Robina Hood

El otro día se dio una situación curiosa en una de mis clases particulares que me condujo a una reflexión. Una de mis niñas había ido al teatro con su colegio a ver una representación de Robin Hood en inglés. Dado que ella ya sabía con antelación que iría, la semana anterior habíamos estado preparando en nuestra clase la historia y el principal vocabulario asociado a la misma.

Cartel de la película

Cartel de la película “Robin Hood: príncipe de los ladrones”. (Imagen: Film Affinity).

Al realizar dicha tarea, pese a que la leyenda del arquero inglés tiene multitud de adaptaciones, me basé en el relato clásico para niños, que bebe de Las Alegres Aventuras de Robin Hood de Howard Pyle, con ciertas modificaciones. También tiré de mis recuerdos cinematográficos de la pretérita niñez y le hablé de la mítica película Robin Hood: Príncipe de los Ladrones, protagonizada por Kevin Costner y Morgan Freeman, una de mis favoritas de aquellos años inocentes.

Además de un resumen general del argumento y de los principales personajes (Little John, el Sheriff de Notthingam, el monarca inglés, Lady Marian…), estudiamos palabras como thief, noblemen, rich, poor, shot, bow o arrow.  La niña se quedó entusiasmada y con muchas ganas de ver sobre las tablas un cuento que hasta entonces no conocía.

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Portada de “Las Alegres Aventuras de Robin Hood”, de Howard Pyle. (Imagen: todocoleccion.online).

A la semana siguiente, ella me recibió en su habitación con un rostro de indignación que al principio atribuí a su fuerte carácter o a cualquier noticia, en forma de deberes o exámenes, relacionada con una asignatura que hasta hace unos meses detestaba con contundencia medida y aparentemente irreconciliable y que ahora empieza a tolerar y a ver con otros ojos.

Sin embargo, el motivo era otro bien distinto: “Alber, me has engañado”.  Yo, que soy muy sentido para estas cosas, pero también muy irónico con mis jóvenes estudiantes, y pese a la adoración que siento especialmente hacia ella (confieso que es una de mis favoritas), me burlé durante unos minutos pensando que se trataba de alguna tontería relacionada con los juegos que utilizo con ellos para practicar el speaking y en los que se despierta su afán competitivo, sobre todo por el placer de ganar al profe (algo que inevitablemente yo siempre hago que acabe sucediendo, salvo si ese día tengo el estómago cargado de neurosis).

Pero pronto me di cuenta de que la cosa iba en serio, que la niña llevaba la decepción pintada en el rostro y me la espetaba como si yo la hubiera expulsado de la cuarta edición de Master Chef Junior. “Robin Hood es una chica, me lo explicaste mal, y además no puede enamorarse de Marian, porque también es otra chica. Lo único que sí es verdad es que el sheriff es el malo” (y un hombre con pene y temple repugnante, añadí yo en mi foro interno).

Hostia, a ver como salgo yo de esta, pensé para mis adentros, como si realmente me hubiera preguntado “de dónde vienen los niños” o “por qué mamá salta encima de papá en la cama cuando están desnudos”, aunque en verdad ella ya tiene edad suficiente como para tener bastante claras estas cuestiones.

Rápidamente descarté la idea de usar el inglés para explicarle que se trataba de una versión moderna y libre de una historia de la que por otra parte no había ningún tipo de constancia histórica, sino que en realidad se trataba de una leyenda muchas veces empleada como fábula. Demasiado complejo, así que traté de aclarárselo en castellano con palabras un poco más sencillas. Añadí para ilustrar mi teoría que en la película animada de Disney de los setenta los personajes eran animales en vez de personas, lo cual a priori es mucho más radical que cambiar un chico por una chica.

No surtió ningún efecto. Ella tiene un sentido de la justicia muy elevado, impropio para su edad, y además es muy obstinada. Seguía en sus trece. Que Robin Hood sólo podía ser o chico o chica, porque las personas solo pueden ser o una cosa o la otra, pero no las dos a la vez. Me sentenció definitivamente argumentando con lógica imbatible que en la película de Disney Robin Hood es un zorro y no una zorra.

Fotograma de

Fotograma de “Robin Hood”, película animada de 1973. (Imagen: Disney).

Como no podía meterme en fangos de los que tal vez saldría del color de la pernera de mis vaqueros cada vez que accedo al Estadio Zorrilla en un día de lluvia, corté por la vía sana. Egoístamente, di prioridad a la protección de mi honor y mi honestidad, sacrificando de una forma cobarde la posibilidad de abrir la mente de la niña.

“A ver, Robin Hood es un chico y siempre lo ha sido, punto, no te compliques más la cabeza, lo que pasa es que los que han hecho esa obra que has visto en el teatro han decidido poner a una chica de actriz porque les apetecía y no tendrían un buen actor”. Esto era completamente falso, pues el libreto que me enseñó la niña no dejaba lugar a la duda, (Robin Hood is a Young girl…). Además, investigando, he descubierto que existen varias versiones literarias en las que Robin aparece como una justiciera adolescente, por ejemplo Robin: Lady of Legend, de R.M. ArceJaeger).

Aun después de esta vergonzosa, peregrina, tajante y socorrida vía de escape, tuve que tirar de la biblioteca virtual más famosa del mundo para demostrarle a mi joven alumna que Robin de Locksley fue un varón con pelo en el pecho, botas poligoneras y capucha de saltador de caminos.

Portada de

Portada de “Robin: Lady of Legend”, de R. M. ArceJaeger. (Imagen: booksminority4.com).

Ella se quedó satisfecha, trasladó su indignación hacia el autor o autora que había perpetrado sobre el escenario tamaño sacrilegio hacia la sagrada leyenda del antológico héroe que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y yo me sentí estúpidamente aliviado, viendo mi dignidad restablecida.

Hasta aquí la anécdota. Pero desde ella se pueden extraer algunas conclusiones. La principal es que todos, incluido yo, que me gusta ir de profe joven, progre y modernito, tomamos el sendero más sencillo y corto para atajar un problema complicado con los niños, lo cual a la larga es contraproducente. Dicho lo cual, hay que reconocer que a veces no nos lo ponen fácil.

Soy el primero que defiendo la tolerancia y la flexibilidad en cuanto al arte se refiere, opino que no nos debemos quedar en los estereotipos de género y que hay que evolucionar hacia una enseñanza que promulgue el igualitarismo en los roles.

No me opongo en absoluto al intercambio de papeles que tradicionalmente la literatura, el folclore y la sociedad patriarcal han atribuido a hombres en detrimento de mujeres. Me parece totalmente necesario que proliferen heroínas valerosas, con poderes extraordinarios u ordinarios, que rompan el tradicional concepto de la fémina indefensa, sobreprotegida o bien la pérfida dama de apariencia externa frágil y ardides astutos.

Igualmente, considero que es procedente explicar a los niños, en cuanto su edad les permita un cierto entendimiento sobre estos aspectos, que la identidad sexual es subjetiva, que no hay un paradigma definido y objetivo y que cada uno la siente como le da la real gana. Comentarles que existen la homosexualidad, la transexualidad y la bisexualidad, entre otras, como opciones libres que se separan del binomio habitual.

Pero coño, una cosa es eso y otra confundir gratuitamente a los niños sin más motivo que la arbitrariedad. No cuesta nada crear una narración paralela donde la protagonista sea una mujer arquera, que vivía en un bosque inglés y que se llamaba Emma Carpenter, o Elizabeth Rice. O al menos, ya que se quiere aprovechar el tirón popular del bandolero de Sherwood, que se le travista el nombre a Robin y se acuda al estilo de la ínclita exministra Bibina Aído. Tampoco pasa nada por respetar un poquito algún detalle de clasicismo. El mundo seguirá girando y los niños crecerán con una buena salud psicológica.

Lo otro son ganas de embrollar la cabeza de los infantes y de poner en aprietos a los profesores. Aunque apuesto a que los titulares de mi curiosa alumna no liaron tanto la madeja y zanjaron el tema de un modo mucho más afilado. Tengo que decir en mi defensa que yo al menos lo intenté. Por mi honor y por el de Robin. O Robina.

 

 

 

 

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