El epitafio del pasado

Siento una mezcla extraña de fascinación, admiración y lástima por la gente que es capaz de coger la pala y cavar hasta meter su pasado en lo más hondo de sus conciencias. No es poca, ni mucha, pero la hay. Conozco a varias personas que lo han hecho con energía formidable y tal vez ciertas dosis de autoengaño, aunque esto último lo añado de mi cosecha para consolarme.

El otro día estuve tomando algo con dos de mis mejores amigas, dos de las pocas que me quedan desde mi pubertad y que por lo tanto no entraron en la cláusula no girls de mi novia. Ellas son un poco como yo, les gusta sentir nostalgia por lo que pasó, incluso por lo malo, sacar unos cuantos dardos de ironía de la zona perimetral de la diana de los recuerdos y guiarlos hasta algo aprovechable en el presente. No reniegan de su bagaje ni de las anécdotas añejas, les gusta compartirlas conmigo y rememorarlas a tragos de insatisfacción amarga y sarcasmo dulzón.

En un momento dado, una de ellas (que siempre ocupó el número uno en la particular lista de grandes éxitos y amenazas de mi novia, he de admitir que con bastante fundamento) propuso una idea que sonaba tan descabellada como tentadora. Una fantasía que de haber sido erótica habría copado el plano cenital de mis orgías mentales filmadas en mi celuloide neuronal.

Sería la hostia volver a juntarnos después de estos años de separación, dijo. Volver a esa adolescencia perdida, resetear la mente y hacer un borrado del disco duro de los rencores. Para ello, aseguró, habría que hacer una especie de juramento previo (no precisó si había que utilizar firma digital o servían los emoticonos buenrollistas del WhatsApp) de no echarse nada en cara, una promesa de regresar al estado emocional y mental de aquellos años, aunque sólo fuera durante un par de horas.

Después podríamos volver a ponernos a parir, a odiarnos en secreto con tristeza, a partirnos la cara en el pensamiento, a clavarnos puñales clandestinos en la espalda. Se trataba de respetar esos 120 minutos, ni más ni menos. Hacer como que dejábamos de ser adultos miserables, actuar nuevamente como quinceañeros desprendidos por menos de un millar de segundos.

Mi otra amiga reaccionó con entusiasmo ante la sugerente sugerencia. Sin embargo, yo acogí la propuesta con tanta ilusión como escepticismo. Poner en práctica su disparatado plan implicaba abrir una puerta dimensional a un espacio-tiempo en el que se juntaran los átomos de las relaciones rotas, algunas abruptamente y con exabruptos de por medio. Juntar las ramas en torno a un tronco talado. Regar unas raíces hundidas en los confines de los pasajes subterráneos de nuestras vidas.

Aunque yo veía prácticamente imposible conseguir tamaña cosa, el optimismo de mis amigas me contagió por un rato, y en algún momento emperifollé mi esperanza sin recurrir al postureo de directora de colegio internacional. Puede que me brillaran los ojos de verdad, porque en el bar no había humo que vender. Tal vez la fe que puse sobre la mesa de cristal era La Real, no esa edición de bolsillo a la que suelo recurrir de ciento en viento para esquivar las preguntas a las que sólo se pueden responder con la versión deluxe de los grandes manuales.

A raíz de ahí, empezamos a fantasear sobre cómo sería el encuentro, qué tal nos habría tratado la vida a cada uno. Creamos conversaciones hipotéticas vestidas de gracias barbilampiñas y pueriles, labramos anécdotas que en realidad eran versiones mejoradas de aquéllas que vivimos en esa época. Pensamos en cómo les habría tratado la vida a los demás, qué pensarían de cómo nos había tratado a nosotros y hasta qué punto nos esforzaríamos por tratar lo peor posible a esa cabrona cruel a lo largo de la bacanal figurada que duraría sólo ese intervalo entre las antiguas pausas para el cigarrillo.

Incluso nos pasamos de rosca y fuimos más allá de lo esperable, manejando ideas locas que implicaban reconciliaciones inesperadas, confesiones de arrepentimiento quitapenas, alguna que otra enfermedad grave que hiciese brotar la amistad marchita de la compasión.

Hasta hubo tiempo para las frivolidades imposibles y planteamos el florecimiento de viejas atracciones y antiguos anhelos morbosos presentes en todas las relaciones de amigos y que nunca se materializan cuando se trata de  una capital castellana de provincias. Bueno, tal vez esto sólo lo comentara yo, al tiempo que pensaba en el onanismo. Lo cierto es que aquélla noche dormí bien y soñé mejor.

En ocasiones, el destino es sólo ese chapero sin nombre que se dedica a prostituir el azar para que parezca más atractivo de lo que es. Algo así me ocurrió a mí al día siguiente. Por una concatenación de factores, tuve que llevar a un familiar a la residencia en mi coche clásico, que muchos daban ya por jubilado en la misma época en la que aquel grupo de mis viejas amigas todavía no se había roto y que a día de hoy sigue siendo el recurso preferido cuando sucede alguna eventualidad.

Por mero azar, que partió de la imposibilidad de encontrar un sitio junto al centro hospitalario, continuó por el temor a la amenaza de los tipos de humor agrio cuando llevan la luz verde y terminó con mi apreciado vehículo aparcado en una calle inusual, pasé frente a una joyería en cuyo interior jamás me había fijado.

No habría entrado jamás en un sitio así, de no ser porque reconocí al instante a la dependienta. La carambola resultaba tan certera que me dieron ganas de aplaudir con cara de lerdo. Era una de las amigas de la vieja pandilla quebrada.

Hacía un par de legislaturas, incluyendo la fallida, que no la tenía de frente. Su rostro continuaba siendo el mismo, aunque el cuerpo era el de una chica algo más talluda. La sonrisa perlada de toque ingenuo que me hacía evocar épocas en la que todos la considerábamos la mejor persona del grupo me provocó una ternura inesperada.

Desde luego, se trataba de una simple casualidad, pero yo me sentí obligado a tratarla como si no lo fuera. No haberme adentrado en ese local habría supuesto traicionar el espíritu del día anterior. Quedarme fuera habría significado desaprovechar la oportunidad de patear a la sorpresa desde la frontal para marcar un gol por toda la escuadra y que subiera al tanteador del equipo milagro.

Sin más conjeturas y con el corazón algo encogido, me decidí a abrir la puerta de la incertidumbre y a traspasar el umbral que separa los errores de los aciertos, por desgracia no siempre en ese orden. Ella me reconoció al instante, me nombró de una forma que detesto y me mostró una sonrisa tan amplia como forzada.

Sin más prolegómenos que un “cuánto tiempo” propio de cualquier ceremonia religiosa, improvisé rápidamente un aniversario con la fecha más pasada que un yogur del Pryca y la consiguiente necesidad de hacer un regalo a mi novia, de la que estaba muy enamorado, que todo se lo merecía y para la que buscaba algo muy especial, ametrallé de corrido como una ráfaga de esperma adelantado.

Tal esfuerzo me llevó a comportarme de manera exhausta durante los siguientes cinco minutos, sin más munición que frases huecas de supuesto interés, que combinaban la ponderación técnica con la emocional, hacia los diversos abalorios de precio prohibitivo que, con actitud algo acerada y metálica, pero sin abandonar la exhibición de incisivos, molares y colmillos, me mostró mi vieja amiga.

Elegí lo que me pareció más asequible para mis exiguas carnes monetarias, si bien adquirir cualquiera de aquellas bagatelas suponía reducirlas al nivel de un enfermo infestado de solitarias. Tendría que tirar de crédito al abismo y rezar para que la caída no me destrozara demasiado los huesos. La pétrea chica por la que en otro tiempo había sentido mucho afecto se limitó a despachar el encargo con precisión funcionarial.

Entonces, cuando estaba disponiéndolo todo para clavarme el florete cuanto antes y perderme de vista, yo me lancé al ruedo de la sensiblería como si todo el tendido me estuviera abucheando por no querer matar al animal y yo les hiciera un corte de mangas.

-Sabes que siempre te he tenido mucho cariño. En realidad, todos te lo teníamos.

Ella me miró como sin duda habría mirado a un extraterrestre feo, gordo y contrahecho, dudando de mi existencia real por mucho que la tuviera ante los ojos y en cualquier caso lamentándose por tan repugnante visión.

Me di cuenta en ese momento de que ella había decidido hace mucho tiempo socavar nuestra relación y todas las que hubo en aquella época en lo más hondo de su memoria más indeseada. Que había optado por enterrar el pasado sin ningún tipo de lamentos. Que a ella no le ocurría como me pasa en ocasiones a mí, cuando mi presente me parece una colección de sublimes mierdas ennegrecidas por la Ferritina.

Me percaté tristemente de que no había nada que hacer, que el delirium tremens que había compartido con mis amigas apenas veinticuatro horas antes se disolvería en una solución acuosa de imágenes oníricas de poca graduación y menos miras.

Perdido en mis reflexiones funestas, me había quedado empanado cual filete un domingo a la hora de comer en casa de mis padres y no había entendido lo que mi examiga me había dicho. Tuve que pedirle con un hilo de voz grotesco que me lo repitiera.

-Que si quieres que te lo grabemos –insistió ella con tono glacial.

Tras unos instantes de estupidez congénita en los que repasé mentalmente la historia de los soportes audiovisuales, desde el fonógrafo hasta el Blu Ray, pasando por los cassette y las cintas Beta, un rayo de lucidez salvadora me hizo comprender aquello a lo que ella se refería.

-Ah, sí, claro. Un lema o algo así –confirmé como para sentirme menos idiota.

Ella no dijo nada y se limitó a criogenizarme con su mirada de desprecio sin emoción. Cuando tenía claro que no se me ocurriría nada de mi propia cosecha y que aquella charla había aniquilado todas las partículas de inteligencia creativa que me quedaban para escribir textos panfletarios y otros cuentos surrealistas, alguien ajeno a mí, un viejo amigo siempre presente en mi vida, me lanzó un flotador y me así a él como un náufrago desesperado.

-Para X, del perdedor asiduo de tantas batallas que gana el olvido.

Ella se quedó tiesa cual mojama crepuscular y, tras sopesar si le estaba tomando el pelo moreno y largo recogido en una discreta coleta, me tendió con desagrado un papel y un boli para que apuntara la soplapollez que sin duda ella pensaba que había pronunciado, aunque en realidad se tratase de una de las mejores frases de mi maestro musical, Joaquín Sabina.

-Son muchos caracteres, te va a salir bastante caro –dijo mientras me arrancaba de las manos la tarjeta. Y me pareció que, al hacerlo, se relamía levemente.

Sin embargo, antes de que finalizara aquella aburrida tragedia mercantil que enmascaraba la sentimental, sucedió algo sorpresivo. Ella cogió otra vez mi papel y releyó la sentencia con curiosidad indisimulada, interesándose por algo relacionado conmigo por primera vez desde que yo había arribado al establecimiento.

-Un poco triste, ¿no?

-Es que lo vamos a dejar –me cachondeé. Total, qué más daba, ya me había enamorado de aquella puta farsa.

-¿Entonces para qué le regalas nada? –inquirió sin ocultar un gesto de asco entrañable.

La réplica perfecta del zorro ingenioso e irónico que llevo dentro afloró de mis labios como un capullo de un pene erecto:

-Porque aunque las cosas se mueran, soy de los que me gusta ponerles algo bonito en la lápida. Así descansan mejor durante la eternidad.

Sin detenerme siquiera a mirar el mohín, probablemente mezcla de repulsa y alucinamiento de mi antigua colega, salí de aquella tienda que durante más tiempo del necesario había olido a miseria, mentiras con incrustaciones de rubíes y melancolía unidireccional.

No comprobé el recibo de compra hasta que no llegué a casa y me di cuenta de que en realidad el único epitafio que yo había perpetrado en ese templo de bisutería recargada era el de mi cuenta corriente.

A mi novia la joya le produjo un entusiasmo entre moderado y satisfactorio, salvo por la leyenda, la cual criticó con su habitual sosiego castigador. Se me había olvidado que a ella jamás le gustó Sabina. Sus letras siempre le han parecido demasiado mustias, con historias que se pegan demasiado al pasado, excesivamente nostálgicas. Demasiado prolijo en himnos que le cantan a lo que pudo pasar, tal vez pasó y nunca volverá a pasar.

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