba como recurso nostálgico algunos acontecimientos deportivos míticos que había presenciado durante su vida, acaecidos antes de que un importante porcentaje de la población española y en concreto de los deportistas profesionales en activo nacieran. Venía a concluir que, dado que las personas de su edad ya eran viejas para la práctica del deporte de élite, él también se sentía ya viejo. El artículo se hizo muy viral y podría haberse titulado perfectamente “Cuando éramos jóvenes…”.

No te conozco, Quique, y tengo que decirte que me gusta cómo escribes, más que por la calidad de tus textos de opinión por la emoción y honestidad que sueles imprimir en ellos, pero no sabes la alegría que me produce poder hoy escribir la réplica a tu columna. Desde luego que no se hará viral ni popular, pero a mí me basta con poder hacerlo. Me colma de satisfacción, casi de felicidad, porque aunque yo tenga unos cuantos años menos que tú también tenía uso de razón cuando pasaron todos los eventos históricos que relatabas.

Hay veces, muy pocas veces, en las que la vida se inventa un cuento de hadas y quiebra por completo las reglas establecidas. Lo que parece que va a ocurrir por lógica pura y dura no sucede, y además ocurre lo contrario. El Open de Australia 2017 de tenis, que acaba de finalizar, ha sido la historia perfecta de la hostia al paso del tiempo. De la contradicción de las normas casi inflexibles de la existencia relativas al transcurso implacable de los años.

Serena Williams, que cumplirá 36 años en septiembre del año que viene, y su hermana Venus, que en breve tendrá los mismos años que Quique Peinado (37), jugaron la final femenina del torneo. Serena, que por cierto mañana volverá a ser oficialmente número uno del mundo, es decir, la mejor tenista del planeta pese a su avanzada edad, ganó su vigésimo tercer Grand Slam (que, para los poco duchos en tenis, es como se llama a los cuatro campeonatos más importantes del circuito, Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open), quedándose a solo uno del récord absoluto de Margaret Court.

Venus y Serena Williams, en el Open de Australia 2017. (Imagen: Pop Sugar).

Venus y Serena Williams, en el Open de Australia 2017. (Imagen: Pop Sugar).

Que mi admiración por Serena es tremenda no es un secreto, pues ya la dediqué un artículo hace año y medio en esta Buhardilla, pero lo que ha hecho su hermana Venus me parece aún más extraordinario. Ella, que fue la que abrió el camino a la dinastía Williams, llevaba ocho años sin acudir a un último partido de Grand Slam, hace mucho tiempo que no está entre las mejores tenistas del mundo ni en cuanto a ranking ni en cuanto a resultados, padeció los efectos de una enfermedad conocida como Síndrome de Sjogren hace tres años que la impedía incluso entrenar…

En definitiva, nadie daba un duro por ella. Nadie pensaba que pudiera ser finalista, o incluso llegar a las últimas rondas del primer major de la temporada. Pero lo hizo. Y plantó cara a su hermana en la final, aunque acabó derrotada. Su hermana Serena, que además de ser posiblemente la mejor jugadora de la historia, ha compartido con la propia Venus Williams una dictadura tenística que dura ya dos décadas.

Hacía ocho años que no jugaban una final juntas, y habían pasado catorce años desde que lo hicieron en Australia. Hace 18 años, en 1999, las dos hermanas estadounidenses (que por cierto proceden de un ambiente muy humilde y violento, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los jugadores de este deporte, lo cual da más mérito a sus logros) disputaron su primer enfrentamiento por un título profesional, en Miami.

Algunas jugadoras del circuito ni siquiera habían nacido. Otras muchas no sabían ni hablar. La mayoría no había comenzado la Educación Primaria. Todas, sin excepción, las han visto ganar por la tele, deseando algún día ser como ellas.

Ahora, son derrotadas. Jugadoras de 20, 25 o 28 años siguen perdiendo contra unas “viejas”, y en muchos casos arrasadas, sobre todo por Serena. Las Williams fagocitan generaciones de tenistas. Y Serena avisó en su discurso tras el triunfo de que la queda cuerda para rato. A este paso, no sería extraño pensar que empiece a ganar finales de torneos a jugadoras a las que dobla en edad, o incluso superando ese margen.

Venus y Serena Williams, en 1998. (Imagen: WTA).

Venus y Serena Williams, en 1998. (Imagen: WTA).

Por si todo esto fuera poco inusual en el deporte de élite, la oponente de Serena Williams en la semifinal fue Mirjana Lucic-Baroni, de 34 años, que estuvo nueve años retirada del circuito por problemas personales y familiares gravísimos y que ha sufrido lesiones importantes. Una historia de superación tremenda que merecería otro artículo y que completa perfectamente la esencia vintage y épica de este Abierto de Australia en categoría femenina.

Pero los hados se han conjurado de una manera especialmente extraordinaria durante estas últimas dos semanas en Melbourne, y el torneo masculino ha vivido una experiencia similar, deteniendo el tiempo y las rotativas, haciendo que los titulares periodísticos de antaño se repitieran y convirtieran en inmortales, obligando a los expertos a volver a abrir los archivos donde se refleja la historia del deporte.

Nadal contra Federer, Federer contra Nadal, el duelo tenístico y tal vez deportivo (al menos en modalidades deportivas individuales) más grande de todos los tiempos. Dos leyendas de nuevo frente a frente, provocando la lágrima de más de uno sólo por el hecho de verlos ahí de nuevo, derrotando uno tras otro a rivales que les superaban en juventud, en ranking y teóricamente en estado de forma.

Dos tipos a los que casi todo el mundo daba por acabados para la práctica tenística del más alto nivel hace sólo un par de meses. En el caso de Nadal, prematuramente, debido a sus recurrentes problemas físicos y a los años de desgaste, mucho mayores que en el caso de otros jugadores, lo cual hace que su edad (30 años) sea en realidad muy superior. En el caso de Federer, sí, por edad, pues el mago suizo es de la misma quinta que Serena. El 81, un año glorioso para el tenis, porque vio nacer a los dos mejores de todos los tiempos.

Roger Federer besa el trofeo de ganador de Australia 2017, ante la mirada de Rafa Nadal. (Imagen: La Nación).

Roger Federer besa el trofeo de ganador de Australia 2017, ante la mirada de Rafa Nadal. (Imagen: La Nación).

De hecho, como ambos han explicado una vez que pasaron a la última y definitiva ronda del major australiano, ellos mismos no daban un duro por regresar a este nivel, al lugar que les pertenece por derecho propio, y menos en este campeonato. Lo estuvieron hablando cuando Rafa Nadal inauguró su Academia en Mallorca y Roger Federer fue el invitado especial. Viéndose lesionados, cascados, achacosos, en definitiva, viejos, ni siquiera ellos tenían fe en su propia resurrección…

Me imagino la escena entre viejos amigos casi retirados y me emociono. El guión de una película sobre renacimientos, resurgimiento de los campeones de sus cenizas, un Rocky que cambia el ring por las pistas de tenis, no podría haber estado mejor escrito de lo que lo ha hecho la propia realidad. Su reencuentro posterior en la cumbre cobra todavía más magia, más peso específico en la antología del deporte.

Ojalá Rafa hubiese ganado, porque es el ídolo de la mayoría de los españoles y, como dice mi hermano, la demostración perfecta de que este país, pese a su desastre congénito, aún tiene cura y todavía es capaz de reinventarse. De superarse, de luchar contra las adversidades, de volver una y otra vez y levantarse cuando se cae o le tiran, de devolver a base de sacrificio, fuerza mental, humildad y ambición los reveses y los saques a doscientos y pico kilómetros por hora que a esta nación le dan los indeseables e incompetentes que la gobiernan en la luz y en la sombra, y su propia sociedad enferma.

Pero esta vez ni siquiera el guerrero de Manacor fue capaz de derrotar a Roger, que lo mereció tanto como él y acabó llevándose el gato al agua por jugar mejor en los momentos claves de otro partido de raquetazos imborrables, de otra oda al tenis como muchas que han protagonizado los dos y de las que se nos había privado desde hace demasiados años.

Han pasado siete desde el famoso “Rafa, you are killing me!” entre lágrimas de Federer en el mismo escenario de la Rod Laver Arena y uno más desde que se citaron con la épica en el atardecer de la hierba londinense, que dejó paso a una ceremonia de entrega de trofeos entre la penumbra y el aparente ocaso de un campeón ante el empuje de otro.

Han trascurrido doce desde su primer enfrentamiento en un Grand Slam (en Roland Garros 2005) y trece desde el primer encuentro, cuando Rafa era un jugador precoz que prometía grandes alegrías al mundo del tenis y Roger acababa de desbancar a Andy Roddick como número 1 del mundo y era ya considerado como el gran rey del tenis mundial después de haber ganado el año anterior sus dos primeros Grand Slams.

Rafa Nadal y Roger Federer, en su primer enfrentamiento en Miami 2004. (Imagen. La Soga Revista Cultural).

Rafa Nadal y Roger Federer, en su primer enfrentamiento en Miami 2004. (Imagen. La Soga Revista Cultural).

A lo largo de esta década y un tercio de otra ha habido muchas batallas, la mayor parte de ellas largas y con igualdad, y casi siempre en esos casos con Rafa Nadal como vencedor. En este Open de Australia inolvidable, los dos viejos enemigos sobre la pista y amigos fuera de ella han alargado un poco más su bonita antología, desafiando todos los pronósticos y dando un buen mandoble en la mentalidad de aquéllos que sólo juzgan y etiquetan a las personas por lo que dice su DNI. Especialmente el “anciano” para el deporte de élite Roger Federer, que ha demostrado que, si se encuentra bien físicamente, sigue siendo casi imbatible.

Por ellos, por Rafa, por Venus, por Serena y por Roger, a uno le sigue entusiasmando el deporte, porque a veces no obedece a lo esperable, porque en ocasiones nos hace soñar con que todo es posible, incluso pequeños milagros personales en los que contribuyen el deseo de victoria, la calidad y la capacidad de romper barreras a partes iguales.

Por ellos, Quique Peinado, pese a que tu artículo tenía razón en cierta medida, se equivocaba en lo esencial. Porque los “viejos” de treinta y muchos o los algo más jóvenes pero machacados físicamente, pueden seguir triunfando. Por eso, termino de forma parecida a como él concluía su texto, pero con una variación fundamental. No os retiréis nunca, porque seguiréis siendo los mejores, da igual la edad que tengáis. Sois la hostia.

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