La presidenta que pudo tener España

Siempre me ha resultado curioso observar las reacciones de España cuando alguien de relevancia pública estira la pata. Si en vida fue más o menos querido por el pueblo, o al menos no un enemigo, la gente se suele deshacer en parabienes. Incluso si el susodicho o la susodicha arrastran tras de sí un legado controvertido y han estado en el ojo del huracán, las palabras son mesuradas, se atenúan las críticas, el personaje en cuestión merece más alabanzas que reproches por su labor anterior y, por supuesto, en lo que se refiere a su valía personal, “fue un buen hombre o una buena mujer” o “sacrificó mucho por el país” o “fue un referente” o “dejará huella para los que vengan”.

Hay dos casos recientes, uno de ellos recientísimo y ambos de mujeres, que representan ese gran contraste en cuanto a las consideraciones que la nación y sus mandatarios guardaban hacia ellas. Rita Barberá sería un buen ejemplo del segundo grupo, si bien la polémica en torno a sus actos estaba tan viva en el momento de su fallecimiento que ni siquiera desde algunos sectores se respetó ese beatismo tan español para con los finados y se puso el acento en su controvertida moral política aun estando de cuerpo presente. No obstante, sin duda mucho menos de lo que la objetividad de sus acciones merecía.

En el caso contrario, estaría Carme Chacón, ex ministra socialista de Defensa, que murió hace una semana. La catalana era en general una política de consenso y ha recibido todo tipo de mensajes positivos tras su muerte, destacando en casi todos ellos su figura política y personal, opiniones favorables que ella habría deseado escuchar en vida con más asiduidad pero que se extienden ahora sobre su féretro.

Carme Chacón en un mitin del PSC. (Imagen: El País).

Estoy seguro que muchos de los que ahora la ponderan la despellejaron en vida muchas veces o directamente la ningunearon, que no sé qué es peor. Leyendo y escuchando, pareciera que hubiese sido la mejor ministra de defensa de la historia, pero ya se sabe cómo somos por estos lares. En su momento, tal vez incluso se dirá lo mismo de María Dolores de Cospedal. Que fue una gran ministra, buena secretaria general, excelente política y mejor persona. En diferido, claro está.

Pero en directo las cosas son muy distintas. Confieso que no recuerdo apenas nada de la labor que Carme Chacón llevó a cabo como titular de defensa. No tengo una opinión, ni formada ni deformada, sobre si fue una mala o buena ministra. Reviso ahora su trayectoria en dicho desempeño y compruebo que su equipo fue quien lidió con el tema de los piratas contra pesqueros españoles en aguas somalíes y que durante su mandato se puso fin a la misión española en Kosovo (decisión bastante criticada desde algunos sectores) y se terminó el escudo antimisiles de la OTAN en la base de Rota.

Sin embargo, sí tengo buena memoria para recordar comentarios de la ciudadanía o reseñas aparecidas en medios de comunicación, algunos bastante despreciativos, respecto a su trabajo. Me acuerdo que se desató una corriente machista entre los profesionales del ejército por el hecho de que la máxima responsable del ministerio fuera una fémina y además catalana, algo incompatible con la supuesta españolidad que debía revestir la persona que ocupara tal plaza, y para colmo de “despropósitos” embrazada.

Recuerdo que decían que no tenía mucha idea ni hechuras para el cargo, que debilitaba y perjudicaba la imagen de España de cara al resto de las potencias militares desplazadas en Afganistán (pues Zapatero no retiró las tropas españolas de allí, a diferencia de lo que hiciera en Irak). También se dirían algunas cosas buenas, supongo, pero rememoro con mucha mayor claridad las malas, porque prevalecían sobre aquéllas.

Carme Chacón, junto a miembros de las tropas españolas desplazadas a Afganistan. (Imagen: Libertad Digital).

Me sorprende leer que después se convirtió en la ministra más valorada de ZP en las encuestas. Manda huevos mi frágil retentiva que ni siquiera me acordaba de que antes de pasar revista a las tropas españolas fue Ministra de Vivienda, la misma que impulsó la famosa medida de los 210 euros de ayuda al alquiler para los menores de 30 años que quisieran emanciparse. Será que por aquel entonces aquello ni me iba ni me venía. Ahora tampoco, pero por otras razones bien distintas. Maldito don de la oportunidad a la inversa.

Pero por otro lado hay muchas cosas acerca de Carme Chacón que sí tengo en la mollera. Se trata más bien de una huella que esta política catalana me dejó en forma de sensaciones sobre su persona y, como habría dicho ZP, su talante.

Siempre me pareció una mujer de formas exquisitas, una de esas personas que no abundan en la política. Mesurada pero al mismo tiempo firme en sus ideas, educada pero no por ello resignada, dura cuando tenía que serlo y dulce cuando la ocasión lo requería, feminista con inteligencia y sin estridencias, catalanista pero al mismo tiempo defensora del entendimiento, de la unidad y de los mínimos comunes, de izquierdas pero sin extremismos. En otras palabras, era una socialista, al igual que en algún momento lo fue Zapatero antes de que se vendiera, acorralado por la crisis y su propia necedad, al neoliberalismo.

No es que yo coincidiera plenamente con sus ideas, porque sólo me identifico parcialmente con el socialismo (me refiero al socialismo puro, no al derivado amorfo, pastoso y de apariencia repugnante que representan muchos dirigentes socialistas en la actualidad) pero sí que considero que sus características personales hacían que Carme Chacón fuera una de las mejores alternativas, si no la mejor, para el liderazgo del partido del puño y la rosa.

Cuando perdió su pulso con Rubalcaba por la secretaría general de la formación en 2012, recuerdo que me entristecí. Me pareció un error histórico y casi mortal para el PSOE, posiblemente el principio de todos sus males posteriores o la continuación y agravamiento de los que ya tenía. La tumba del partido más antiguo de España, que ahora pega tal vez sus últimos estertores en una lucha entre espectros de los cuales tal vez el más gracioso y simpático, puede que hasta esperpéntico, en parte por ese carácter de mártir que tanto nos mola a los españoles, sea Pedro Sánchez.

Carme Chacón junto a Alfredo Pérez Rubalcaba. (Imagen: El Mundo).

No tengo ni idea de qué habría hecho yo en el caso de que Carme hubiese derrotado al siniestro Rubalcaba y se hubiera llegado a presentar como candidata a la presidencia del gobierno. No descarto en absoluto que la hubiese votado pese a no ser totalmente afín a su corriente ideológica. Creo que me habría gustado que fuese ella la primera presidenta de la historia de España.

Las otras dos mujeres que han tenido opciones de serlo en los tiempos recientes han sido Esperanza Aguirre y, aun con posibilidades, Susana Díaz. No tengo los suficientes conocimientos como para afirmar que Carme Chacón era mejor política que estas dos, pero sí tengo bastante claro que su talla personal era muy superior.

En concreto, si la comparamos con la lideresa andaluza del PSOE, por proximidad, ambas se parecen en que no son políticas de clase ni pertenecen “por razón de ascendencia” a la oligarquía socialista, sino que proceden de familias trabajadoras y ajenas al partido. Chacón era hija de un bombero almeriense y de una abogada catalana. Siempre estuvo vinculada a Esplugues de Llobregat, su localidad natal. Díaz siempre alardea de sus orígenes humildes en cuanto tiene ocasión de hacerlo, en cualquier mitin, parodiándose a sí misma y restando valor a su presunta modestia, haciendo parecer que no es tal.

Carme Chacón era mucho más auténtica. Era algo que se notaba sin necesidad de conocerla. No jugaba con el exceso como Susana Ohara. Por desgracia, tengo la sensación de que las palabras de Carme se las llevó en muchas ocasiones el viento, cosa que no ocurre con la ruidosa y altisonante Díaz. No obstante, esta última apoyó a Chacón en aquellas primarias de 2012 y uno de los últimos actos políticos de la catalana fue asistir al acto de presentación de la campaña de Díaz para liderar el PSOE. Según dice Susana Ohara, eran amigas.

Carme Chacón y Susana Díaz. (Imagen: El Confidencial Digital).

Si así era, espero que Carme le haya dejado en barbecho alguno de sus valores para cuando Díaz consiga su cantada victoria. Por el bien del socialismo, si es que queda algo. Pero aunque así fuera, la posible primera presidenta de España nunca será la que pudo y tal vez debió ser.

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