Cuidado, ya está aquí la Tercera Guerra Mundial (II)

Escribí la primera parte de esta entrada hace casi un año. Las circunstancias geopolíticas actuales me han llevado a elaborar una segunda parte, que tal vez no sea la última. Como ya sabéis, el título está sacado de una canción de Joaquín Sabina, concretamente de uno de los cortes de mi álbum preferido del cantautor de Úbeda, Ruleta Rusa.

Como si el mundo mismo hubiera cogido un revólver y hubiese cargado el tambor con cinco balas, avanzamos hoy, casi treinta y cinco años después del aviso sabinero, disparándonos a la sien cada poco tiempo. Debe ser que tenemos mucha potra o bien que el arma es uno de esos trabucos decimonónicos del abuelo de Mortadelo que de vez en cuando aparecen en las historietas de Ibáñez y siempre se atascan, hasta que lo coge Filemón y le explota en las narices.

En algún momento, nosotros, la civilización humana, nos transformaremos en Filemón y la pistola se detonará en nuestras pituitarias. La suerte se irá a follar con su lesbiana favorita, la muerte, y las dos practicarán la tijera en rima perfecta, se harán un dedo en símbolo de peineta hacia los homínidos y estallarán en gemidos, haciéndonos volar por los aires, ante las incrédulas miradas lujuriosas de los moralistas de salón.

Puede que el momento esté cerca. Hay que pensar que la nación más influyente del planeta está gobernada por un ególatra sensacionalista con complejo de general del Vietnam a quien le gusta hacer carantoñas en forma de despliegue de tropas a un desequilibrado mental probablemente adicto a los mangas apocalípticos que hace ensayos nucleares para entretenerse y cuyo arsenal destructivo dejaría en ridículo al de la organización Hydra.

Kim Jong-un amenaza porque Donald Trump amenaza, pero este se justifica en que el otro representa de por sí una mayor amenaza y los dos amenazan con dejar de amenazarse. Es como en la letra de Sabina. Los azules culpan a los negros, los verdes a los amarillos, los rojos gritan “¡me defiendo!”, los verdes dicen “¡yo no he sido!

En lo de Kim, poca culpa tiene el pueblo norcoreano, sojuzgado por los delirios de su dinastía desde hace setenta y cinco años por una mezcla de culpas entre Estados Unidos, China y la antigua Unión Soviética, pero Trump está ahí puesto por una de las democracias más consolidadas de Occidente.

Por otra parte, y aunque sea mediantes métodos corruptos y con sospecha de pucherazo, el caso es que en otra de las grandes potencias mundiales manda un exespía de la KGB a quien no le temblaría el pulso si tuviera que ordenar un ataque químico contra una población, como hace su amigo Bashar al-Assad, actor muy protagonista de uno de los peores conflictos de la historia de Oriente Medio.

Confrontación causante de la huida masiva de personas fuera de su tierra, los cuales van a recalar por interés de la fracasada y pusilánime Unión Europea a un país que es antesala del umbral de entrada al viejo continente. Una nación donde acaba de adquirir superpoderes un tipo como Erdogan, que ejerce su tiranía de buena apariencia para Occidente por decisión popular (adulterada o no) y que se dedica a permitir la violación de los derechos humanos de esos mismos refugiados que envejecerán, madurarán o crecerán odiando al resto del mundo, al que declararán la Cuarta Guerra Mundial, si es que aún queda algún imbécil por aquí.

La Quinta nos la declararán los africanos del África Negra cuando algún día adquieran conciencia colectiva y se den cuenta de que llevan años muriéndose de hambre porque les hemos explotado hasta la saciedad.

Sólo falta Marie Le Pen para unirse a la fiesta y completar el salón de gala lleno de dementes, irresponsables, intolerantes, racistas y déspotas llenos de odio y rencor, pero no exentos de agudeza y don de la oportunidad. Y esto, lo de Le Pen, es cuestión de tiempo. Ocurrirá tarde o temprano, en estas elecciones o en las próximas, no tiene marcha atrás. De nada vale tirarse de los pelos porque ya es tarde. Lo único que se puede hacer es tratar de frenarles a ella y al resto, no desde la política, sino desde la sociedad.

Y es que no por la irresponsabilidad de todos estos politicastros –líderes y lideresas de la estulticia– y la incompetencia manifiesta de los demás, deberíamos ser irresponsables nosotros. El ciudadano medio no tiene la responsabilidad absoluta en lo que está ocurriendo en el Globo, eso es evidente, pero sí que la tiene en el sentido de que se ha consentido por pasotismo, egoísmo, capitalismo o cualquier otro ismo nocivo, que hay muchos, que la sociedad lentamente fuera dominada por su facción más radical, violenta y forofa.

Ese tipo de sujetos y sujetas que siempre deciden las cosas, actúan y en general guían su vida externa por el fanatismo emocional, el apasionamiento exacerbado y la ausencia de toda reflexión consciente nos han ganado la partida o (si se quiere conservar algo de esperanza) nos la están ganando.

Esos que confunden querer a algo o alguien con defenderlo a muerte, aquellos que siempre identifican su indignación con la culpa externa o que las relacionan en causa-efecto infalible, nos han comido la tostada a los que nos consideramos normales, moderados, no excluyentes y amantes del bien común. Como si la normalidad en este mundo fuera “lo normal”. Somos ingenuos y pecamos de prepotencia moral.

También somos culpables de que ya esté aquí la Tercera Guerra Mundial. No hemos sabido convencer a los otros de que el camino del ataque porque me han atacado o por si me atacan es una mierda con onda expansiva. Que se trata del alimento con el que recargan pilas los drones y artefactos autotripulados que se accionan a la orden de los trumposos de turno.

No hemos sabido transmitir que esos seres mediáticos investidos de poder son únicamente la mecha que hace volar el kiosko social, hecho de un material explosivo ya de por sí altamente inestable. No son más que el carburante necesario para que el parado que pernocta en la barra del bar se líe a hostias con el hincha del equipo contrario o con el árbitro del partido en el que juega su hijo, o para que una mujer llame a grito pelado zorra y trepa a su joven y embarazada futura hija política por la calle.

Hemos perdido la batalla que nos costará una guerra. La de la cultura y la educación, en manos de incompetentes y en parte ejecutada por una minoría de padres ignorantes y profesores desidiosos, maltratados por el sistema y/o cabreados con el gallinero.

Nos han derrotado los mismos que votan a Le Pen en Francia o a otros que aún quedan por llegar a la recepción donde los políticos como Putin y Trump estrechan sus manos y acuerdan cómo van a hacernos volar por los aires en la Tercera Guerra Mundial.

 

 

 

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