Una amiga

A mi novia nunca le ha gustado que tuviese amigas. De hecho, cuando la conocí me impuso como condición que dejase de hablarme con las que tenía. Yo intenté explicarle que el concepto “hablarse” ya no significaba lo mismo que en los tiempos de sus abuelos y los míos, pero ella, que siempre fue un poco yaya, rechazó mi objeción como rechaza el trigo el organismo de un celiaco. Lo hizo con una extraña tristeza contundente, sin necesidad siquiera de regurgitarme las palabras a la faz, limitándose a despreciarlas con la elegancia castellana que siempre la ha caracterizado.

Sin embargo, en el fondo sabía que yo jamás la haría caso en una cosa como aquélla. Principalmente, porque mi natural talante me impide obedecer a la gente, incluso a la persona amada. Y, si por un casual lo hago, resulta contraproducente, pues se me crea una bola de bilis en el estómago que genera a la larga un aliento fétido a mi espíritu y me provoca ventosidades en el alma.

Mi novia, que siempre ha sido una amante de los buenos olores y se compra el perfume en el Mercadona, asegurando que la marca blanca supera al original, no soportaba tal característica pútrida en mi humor, así que decidió ceder relativamente.

Su nueva cláusula antiamigas era menos estricta, pero me advirtió muy seria que ésta sí era de obligado cumplimiento. Se me facultaba a mantener amistad con féminas conocidas como mínimo con dos años de antelación al inicio de nuestro noviazgo, pero no con las demás.

El no respetar esta estipulación por mi parte implicaría o bien la rescisión de la relación sentimental, o aún peor, aceptar la presencia de sus viejos amigos solteros en casa todos los fines de semana. Tal cosa habría sido horrible, no porque me provocase celos en ningún sentido, sino porque la mayor parte de ellos eran abogados, y yo sinceramente no soporto a los hombres que ejercen dicha profesión. Tal vez se debe a que en el pasado fui uno de ellos.

No obstante, yo vi desde el principio que este nuevo pacto me brindaba una oportunidad inmejorable. Siempre he considerado que ese gran ardid llamado Derecho puede doblarse con la misma facilidad con que se dobla una sábana de hospital y que su contenido es interpretable de forma amplia y siempre en favor del reo o de la víctima, y ambas condiciones coincidían en este caso en mi persona.

Eso me llevó a considerar que la nueva condición preceptuada por mi compañera sentimental no decía nada de nuevas amigas, al menos de forma expresa –y lo tácito está muy infravalorado en estos tiempos 2.0.

Así que en los años venideros fueron surgiendo, de manera esporádica la mayor parte de las veces, y con constancia irregular cual menstruación de una premenopaúsica en las menos ocasiones, determinadas amistades con chicas sin pareja a la vista. Algunas de ellas veían en mí un potencial infiel con trazos de bohemio irredento, otras un ángel de la guarda para su evidente insania transitoria y más de una un desahogo fugaz para su período entreguerras conyugales. Muy pocas tenían vocación de verdadera amistad, muy pocas se han mantenido.

Conocí a una de estas raras excepciones cuando realizaba un trabajo de comercial en plena calle (un empleo precario antes de que los medios hablaran de precariedad laboral). La hablé para darle mi información, habida cuenta de que su figura me atrajo ya de lejos, y confieso que durante esa época yo casi siempre me transmutaba en el madrileño que trata de parar un taxi en las zonas de fiesta nocturna, con éxito dispar.

Ella sí acepto mis servicios de charlatán y decidió pararse. Además de confirmar que efectivamente pasaba con creces la nota de corte para acceder a la Universidad de mis gustos físicos, descubrí inmediatamente que era simpática, lo cual siempre ha sido para mí mucho más relevante que lo primero.

Dado que por aquel entonces se me daba infinitamente mejor entablar relaciones que vender productos (razón por la cual encadenaba trabajos como úlceras en la boca), ella no quiso comprarme nada más que un café conmigo en un establecimiento colindante, uno de esos del viejo Valladolid que se encargaron de destrozar las instituciones, la policía y los propios habitantes de la ciudad. Había música en directo, olía a bollería, café y desayunos tranquilos y el mobiliario no daba la apariencia de haber sido fabricado para venderse en Ikea.

Allí tuvimos nuestro primer encuentro, nuestro acercamiento preliminar, que nada tuvo de sexual, si bien hubo ciertas comprobaciones, pues cuando se consigue una nueva amistad resulta necesario y pertinente testear ese tipo de cosas. Recuerdo que fue un rato agradable, rodeados de espejos que nos pusieron un poco las almas de través, y confesé menos cosas que ella pero más de las que me habría gustado.

Aun así, después de que nos despidiéramos en mi viejo coche que ya era clásico pese a no haber cumplido los años legales para ostentar tal título, no tuve la sensación de que aquello fuera a perdurar.

Nos dimos un beso sobrepasando levemente el límite de lo permitido en una capital de provincias, ella se desnudó sentimentalmente mientras yo daba vueltas a la posibilidad de hacerlo literalmente por si el escándalo sustituía a la evidente falta de química física, y nos encomendamos al incierto tiempo de la felicidad al tiempo que sonaba Ella Baila Sola, aquel fantástico dúo noventero tan ninguneado últimamente por la inexistente cultura musical española.

Sin embargo, han ido transcurriendo los años y mi amiga sigue aquí. Durante este tiempo no demasiado largo pero sí extenso, nos hemos tomado la amistad a pequeños sorbitos, como a ella le gusta beber, cocinando a fuego lento con paciencia para alcanzar el punto perfecto de ebullición. Esa reducción en el nivel de intensidad nos ha venido bien, aunque ella siempre quiso girar la ruleta, fiel a su carácter pasional e impetuoso. En ese hervor pausado que yo traté de guiar, mi amiga siempre ha puesto ingredientes de admiración dentro de la sartén de nuestra apetencia común.

Creo que yo no siempre he estado a la altura de ese cariño tan poco meditado, fruto de un frenesí que yo la he generado por mi manera de ser tan depurada de cara al exterior como llena de mierda de puertas para adentro. Necesitaba verme como una especie de hermano mayor, de consejero cualificado para sus idas y venidas por los terrenos escabrosos de esa carretera puta que llaman amor a la que le gusta irse a la cama por los atajos más polvorientos.

Hacer de copiloto por esas superficies traicioneras no se me da mal. Conducir es otra cosa, pero de eso ya hace mucho tiempo, porque mi coche sufre bastante en pendiente, incluso en cuarta. Y mi novia siempre lo ha detestado, así que solemos viajar en su flamante Audi.

He sorteado con mi amiga repechos a veces creados por su propio cerebro. Ella no siempre habría sabido moverse de forma habilidosa por ahí de no haber sido porque mi torpeza sofisticada le ha ayudado a ver el otro lado del valle, ese en el que se anuncian orgasmos de tranquilidad si uno profundiza un poquito más hacia las partes estrechas del río.

Ella siempre ha valorado eso de mí, mi capacidad para contemplar el arroyo manso y beber de él sin miedo ni pudor, aunque a veces sea exceso de generosidad malsana y retraiga la propia eyaculación de mis inquietudes. Y siempre he tenido demasiadas distracciones, aunque en el fondo supiera que eran potenciales gatillazos que algún día me dejarían los sentimientos flácidos y pendientes como colgajos.

Pero ella se ha mantenido paciente, incluso sabiendo que había otras amigas que la precedían por la antigüedad, por la tradición, por el pasado, por los fantasmas. Por mi obsesivo afán de retener y no soltar a la cara la lefa de todos mis reproches. Al final, muchas de ellas no han hecho honor a mi persuasión de mantenerlas en mi vida a salvo de las restricciones contractuales establecidas por mi pareja.

Algunas se marcharon y el contacto se deterioró. Otras se quedaron pero en realidad se fueron mucho más lejos. Todas enfermaron, la mayoría de amor burgués, igual que yo. Tuvieron sus propios pactos de convivencia sentimental que excluyeron casi totalmente mi presencia en sus vidas, y tengo la lamentable impresión de que no pusieron tanto ahínco como yo por preservar su situación jurídico-emocional anterior.

La mayor parte de mis viejas amigas apenas me habla o lo hace de Navidad en cumpleaños, en este último caso siempre que no estén en la playa con sus chicos, grandes y pequeños. Sólo con unas pocas mantengo algo parecido a lo de antes, pero incluso en esos casos existe un terrible aroma a decadencia.

A veces mi novia me saca el tema porque sabe que me duele enormemente. No obstante, en el fondo soy yo quien me rio por dentro, pues no ignoro que es ella quien peor lo pasa al hacer conjeturas sobre cuántas de ellas tuvieron sexo conmigo y, avergonzadas, decidieron alejarme en cuanto apareció su fulano de referencia, aquel a quien, como al médico de cabecera, sólo se le pueden ocultar las cosas que luego se le narran al especialista. A mí apenas me han dejado seguir siendo un médico rural en tiempos de recortes.

Pero con mi amiga de los platos preparados con el fogón adormecido las cosas no han sido así. Ella ha continuado ahí con la misma frecuencia y, a base de insistir, los pequeños momentos se han transformado en una gran historia.

En algún momento, su vuelo alto de mirada baja se juntó con mis altas miras en aviones low cost. Nos reunimos en un tren de cercanías, apegados a la tierra, y confluimos en algún punto intermedio de la desértica llanura que ambos tenemos en medio del corazón. Puedo decir que he llegado a quererla con una mezcla de emoción y razón que nunca sentí hacia el resto de mis amigas, con las que siempre hubo un componente de fanatismo manchado por la libido. A ella, por el contrario, la quiero sin ambages, de manera fraternal.

Incluso mi novia, a la que no me quedo más remedio que presentársela hace un tiempo cuando nos cruzamos por la calle, ha aceptado a regañadientes su presencia en mi vida. Y no ha cumplido (por el momento) su amenaza de ejecutar la cláusula de incumplimiento de nuestro acuerdo. Supongo que incluso ella, que tiene por afición poner lindes a los terrenos de libre paso, se ha dado cuenta de que ella no constituía una presa de valor para su cacería en cotos privados.

Así han pasado los años, unos cuantos ya, y mi amiga y yo nos contamos los lunares de la cara y las heridas que no se ven, mientras tratamos de taparnos las cicatrices. Así seguirán pasando muchos más, estoy seguro, porque siempre nos reuniremos en el punto exacto de la cocción. Allí donde se cocinan los platos cuyo sabor se graba en el paladar para siempre. Ella no es mi mejor amiga, sino algo mucho más importante. Es una amiga. Una de verdad.

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