Ya no estalla la primavera del amor

Casi todo el mundo sabe lo que fue el verano del amor, aquella cosa que los del 67 se sacaron de la manga para quitarse de encima definitivamente la represión de los valores dictados por la generación anterior a la suya. Quisieron hacer exaltación de lo que sus mayores consideraban blando y amariconao y se juntaron en San Francisco para que todas las orgías artísticas de la historia se fijaran desde entonces en ellos, antes de que las únicas armas dignas de ser alabadas en la bahía californiana fueran las metralletas de los splash brothers.

Fue una suerte de explosión happy flower en cuya onda expansiva se dejaron atrapar greñudos que luego se cortarían la coleta y chicas de pueblo sin depilar, que en su versión patria eran “una tribu de repatriados de Ibiza que dejaron de ser hippies pero no de ser palizas”. Todos ellos y ellas se situaron dentro del radio de acción del All You Need Is love para mejor gloria de los corazones, la naturaleza, la biología y las hormonas segregadas químicamente.

Sin embargo, prácticamente nadie sabe lo que es la Primavera del Amor. Entre otras muchas cosas, porque no fue un movimiento que se colectivizara, y por ello no fue recogido por cronistas mentirosos como yo. Ahora, sin que sirva de precedente, voy a contar una verdad. Voy a contar lo que fue la Primavera del Amor.

Mi relación con el maldito abril secular, el mes de María y el de los exámenes y la noche más larga últimamente ha sido turbia. Una especie de aborto de la ilusión embarazada durante un verano de estío sonrojante, un otoño de decadentes esperanzas y un invierno a la cuesta de enero. Como un globo sonda fabricado en Vallecas que se pincha y llena de flatulencias mi libido.

Pero esto no siempre fue así. Ni para mí ni para todos nosotros. Hubo un tiempo en el que nos pasaban cosas, en el que éramos algo más que saltimbanquis de adorno en un club de carretera lleno de parejas de hecho con proyección de divorcio católico.

Fue en esa época cuando llegó la estación púber que nos hizo estallar como artefactos sincronizados del Bomberman sin necesidad de que nos programaran para arrojar cataratas de esperma o llover torrentes de flujo en los relojes online. Entonces, los informativos anunciaban borrascas y no el cambio climático disfrazado de agosto anticipado, aunque ya había propaganda del turismo de la España de los tirantes y los baños prematuros en Benidorm y las charangas con lloros y mantillas hispalenses.

Bien es verdad que la detonación fue un poco chusca y se quedó muchas veces en petardeo ruidoso, pero los escrotos acababan ajados y aunque en Castilla se negaba, las fresas de la cesta de Caperucita Roja acababan machacadas porque el lobo no aparecía y a ella, enfadada, le tocaba volver a casa de su puta abuelita.

Era un tiempo en el que nuestra miseria estallaba en bolsas de Drakis y en los coches con matrícula de Madrid, San Sebastián o Navarra, antes de que los vehículos explosivos fueran camiones con bastidor espiritual del Islam.

Aquella primavera tenía un cierto aire pueril. Nos comían la merienda del burguer los matones que llevaban el éxtasis en bombers y nos conformábamos con descapullarnos de forma codificada. Hay que reconocer que pese a su nombre no nos trajo amor, ni siquiera del Todo a Cien, pero había derivados polínicos que transportaban las abejas de flor en flor.

La deflagración se produjo al ritmo de un tema de Sash!, que fue el himno de esos meses en discotecas donde a la gente le gustaban las pastillas rojas, verdes y amarillas, y en cuyos baños cerca del caballo se rumoreaba que aparecían de pronto travelos bakalatas para preguntarte si querías que te dieran por detrás.

En esos días de kalimotxo y claveles que habían sobrado de San Valentín en las floristerías de barrio había chicas que querían ser más altas que tú y que vomitaban el almuerzo sin creerse guays. Era una época en la que el bullying se medía por las hostias que te llevabas en el estómago y no por el número de likes de los videos.

Fueron unas semanas en las que podían llevarte al huerto y se arrancaban amapolas salvajes de la huerta que fue del rey y hoy en día es de los gladiadores azules y de las guerreras de Pajarillos. Y todos nos sabíamos de memoria aquella canción que decía que el milagro que esperábamos iba a ocurrir al comenzar la primavera en el jardín.

Hoy en día muchas cosas han cambiado. Ahora nos fijamos en otras primaveras que ya han sido desvirgadas antes de florecer. Los capullos se niegan a llevar capuchón en estas fechas, ya sólo se abren cuando algún bicho se posa encima y tienen su propio canal en youtube. Los hímenes se rompieron despacito en un marzo de baratillo que olía a julio.

A Sash! lo vi en vivo y en directo muchos años después, en plena crisis tratando de remendar en otra primavera tardía las mentiras que nos había soltado en su día. Fui a verlo con una de las amigas a las que más he querido en mi vida. Actuó en un sitio cuyo nombre alentaba a pensar que volvía un verdadero orgasmo primaveral, La Rosaleda. Pero la canción sonó descafeinada, sin gracia. No había ni pizca de la magia de antaño, el local acabó convirtiéndose en un antro pijo con nombre hindú poco después y de mi amiga, como de Guille y los demás, ya no sé nada.

Ya no estallan las bombas en Zarauz ni en Rentería, sino que caen del cielo sobre Siria, estallan en trenes rusos y en iglesias egipcias y las únicas sustancias químicas que hay en el ambiente son de destrucción masiva. Ni siquiera los coches lapa tienen ya registrado su lugar de nacimiento, hay desarmes de juguete y a nadie le importa que en alguna jodida radiofórmula sigan pinchando la horrorosa canción de la tortura.

Seguimos esperando a que aparezca el milagro en el jardín, a que venga la bella y evite que la flor se marchite, pero Emma Watson no da ni de lejos la talla del dibujo animado que fue pornografía para nuestras mentes infantiles y sobran las bestias que arrojan fuera de sus palacios de hormigón a las hechiceras solicitantes de asilo.

Menos mal que aún nos queda Sabina, “superviviente, sí, maldita sea”, que en su nuevo disco le ruega a la primavera “no me tumbes en la era de Internet”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s