El cambalache del siglo XXI

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón”.

El anterior fragmento, bien marcado en cursiva, pertenece a la letra de una canción. Los que tengáis mucha cultura musical tal vez la hayáis identificado. La mayoría no tendréis ni la más remota idea de a qué artista, álbum, género o año pertenece, aunque en este último punto casi todos coincidiréis en que probablemente ha sido escrita en la actualidad. Unos pocos perspicaces quizá os hayáis percatado de que el lenguaje empleado es algo particular. Incluso puede ser que alguno o alguna hayáis identificado algún que otro palabro procedente del español latinoamericano. Chorro, que significa ladrón, y aplazado (suspenso en un examen o en una materia).

En efecto, el tema musical procede del país de la pampa, Mar del Plata, Ricardo Darín, Eva Perón, Maradona (sí, mucho más que el de Messi) y el tango (que no se me enfaden los uruguayos, si es que tengo alguno entre mis lectores). Y sí, se trata de un tango. Y por supuesto no es actual, como ya habréis adivinado. De hecho, está muy lejos de serlo.

Se titula Cambalache y fue compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo para la película El Alma del Bandoneón. La grabación más difundida ha sido atribuida en numerosas ocasiones a Carlos Gardel de forma errónea, porque el ídolo de mi abuelo no la grabó jamás, sino que la versión original es de Ernesto Famá y la orquesta Francisco Lomuto. Aunque Discépolo lo escribió pensando en la situación de su país en aquella época, conocida como Década Infame, es tan trasladable a la actualidad española que da pánico.

En la estrofa que antes he transcrito se pone bien de manifiesto una tristísima realidad, aunque algunos conservadores de figureo y postureo se empeñen en negarla porque les conviene para que el ciudadano de a pie siga subvencionando su chiringuito. Los valores de sacrificio, esfuerzo, constancia, honradez y fuerza de voluntad para disfrutar de la igualdad para todos cacareada por la joven democracia española que nos fueron inculcados a los de nuestra generación, la milenial, se han dado contra un muro mucho más contundente que el que quiere concluir Trump para poner una tirita entre él y los mexicanos.

Efectivamente, no importa ser un “burro”, un “ignorante” o un completo idiota, y aun peor, da exactamente igual si eres un “inmoral” (un “traidor” o un “estafador”) porque ahora todo el mundo se ha “igualao” en una suerte de contienda por ver quien tiene más ambición deshonesta. Ese es el que a la postre se sale con la suya. No hay más. Dudo que alguien pueda llevarme la contraria observando lo que ocurre día a día en el panorama político, judicial o social español. Ha pasado siempre, lo que ocurre es que ahora se sabe y es mucho más flagrante. Pero Blesas, Ratos y Urdangarines, con sus prerrogativas, los ha habido desde que en la Península Ibérica estaban los godos.

Otra cosa es que, en mi opinión, siga siendo mucho más deseable ser una persona con valores, por la propia estima y la de aquellos que sepan considerar un código de conducta honorable, generoso, sensible y culto. Pero no porque uno vaya a ser premiado por la sociedad. Al contrario, es muy probable que al final el que decida ser “recto o sabio” acabe peor y sea castigado por friki, tontuelo y antisistema. “El que no llora no mama y el que no afana es un gil” (un simple o incauto).

Pero si gran parte de la canción bien podría describir la personalidad del pueblo español en estos tiempos aciagos en los que por fin nos caemos del burro y nos damos cuenta de que la justicia no es igual para todos, el espíritu de la letra es para mí mucho más global y define perfectamente la época que nos ha tocado vivir y, a veces, soportar.

Si bien el artista argentino ni siquiera podía imaginar lo que sería Internet, el mundo digital, la web 2.0. o las redes sociales, bien podría haberse erigido como profeta de cierta desviación a la que ha conducido todo este universo virtual que trae tantos beneficios como trágicas consecuencias.

Especialmente para la verdad. Todo vale, todo es útil para conseguir el propósito pretendido. Es como una gran pasarela donde se mide a todo el mundo por el mismo rasero, da igual la lógica, virtud o razón que lleven sus planteamientos. Su palabra vale lo mismo que la de un charlatán de tres al cuarto o un canalla que miente a 140 caracteres. Es la cultura de la postverdad, de los hechos alternativos y de la huida hacia adelante y sálvese quien pueda.

¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!… Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches (un lugar de compraventa de enseres usados) se ha mezclao la vida”. En efecto, la Red es como un gran mercadillo del ardid donde todos venden y compran con las mismas reglas, “revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos”. Puede parecer muy democrático, pero en el fondo no lo es, porque en el momento en que deja de importar la capacidad de cada uno para expresarse con corrección u opinar aportando motivos contrastados y basados en el raciocinio, entonces estamos sujetos a la dictadura de los propagandistas, fuleros y fanáticos.

Sigue la canción diciendo: “y herida por un sable sin remache ves llorar la vida contra un calefón” (aparato a través del cual circula el agua que se calienta en las casas). Fuera aparte de la referencia religiosa, lo que viene a decir esta frase es que la sociedad otorga el mismo valor a un libro culto que a un artefacto de poco valor.

Incluso esta queja se queda corta, porque está integrada en el contexto de aquella época, donde no existían los smartphones o las tablets. Para muchas personas que sufren alergia por el papel escrito y cuyo único ejercicio lector es revisar las notificaciones de su cuenta de Instagram, perder su dispositivo móvil equivale a un drama personal de proporciones siderales (y dado el precio que tienen los artefactos de nueva generación, también económico).

Como bien dice el tango, en un rechazo al tremendismo extremo que me encanta, no se trata tanto de una situación nueva, porque bien es verdad que la civilización humana siempre ha tenido esas características (“siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé” –imitación de una alhaja fina, oro falso).

Pero ahora este desprecio a lo estimable por sí mismo y no por lo que representa o lo que cree su usuario que representa se ha radicalizado. La recompensa a la falta de ética y el ninguneo, cuando no castigo, al que intenta sembrar su camino de buenas obras y altruismo ya no es tendencia. Es algo más.

Se trata casi de una resignación de parte de la sociedad que entiende la vida de una manera determinada ante el triunfo de la otra mitad que la entiende la manera opuesta y que cada vez tiene en sus filas a más conversos y adeptos a su causa. Porque mucha gente se da cuenta de que “es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley”.

De nuevo aquí el tango se queda corto, porque a veces da la sensación de que no es lo mismo, sino que aquel que se esfuerza, tiene fuerza de voluntad y procura el bien para los demás tiene menos opciones en la vida y sus oportunidades se reducen a poner la cara para que se la rompan. El engaño, la mentira, el truco burdo y la mediocridad tienen muchas más posibilidades de victoria que la lealtad, la sinceridad, la limpieza y la inteligencia.

Es como si todos padeciéramos una especie de síndrome masoquista que nos lleva a autoinfligirnos daño creyéndonos lo que sabemos que no tiene visos de ser cierto, votando a los políticos que se llevan el dinero de todos o benefician a sus grupos privados afines, manteniendo un sistema que promueve una justicia basada en los medios materiales y la retórica, comprando cachivaches con obsolescencia tecnológica o metros cuadrados inflados con los que financiamos el sofismo ante el estrado y el escapismo por las brechas y orificios legales.

Es una sociedad enferma, a la que le gusta fustigarse y en la que cada vez más personas tratan de esquivar los latigazos tratándose de mezclar con los que los dan, admirándolos mediante un click para que aparezca el emoji o el corazón que nos haga sentir adoradores de la turba virtual que domina el cotarro. Que “el siglo XX es cambalache, problemático y febril” y “un despliegue insolente de maldad ya no hay quien lo niegue”. Y el XXI, aún más.

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