Desde entonces, ya Castilla…

El sol vespertino refulgía sobre el asfalto impecablemente pavimentado de la A-6 e iba perdiendo fuerza a medida que avanzábamos, dando paso a un crepúsculo que se presentó casi sin avisar cuando nos hallábamos cerca de los túneles del Guadarrama. Decidí realizar la última parada del viaje en el área de servicio de Villacastín.

Me hallaba tremendamente cansado, pero no quería reconocerlo. Había aguantado hasta allí y casi por cabezonería debía hacerlo hasta el final. Mi primo David ya parecía despierto definitivamente, pero no pensaba dejarle el timón de una expedición que yo había capitaneado desde el principio. Eso habría supuesto dejarle la gloria del momento final a él después de que yo me hubiese comido lo más tortuoso. Ni hablar.

Así que después de un refrigerio rápido, durante el que se palpó claramente en el ambiente como mi amigo Devassy y yo nos esforzábamos por que no se nos notara la fatiga acumulada tratando de hablar animadamente de cualquier cosa, iniciamos la última etapa de aquella irrepetible aventura cuando quedaba apenas una hora para que oscureciera.

Accioné por última vez el contacto del Safrane, y después de varios kilómetros, tomé la desviación de la N-601. Yo era más partidario de seguir por la autovía, máxime teniendo en cuenta la cantidad de kilómetros que llevaba sobre el cuerpo y la mente, pero una especie de arrebato sentimental me incitó a pasar por esa vía que atravesaba varios pueblos de mi adorada Castilla, la mayoría dentro de la provincia vallisoletana.

Necesitaba enseñarle mi querida tierra a nuestros compañeros indios. Aquella carretera, que imaginé muy poco concurrida a esas horas del domingo, resultaba idónea para tal fin.

El ocaso generaba una franja rosácea que se extendía en el horizonte mezclada con un grupo de alargadas y delgadas figuras nubosas, cuyo conjunto se asemejaba a un ejército celeste del pasado que vigilaba desde los remotos parajes del tiempo.

La mortecina claridad postrera del día invernal dejaba sobre los campos, todavía sin sembrar, una tonalidad preciosamente agónica, ligeramente azulada, que poco a poco iba siendo invadida por la penumbra. Sobre algunos puntos, se generaban ocasionalmente espacios cristalinos, procedentes de los últimos rayos de un sol agonizante.

Había pasado por allí mil veces, pero bien fuera porque la presencia de los dos hindúes hacía que me sintiera especialmente henchido de orgullo hacia mi tierra o porque de alguna extraña forma sentía que podía perderla en cualquier momento, noté como me atravesaban súbitos e incontrolables escalofríos de emoción que estuvieron a punto de provocarme un inesperado llanto de extraña melancolía dichosa.

—Bienvenidos a la verdadera Castilla —anuncié conmovido.

—Nuestra región, Kerala, un poco como así —señaló Devassy.

—Sí, es poquito parecida —coincidió Vainavi.

Elegí de la lista de reproducción de mi móvil un tema que llevaba muchos minutos deseando escuchar. El Canto de Esperanza, del Nuevo Mester de Juglaría, basado en el poema del berciano Luis López Álvarez, el himno no oficial de Castilla y León y una de las canciones con más carga emocional para mí.

Mantenía desde hacía muchos años el ritual de ponerla a todo volumen en las mañanas festivas del Día de Villalar y cantarla a todo pulmón. Mi madre, de quien me venía gran parte de ese sentimiento identitario con la región y sus tradiciones —si bien se trataba de una característica también muy extendida en mi familia paterna, desde mi abuelo hasta mi tía Mati—, solía unirse a mí y ambos reíamos mientras entonábamos esa verdad tan cierta, triste y nostálgica: ‹‹Desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar››.

En aquel lejano atardecer de domingo, allá por 2007, cuando tantas cosas estaban comenzando a cambiar en mi personalidad y en mi mundo, podía atisbar casi de puntillas que algún día mantendría esa vieja tradición lejos de mi Castilla.

Era capaz de intuirlo discretamente, de respirar brevemente un aroma a fuerte añoranza, pese a que todavía no había abandonado mi país. Lo empezaba a percibir en un contexto curioso, cuando era precisamente yo quien llevaba a unos extranjeros hacia su nueva vida, a miles de kilómetros de sus raíces…

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Mi primo Pedro sufría una evidente enajenación mental transitoria, para cuya fecundación habían copulado diversos licores de distinta graduación y un palpable desasosiego.

Calibré que en esa desazón voraz, en aquella congoja desmedida, influían muchas cosas: la vergüenza por haber sido pillado con las manos en la masa —desconocía si había sido en la compacta de las tetas o en la levadura informe de la vagina, pero obviamente daba lo mismo—; el sentimiento de pérdida y la llanura de soledad que se extendía ante él, hasta entonces salpicada por alguna que otra choza aislada —ahora Chipre debía de asemejarse peligrosamente a una isla desierta para mi primo.

Tan importante o más que los anteriores factores, estaban la añoranza hacia el hogar, después de muchos meses separado de él, y el miedo respecto al futuro, que en su caso se debatía entre la necesidad de alejarse cada vez más de su tierra y el llamamiento interno de una estabilidad que veía imposible.

Y entre todo ello, como algo transversal, al igual que me pasaba a mí, el efecto de todas las cosas que nos habían ocurrido en los últimos años.

—¿Sabes que día es hoy, David? —inquirió de pronto, aparcando su acceso de locura, con un acento nostálgico que me desgarró sin esperarlo.

Llevábamos casi un minuto sin hablar. A través de las ondas, sólo habían circulado sus murmullos casi gimientes, mi impresionante quietud doliente y la aflicción de una ciudad, la nuestra de siempre, que observaba cómo la lejanía que nos separaba la hería de muerte.

—Hoy no sé. Mañana es Villalar.

—Ya es 23 de abril. Son las cuatro y pico de la madrugada.

—No sabemos a qué hora se produjeron los ajusticiamientos de los comuneros.

—Yo sí. En realidad, les decapitaron en la madrugada del 24. Lo que se conmemora el 23 es su derrota y apresamiento. ¿No te parece muy apropiado para esta tierra nuestra? La celebración de un fracaso sonado, la onomástica de una condena injusta. El recuerdo del fiasco de una revolución, de la muerte de unos ideales. La evocación del sufrimiento que llevamos encima en Castilla desde hace siglos.

Soltó todo aquello de una manera que no me recordó a Pedro. Inflexionando las palabras con una calma lánguida, un laconismo relajado, dejando que fluyera la emoción de forma sosegada, como si se estuviera derritiendo de pena, saboreando su propia melancolía.

Yo nunca había tenido ese sentimiento de pertenencia hacia nuestra región, aunque profesase cariño por ella. Siempre había opinado que en realidad uno consolidaba su querencia hacia el lugar donde encontraba su bienestar, no en el que hubiese nacido.

En mi caso, eso no se había producido aún, ni siquiera en Valladolid, aunque había una indudable mochila de memorias felices que retrotraían a la infancia, siempre radicada en determinados lugares, y un contagio afectivo procedente de mis familiares, la mayoría de ellos muy arraigados a la vieja, yerma y castigada Castilla.

—Va a ser la primera vez que no paso ese día al lado de mi madre. El primer Villalar en el que no me levantaré por la mañana escuchándole tararear el Canto de Esperanza mientras la canción suena de fondo en la radio.

Le percibía tan conmovido que preferí no añadir nada. Me limité simplemente a escuchar como desplegaba todo su arrebato emocional con el mayor de los respetos. También yo me sentí algo sobrecogido. Me noté bastante conectado con él, unido por un espíritu común que se había filtrado como por sorpresa entre los poros de mi alma.

—No puede haber canción más exacta para definirnos a los castellanos y, en general, a los españoles. Siempre castigados por la justicia que supuestamente nos debería proteger, bajo el yugo de dictadores o de tipos que hacen sus funciones como regentes falaces, incluso ahora en democracia. Y sin embargo, sólo aquella vez nos rebelamos y perdimos. Para colmo, ni siquiera lo hizo el pueblo llano por sí mismo, sino que tuvieron que encender la llama los burgueses. Y desde entonces, ya Castilla no se ha vuelto a levantar. Ni España.

Se detuvo unos segundos. Se le percibía preso de una tremenda agitación emocional.

—Ahora sustituimos la protesta por la huida —continuó—. Yo mismo estoy aquí, fuera, haciéndome un camino que en el fondo me satisface mucho pero que también me genera una cierta desesperación, porque me doy cuenta de que, por muy bien que me encuentre viajando a mi bola, independiente, sin nada que me ate, allá donde vaya siempre me faltara ese lazo, esa raigambre que tengo allí, pero al mismo tiempo, cuanto más tiempo pase, más se irá debilitando. Tengo miedo de convertirme en un nómada sin pertenencia a ningún lugar, David. De no encontrar jamás mi sitio. No me malinterpretes, no es que haya cambiado de opinión con respecto a lo que te dije hace unos meses. Sigo queriendo explorar, conocer mundo, es lo que el cuerpo me pide y estoy convencido de ello… Pero por otra parte, siento esta zozobra, este temor a la incertidumbre y a la inestabilidad.

—Estás exagerando un poco —atajé para mitigar el peso trágico de su discurso—. Cuando vuelvas, aquí seguirán estando tu familia, tus amigos y tus cosas de siempre. Y así será siempre que regreses.

—¿Tú crees? —puso una nota de escepticismo—. Puede ser, pero el problema entonces quizá esté en mí, tal vez me sienta raro y ya no me adapte. Quién sabe si no acabaré siendo un extraño en mi propio país.

En ese instante, me di cuenta de lo duro que tenía que ser para Pedro sentir esa dicotomía que le dividía entre el apego por las raíces y el deseo de escaparse de ellas. Pensé en todos aquellos castellanos que, en mayor o menor medida que mi primo, sentían aquella demoledora pesadumbre, y pude adquirir una cierta empatía respecto a todos ellos.

Especialmente pensé en los que no se habían ido por gusto, sino que habían sido poco menos que expulsados por la escasez de opciones y la depresión generalizada, ante la indiferencia de nuestros gobernantes y la desidia de nuestra sociedad, que veía como se le abrían boquetes cada vez más grandes, sin que fuera capaz de reaccionar.

Podía parecer que sólo se trataba de una estúpida fecha que a alguien se le había ocurrido fijar en el calendario para reivindicar una identidad regionalista que en realidad jamás existiría, pero en el fondo se trataba de algo más.

Era la apelación a un sentimiento que otro Maldito Abril, como rezaba la canción de La Fuga, casi quinientos años después, seguía estremeciendo, y en parte penalizando, a los castellanos y a aquellos leoneses que se notaran partícipes de esa herencia emocional colectiva.

La falta de ímpetu y de conciencia común para decir basta a aquella situación de maltrato histórico, de discriminaciones acumuladas en el saco de la desigualdad, de desprecio por parte de la clase dirigente, de exilios forzosos por acción u omisión.

La frustración de que, desde entonces, Castilla no se haya vuelto a levantar…

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