Sabina de resaca

Hoy es el día para que lo neguemos todo. Ayer no estuvimos allí, donde las niñas no querían ser princesas de boca de fresa y el camello gritaba “¡Drogas, no!”.

No, ayer ni siquiera merodeamos por la calle donde habitaba el olvido, ni vimos cómo la gente se marchaba o cómo la noche pasaba como pasan las cosas que no tienen mucho sentido.

Es mentira, y no por ser un bulo repetido merece ser verdad, que nos acercáramos a la senda de los conductores suicidas, aunque sí es cierto que a los dos nos gusta demasiado el verbo fracasar.

Niego absolutamente que yo acabara más triste y solo que un pingüino en un garaje o que un torero al otro lado del telón de acero. Supongo que tú tendrías más suerte y una venus latina iría a darte la extremaunción. No hay nada mejor que encontrar un amor a medida.

Tampoco es verdad que en algún momento, antes de que la poesía mintiera como mienten todos los boleros, a esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar, quisiéramos escribir la canción más hermosa del mundo. Ni que terminásemos por morder el anzuelo en un banco de morralla como buenos peces de ciudad.

Es rastrera fula eso de que soñáramos con emular al Dioni (cuando era el Dioni). Fiel a nuestro estilo de perdedores asiduos de tantas batallas que gana el olvido, les dijimos a esos críticos, los que ayer mismo nos acusaban de jugar demasiado a la ruleta rusa, que eso sí que no. Preferimos que nos acusen de quedarnos anclados en calle melancolía.

En realidad, la noche que amamos olía a pachulí y vivimos en la ficción de que no amanecía jamás. Había chicas que toreaban a los autobuses y pedían fuego. Lo peor es que nos robaron el corazón.

No tuvimos que irnos hasta el Río de la Plata para conocer a nuestra vendedora de soldaditos de lata. Era peruanita y aunque ya no volvimos más a su puesto del rastro a comprarle figuritas de pan, todavía echamos de menos a Paula y su pollera. Y ya se sabe que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Tú y yo somos más de extrañar lo malo. Acuérdate de cuándo se masticaba en los billares que el Pucela había bajado a Segunda. Aun así, hubo momentos gloriosos hasta que las campanas del pasado repicaron a duelo y no pudimos resolver el caso de la rubia platino.

Entonces, ya no hubo remedio, y los gatos del mercado nos maullaron la balada del abandonado, la canción de las noches perdidas. Escuchamos ladrar a los putos perros del amanecer. Era demasiado tarde para el deseo y muy pronto para el amor.

Afuera, sonaban despertadores llamando a las ovejas descarriadas al redil, a cumplir la ley otro lunes que agoniza, otro martes y otro miércoles de ceniza. Sin importar que no hubiese demasiadas ganas de vivir. Tú y yo hicimos un pacto entre caballeros antes de que cantara el gallo, nos sacamos otra ley del sombrero y pusimos el reloj a la hora de los locos de atar.

Sin embargo, en la leyenda falsa que se cuenta sobre ayer y nosotros, se dice que anduvimos entre la cirrosis y la sobredosis y que nos robaron el mes de abril apenas recién empezado. Había hombres de traje gris sacando sucios calendarios y tratando de no marchitarse en el sillón, como mi vieja.

La realidad es que fuimos boxeadores en Detroit y suspenso en religión. Le dijimos que no se pasaran con la ley “Dímelo en la Calle”, pero la madrugada no tuvo corazón.

Sin importar lo que digan esos embusteros que no se saben la canción del pirata cojo, hoy te diría que nos fuéramos rumbo a la Estación de Francia y pilláramos un viaje barato en uno de esos sucios trenes que llevan al sur, pero me equivocaría. En el fondo, cambiamos la canción y queremos que nos dejen aquí cuando la muerte venga a visitarnos, pese a que no quede sitio para nadie.

Ya sé que tú eres más de “morirme contigo si te matas”. Yo sin embargo soy más de morirme de un ataque de tos y no recibir el sacramento. Si os acercáis de visita al tanatorio y no os atiendo, esperadme en la salita hasta que vuelva del baño.

Pero sin prisa, que a las misas de réquiem nunca fuimos aficionados. Yo no tengo viudas que se fueran a pegar por mis derechos de amor y de todos modos, mi primera mujer era una arpía.

A nuestra edad, a quién le importa la talla de nuestros Calvin Klein o que después de muertos tengamos nuestros vicios.

Repito, todo es mentira. Tenemos más de cien mentiras, más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarnos de un tajo las venas. Si nos cuentas nuestra vida de ayer por la noche, lo negamos todo.

Incluso la verdad.

 

Dedicado a Charly

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