El Regreso al Futuro de Chuck Berry

En el imaginario colectivo de toda una generación quedaron para siempre aquellos acordes mágicos que transmitían garra, pasión y rebeldía a partes iguales. Los niños de los ochenta se enamoraron de un estilo, el rock´n roll, y de una estética que en realidad no era suya gracias a ese riff de guitarra, a ese solo de piano, a ese acompañamiento de viento y a la voz que trataba de imitar descaradamente a la de su creador.

La música venía del futuro, pero la historia, esa cabrona veleidosa, había recogido en sus anales que perteneció a la década de los cincuenta. Hasta que la película Back To The Future, para los españoles Regreso al Futuro, nos contó la verdad. O mejor dicho, parte de la verdad. Marty McFly viajaba hasta el año 1955, cogía la falsa identidad de Levis Strauss –“un sueño”, como decía su adolescente madre Lorraine–, se plantaba en el escenario en la fiesta de graduación del instituto de Hill Valley y reventaba la pista al son de Johnny B. Goode, de Chuck Berry.

“Esta es una pieza antigua”, explica Marty antes de tocar el tema. “Bueno, digamos que es antigua de donde yo vengo”, aclara tras unos segundos de desconcierto delante de la chavalería asistente, compuesta por caballeritos trajeados y engominados y señoritas con vestidos de faldas anchas y plumíferas. Después del recital desenfrenado, del abandono a la guitarra, Marti se ve obligado a parar porque “ya veo que no estáis preparados para esto, pero les encantará a vuestros hijos”.

Esa escena, tal vez la mejor de toda la trilogía de una de las sagas cinematográficas más exitosas de todos los tiempos, se ve completada por una llamada que el líder de la banda de acompañamiento, los Marvin Berry and The Starlighters, realiza en mitad de la canción a su primo Chuck. “¿Recuerdas el sonido que has estado buscando? Pues escucha esto”.

Ahí radica la parte falsa del filme. Chuck Berry, el verdadero, jamás pudo recibir esa llamada. No sólo porque su primo Marvin sea una invención del largometraje, sino porque en realidad fue el propio Chuck quien viajó del futuro para regalar a esa hornada generacional de las chupas de cuero, las motos y la brillantina aquella música, la que sería para siempre su música.

El rock´n roll no es algo de aquel tiempo, ni tampoco de este ni de ninguno. Se trata de algo demasiado bueno y atemporal como para haber sido creado dentro de los escuetos y simples límites del espacio-tiempo. Nos lo trajo alguien desde un futuro remoto que no podemos imaginar.

A Chuck Berry, el padre y fundador de esto –con la inestimable colaboración del pianista Johnny Johnson y de otros artistas de la música popular que le precedieron– le gustaron los cincuenta y decidió quedarse a vivir en ellos. Se quedó únicamente para comprobar el efecto que causaba su música, desde Johnny B. Goode (que según la historia oficial que ahora desmonto, Berry escribió el mismo año de la película, 1955, aunque no fue grabada hasta 1958) hasta Roll Over Beethoven, pasando por Rock´n Roll Music o You Can Never Tell.

Esto no ha de extrañar a nadie, porque Berry debía ser un tipo peculiar, algo narcisista y difícil de llevar. Solitario y taciturno, lleno de manías y de rituales propios que no le gustaba compartir. El típico perfil del viajero del futuro viviendo un tiempo que no le pertenecía. La otra hipótesis es que su máquina, no sé si un Delorean con condensador de Fluzo u otro tipo de cachivache más sofisticado y menos entrañable, se jeringó y él quedó atrapado. Eso explicaría esa personalidad arisca, huraña y poco sociable.

Chuck Berry vivía indudablemente mosqueado, otro síntoma de que había un evidente conflicto entre la realidad en la que se movía y la que verdaderamente le correspondía. Entre la mediocridad e imperfección de mediados del siglo XX, sumido en una crisis de valores por la resaca de la Segunda Guerra Mundial, con sus jóvenes tratando de rebelarse a las imposiciones de su fracasados mayores, llenos de heridas físicas y morales, y el mundo girando a mayor velocidad de la que los cronistas podían recoger.

Por eso, Berry les donó como legado universal e imperecedero el rock´n roll. Su rock´n roll. Para que tuvieran algo con lo que compensar su descontrol de feromonas. Un ritmo endiablado salpicado de letras calenturientas llenas de personajes perdedores, adictos y desfasados con el que se pudieran sentir identificados y canalizase la bestia de su interior hacia parajes más positivos.

Pero él mismo cayó presa de la trampa. Porque el propio Berry fue un chico que se metía en problemas. Pasó tres años en un reformatorio por un asalto a mano armada. Siendo ya adulto y famoso, la Justicia lo persiguió y condenó en dos ocasiones, ambas relacionadas con escándalos sexuales. El más grave y por el que tuvo que pasar un año y medio en prisión fue emplear en su club a una prostituta que tan solo tenía 14 años –Berry contó que la chica le dijo que tenía 21– y que además provenía de otro estado.

Cuando salió de la cárcel en 1963, se dio cuenta de que lejos de haber sido olvidado, sus canciones se versionaban incluso por los cuatro chavales de moda, unos tales John, Paul, George y Ringo, y que cosechaban un éxito absoluto. Sin embargo, a él se le agrió el carácter y ya no volvió a ser el mismo.

Tal vez le cabreó un poco que consideraran rey del rock a un blanco de Memphis con tupé llamado Elvis que contoneaba las caderas, cantaba aterciopeladamente y provocaba desmayos como si hubiera tomado cuerpo el protagonista de la canción de Berry, Brown Eyed Handsome Man, aunque tampoco le sorprendió. Chuck sabía que ser negro y músico en Estados Unidos era una mezcla apta para el desagravio y el descrédito de la sociedad. Además, a fin de cuentas también Elvis le versionó.

Pese a todos estos conflictos y frustraciones, algo interesante debió ver el bueno de Chuck en nuestra época porque al cabo decidió quedarse en ella. Quizá fueran tantos artistas de calidad con los que compartió escenario, desde Bruce Springsteen hasta Tina Turner, que no existían en su lejano futuro distópico probablemente asolado por la ciberguerra mundial desarrollada en escenarios de realidad virtual, donde la música importa un pimiento, triunfa el electrolatino 10.0 y ni siquiera hay aeropatines o secadores automáticos de ropa.

Así que decidió quedarse en su St. Louis natal. Así pasaron los años y aunque sus apariciones púbicas eran muy pocas, cuentan los que alguna vez estuvieron en la ciudad de Missouri que todavía ofrecía recitales de vez en cuando en el Blueberry Hill y eso les retrotraía una y otra vez a ese 1955 del Baile del Encantamiento Bajo el Mar en Hill Valley, como si el genial guitarrista hubiera decidido recordarse a sí mismo de vez en cuando: “Chucky, be good”.

Sin embargo, por alguna razón que este pobre abuhardillado desconoce, el pasado 18 de marzo se hartó. Tal vez no pudo soportar que Trump fuera el presidente de Estados Unidos o que Justin Bieber estuviera valorando hacer una cover de su School Days. Se dio cuenta de que en este cochino siglo XXI, No particular place to go. Y decidió regresar. Regresar al futuro.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Música y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s