Sanidad Insana

Es un tema del que apenas se habla, aunque desconozco la razón. No sé si es que no les interesa a ninguna de las partes implicadas (siempre hay una a la que no le interesa, en cualquier ámbito), incluidos los medios de comunicación y los ciudadanos, o es que se ha llegado a una situación de resignación tan enfermiza como el estado de la propia Sanidad Pública.

Por una parte, tenemos los males endémicos, como el tratamiento de la salud mental (prácticamente inexistente y despreciado sistemáticamente por todos los gestores, estatales o autonómicos) o las listas de espera, vergonzantes y que han crecido en los últimos años a causa de los recortes (o ajustes, como los llaman los políticos con bisturí). Listas de espera que se refieren tanto a operaciones de entidad como sobre todo a consultas externas, pero que también afectan cada vez más a las propias visitas al médico de atención primaria.

En cuanto a esto último, hace años era casi impensable que te dieran cita a más de dos días vista. Ahora, están dando en muchos casos para la semana siguiente.

Si tienes una gripe, te aguantas. Si tienes un virus estomacal, a tirar de los remedios de la abuela. Si arrastras un catarro mal curado desde el invierno, vete a la Parafarmacia. Tal vez es lo que deberíamos hacer todos. Usar hierbas, ungüentos y sistemas naturales. Probablemente nos iría mejor. Olvidarnos de matasanos, químicos y mierdas de laboratorio. Pero se supone que los profesionales sanitarios saben más. Se supone.

Lo de los análisis de sangre se ha convertido en un auténtico cachondeo. Conozco casos en los que se ha convocado a la persona quince días después de solicitarlos. Debe ser para que dé tiempo de sobra a que se limpie el alcohol y los niveles de triglicéridos no se disparen.

Lo peor no obstante se refiere a lo relativo a las consultas de especialidades. Las demoras pueden ser de hasta seis, siete u ocho meses, y los noventa días son casi tan reglamentarios como los noventa minutos de un partido de fútbol. Esto, que ya de por sí debería ser inadmisible fuera cual fuera el problema de salud de la persona, se hace todavía más insoportable cuando hablamos de temas de Medicina Interna, Cardiología u Oncología.

Todo esto puede provocar un retraso diagnóstico evidente que sin embargo jamás va a reconocer la Sanidad Pública de ninguna comunidad. Dado que el problema de las listas de espera es consustancial al sistema de salud y por tanto es un fallo ajeno a la actuación de los profesionales sanitarios, ni el servicio de inspección de la propia Administración ni por supuesto los responsables políticos admitirán jamás su responsabilidad. Vete a los tribunales si te queda dinero y si sigues vivo. Y si no, tu familia, que probablemente haya perdido también la salud física, mental o ambas durante el proceso.

Por si esto fuera poco, he notado de un tiempo a esta parte que el problema se ha vuelto aún más profundo y enraizado. En muchos lugares y aunque siguen dando guerra, ha descendido la fuerza de las mareas blancas, valientes y poco apoyadas por el resto de la sociedad, en las que el personal de la Sanidad Pública reclama una mejora de sus propias condiciones y de las del sistema. Hace no tanto tiempo su poder, basado en la rotunda justicia de la protesta que abanderan, copaba titulares y gastaba mucha saliva en conversaciones de bar.

Hoy en día incluso a los sanitarios se les ve cansados, tal vez decepcionados por la escasa o nula respuesta que sus reivindicaciones contra los recortes en medios y recursos humanos han traído consigo. Tal vez hastiados de que una gran parte de la ciudadanía se conforme con lo que hay y siga votando masivamente a los mismos partidos (especialmente a uno) que hicieron la vista gorda con los corruptos que saqueaban el país mientras por el rabillo del ojo miraban con complacencia como el pueblo sufría sus tijeretazos o sus delirios obsesivos de grandeza.

Ellos, los y las que tienen encomendada la misión de sanarnos o de organizar nuestra sanación, también sufren de algún tipo de enfermedad, posiblemente la de la frustración, que tiene mala cura.

Eso provoca que se den cada vez más situaciones de duplicidad de citas que provoca que haya que perder una de las dos, atascos incomprensibles de personas convocadas a la misma hora que pierden toda la mañana esperando como si se estuviera en la cola aguardando a la apertura de puertas de un concierto de rock, atenciones que se eternizan innecesariamente o médicos legañosos que se toman descansos en mitad del tráfico de demandantes de salud porque no pueden más con su alma o simplemente están hasta las pelotas.

Ahora, parece que tanto empleados sanitarios como los propios usuarios nos hemos vuelto más que pacientes, nunca mejor dicho. Nos hemos convertido en dóciles y estoicos sufridores que toleran el intolerable estado de las cosas.

Ocurre en muchos más ámbitos del Estado español, pero aunque suene políticamente incorrecto, si nos dan a elegir, todos preferimos tener contentos a una doctora, un enfermero, unos auxiliares administrativos o a un grupo de celadores antes que a un barrendero, por muy importante que sea el trabajo de este último. Sin embargo, consentimos que nos diagnostiquen y asistan cabreados y que no les falten razones para ello.

Esta crisis sanitaria constituye uno de los mayores lastres que arrastra este país, sumándose a un fardo que lleva mucho tiempo amenazando con hacer que el español medio hinque definitivamente rodilla en tierra.

Pero se confía en que sigamos resistiendo. A fin de cuentas, lo hemos hecho con cosas de mayor magnitud mediática. No obstante, ésta toca a algo tan sensible, como es nuestra salud básica y primaria, que tal vez no seamos tan fuertes. Ni estemos tan sanos.

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