Domingos por la noche en mi barrio

Dice Sabina en uno de los cortes de su flamante y excelente nuevo disco que “las noches de domingo acaban mal”. Yo podría decir simplemente que mis noches de domingo acaban de una forma extraña. Y sin apenas moverme del arrabal que circunda mi puerta.

No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que para vivir experiencias excitantes uno sólo tiene dos posibilidades: volverse un perturbado mental o viajar al extranjero. Bueno, en realidad sólo estoy en desacuerdo con la segunda alternativa. Pero añado que a veces se presentan, como animales en celo soltados a la intemperie, otras opciones mucho más prosaicas.

Uno puede viajar a otro continente o sentir de cerca el desastre sin necesidad de salir de su barrio de toda la vida, aquél en el que pasó su infancia y adolescencia. Sólo hace falta saber elegir el momento adecuado y estar predispuesto. Reconozco que mi facilidad para atraer sucesos que descarrilan del trazado de la vida rutinaria también ayuda.

Quien me siga con cierta frecuencia sabrá que acostumbro a dar paseos nocturnos o a echar carreras cuando el astro lunar se empeña de forma tan enternecedora como patética en proteger a los desamparados. Soy un poco ave de ese talante y condición, a ratos solitario, aunque sin rapacidad y en ocasiones tampoco con demasiada sagacidad.

Cuando me entra el arrebato de fuga, me escapo de la jaula para conocer mundo sin salir del mío. En realidad, ahora vivo en una zona residencial de viviendas unifamiliares que no dan la sensación urbana de barriada.  Por eso, de vez en cuando me voy al barrio en el que crecí. Algunos de estos microviajes a un microcosmos que enlaza mi pasado con la nostalgia de mi presente ya los he reflejado otras veces en esta Buhardilla.

Tengo dos momentos favoritos de la semana para desplazarme a mi zona de escondites en las esquinas, de comunidades de vecinos ochenteras y otras que aún conservan el encanto de los locales comerciales estética Cuéntame Como Pasó antes de que se muriera Franco.

Dos instantes predilectos en el ciclo capitalista de siete días para patearme mi área de rinconcitos metidos en soportales que surgen de repente y se adentran en las entrañas de una vida de patios interiores, escaleras que bajan a garajes y panaderías regentadas por la tendera de siempre.

Un par de recodos horarios entre el lunes y el domingo para despistar a la Diosa Narcolepsia de mi realidad y perderme por callejas y callejones donde hay bares con banderillas de pepinillo, tortillas de jamón, boquerones en vinagre y croquetas en vitrinas de aspecto poco sofisticado, pero con mejor sabor que cualquier tapa de los gastropubs y demás locales de putiferio fino donde se empuercan las falanges con supuesta elegancia.

Uno de esos momentos es el viernes por la noche. El punto en el que convergen en su punto más alto mis sueños, mi alegría melancólica y mi fe pagana en los espíritus que habitan bloques de hormigón. Cuando todo está por empezar y finalizar, allí donde la incertidumbre camina a pie de calle en escaparates todavía iluminados a bajo coste y la guerra de los días se arregla en mesas de comedores familiares con manteles de papel que se ven desde la acera.

El otro momento para dar vueltas de tuerca al gaznate de mis emociones es el opuesto para mis biorritmos y mi estado anímico, el domingo, casi madrugada del lunes. El descenso del telón de toda la pantomima, la llegada del bajón, de descubrir el marrón, cuando ya no queda ni la resaca, a esa hora en la que sólo vagan por la ciudad almas errantes, policías con ganas localizar una reyerta en la que haya implicados con gramos de desesperanza y vidas perdidas con un manojo de llaves que no hacen girar ninguna cerradura.

Pero en mi barrio, hay algunas veces en las que encuentro personajes que no entran dentro de ninguna de esas categorizaciones. Son simplemente seres trashumantes, nómadas de urbe que siempre se están moviendo, sin más destino que la mañana de un lunes incierto.

En ese punto exacto del domingo, cuando está a punto de bajarse la trampilla de la tienda de fin de semana en la que sólo se vendieron remedos de afrodisíacos y falsos estimulantes de deseo sexual para las chicas castellanas de los siete sacramentos, los hallo en su trasiego. Yo los miro a los ojos e inmediatamente sé que pertenecen a una de esas tropas sin uniforme ni insignias distintivas que forman el ejército más numeroso y menos compacto que existe. Y ellos saben quién soy yo. Y me paran.

Me siento arrastrado hacia ellos tanto como ellos hacia mí, supongo que porque ven en mí exactamente lo que necesitan en ese momento de conclusión amarga, de breve respiro silencioso y moribundo antes de la esquizofrenia que dominará el mundo unas horas después. Ven alguien auténticamente de allí, de ese barrio al que siempre vuelvo incluso cuando más me quiere alejar de él la dictadura de la evolución social.

Y yo, muy henchido, actúo de forma encantadora, me receto y me trago el antidepresivo idóneo para combatir la penuria de mi espíritu de domingo por la noche, que es la clausura de todas las fiestas, la previa de las clases de adoctrinamiento, la firma de la desilusión, la constatación del fracaso, cuando la abulia me hostiga y el calendario de bolsillo me ata las neuronas del alma.

En efecto, estos individuos de ninguna parte me salvan justo en el lugar del que yo me siento más parte que en ningún otro. Soy su guía física y espiritual durante unos segundos que a veces se alargan, dependiendo de su necesidad, mis ganas de conversación y las monedas que tenga en el bolsillo. Les conduzco por el siguiente paso de su itinerario, ese que tal vez no podrían hacer correctamente si no se hubiesen topado conmigo, un chico al que le salió barba en ese barrio, un domingo por la noche en el que ni siquiera la profilaxis actúa como triste consuelo.

Les digo cómo llegar a la pensión con cuyas historias de crímenes, desconchados con sangre y ruina extendida a lo largo de las antiguas ramas del árbol generacional de su aterradora propietaria, fantaseábamos mis amigos y yo. Les indico el atajo ideal de unos cientos de metros para llegar hasta una máquina de vending que sigue expidiendo los Kit Kat de envoltorio noventero que consumíamos de niños.

Si tienen sed, les llevo hasta la fuente de piedra que hay justo detrás del patio de mi colegio, al lado de unos columpios que una vez vimos balancearse solos en una noche de verano, tras lo cual alguien descubrió la leyenda de la niña a la que su abuela chiflada mató por empujar demasiado esas cadenas que antes eran anillas de hierro engarzadas.

Les aclaro cuál es la única cafetería de la zona que abre toda la noche y en la que sólo han de temer al viejo borracho que se asoma por allí sobre la doce y media a pedir su chupito de orujo, porque siempre sintió una inexplicable aversión por los forasteros, según se dice porque su mujer se fue con uno y desde entonces nunca jamás hizo otro recorrido que no fuera el de su edificio al bar.

Sin embargo, otras veces les detallo cómo resguardarse del frío en el cajero del barrio, cuyas puertas no suelen estar bloqueadas, o, en su defecto, en un cruce de calles donde se produce un extraño fenómeno climático que corta el viento en dos mitades que se repelen y huyen como Errejón y Pablo Iglesias, dejando ese espacio minúsculo como una especie de tregua que se toma el invierno en las crueles batidas que realiza por la ciudad. La tristeza aquí se enseñorea un poco de mi intestino, especialmente frágil a esas horas de agonía semanal.

No obstante, me pongo aún más triste cuando me preguntan cómo pueden llegar a las estaciones de retirada. Entonces, no me queda otro remedio que señalarles cómo salir de mi barrio, que aunque ellos no lo sepan es el lugar más interesante que puede existir un domingo a esas horas.

Me muerdo la lengua y reprimo las ansias de espetarles que no saben nada. No saben que en ese entramado de diseños urbanísticos informes, a esa misma hora del último día de la semana, una vez conocí a un chico sordomudo de Gambia con el que tuve una de las conversaciones más ricas de toda mi vida y que algún día tendrá su propia historia en este cuartito virtual.

No tienen ni la más remota idea de aquélla vez en que la policía municipal me confundió con un vándalo urbano y me retuvo a escasos metros de mi casa natal. Viven completamente ajenos al hecho de que en ocasiones hay simulacros de partidos de baloncesto en madrugadas dolientes, aunque la iluminación brille por su ausencia y la única competitividad la marquen los ladridos de los perros vecinos.

En ocasiones, esta ignorancia me produce algo peor que la pena, me despierta un terrible enfado. El que me solicita que le saque de allí cuanto antes, de esa cuadrícula de calles interconectadas y cruzadas, superpuestas y cuyo corazón se debate entre el sístole regular del traqueteo del tren y el latido arrítmico del tráfico de la avenida principal, me parece un desconsiderado, un insensible y un egoísta.

Sé que no lo hace aposta, que no es consciente del desprecio en que incurre, pero no puedo evitar convertirme en Django desencadenado de furia, con ganas de encañonarle. No se da cuenta de que está desaprovechando la oportunidad de perderse un domingo por la noche en mi barrio, de eternizar el fin de la semana, de engañar al tiempo en esas callejuelas intrincadas.

El muy inconsciente no sabe que allí uno puede timar a la implacable necesidad de los artificios que crea la sociedad, quedarse por una noche y, por lo tanto, quedarse para siempre.

Desconoce que yo desearía hacerlo y no puedo. Que a mí me toca volver a mi mundo, ese donde un portón donde los foráneos tienen que marcar una contraseña me guía hasta un sendero salpicado de jardineras, garajes individuales, casetas para los perros y cobertizos para las bicis.

El muy imbécil ni siquiera se puede imaginar que allí, en mi planeta, no hay barras de bar sobre las que se acodan viejos que se alcoholizan y echan pestes contra los de fuera. Que no existe nada parecido a la plazoleta tras las vallas de mi colegio con una fuente de piedra en su centro y los balancines que chirrían trémulos por el suspiro de la niña asesinada a manos de su abuela.

Que en mi universo sólo existen las normas de una costumbre que se perpetúa entre los pliegues de las obligaciones vestidas de lentejuelas. Que mi novia está postrada sobre su mitad más uno de nuestra cama y duerme profundamente sin un solo atisbo de remordimiento, sin una simple concesión a la compasión por mí persona.

Pese a que en el fondo se tema que no estoy hecho para esa comida de mantel de flores. Aunque sienta pavor cuando se plantea que en realidad yo nací para morir un domingo por la noche en mi barrio.

 

 

 

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