Sociedad no apta para el olvido

Hay varios tipos de personas con muchas posibilidades de llegar a viejos habiendo perdido una parte importante de lo que han ganado en su vida por errores propios, ausencia del don de la oportunidad, circunstancias del entorno o eso que vulgarmente se llama mala suerte y que muchas veces no es otra cosa que el regate que la vida les hace a los que tienen vitola de perdedores.

Sin perjuicio de ello, si hay una clase de especímenes especialmente maltratados por la sociedad, estos sin duda son los olvidadizos. El olvido es algo que no se perdona en la civilización occidental. Se castiga con dureza y desproporción. A uno sin duda le irá mucho mejor en su caminar si es un cabroncete que arroja las piedras a los demás que siendo uno de esos que olvidan donde están puestas y tropieza en ellas.

Por ejemplo, es mucho mejor para uno mismo ser un hijo puta al volante que un olvidadizo. El primero normalmente se libra de recibir sanción, castigo o reprimenda. Está claro que si un día la manga y desgracia a alguien o a sí mismo, las consecuencias serán mucho peores, pero mientras eso no suceda (y no sucede tan fácilmente, hay miles de pruebas de ello, yo conozco a auténticos profesionales de la delincuencia al volante que apenas han tenido un par de sustos en su vida), tiene las de ganar.

Como es lógico, no hay policías vigilando en cada esquina y además este tipo de personaje se las sabe todas y conoce perfectamente las zonas espacio-temporales en las que puede delinquir. Sé bien de lo que hablo, porque en algunos momentos muy puntuales de mi vida, me he comportado como un criminal a cuatro ruedas.

Yo me sentía mal, rematadamente mal pensando en los riesgos que había generado, porque tenía esa conciencia jodida. Ojalá hubiese tenido la laxitud de ese individuo dispuesto a saborear su final victorioso después de haber bebido en exceso, acelerado en rectas con semáforos siempre verdes para sus ojos daltónicos, saltado unos cuantos stop a y hecho zigzag por carriles estrechos.

Acabará triunfando sobre el asfalto, autoerigiéndose en rey de su jungla y admirando petulantemente su propia pericia sin importarle una mierda el coro de cláxones que le jalea a su paso, cual Nick Kyrgios destrozando raquetas y escuchando abucheos ante una grada repleta. “He infringido vuestras putas reglas, anormales, venid aquí a comerme el rabo” (léase también coño o cualquier otro elemento situado en las partes bajas).

Sin embargo, un desmemoriado paga cada olvido poco trascendente que comete en el uso de su vehículo. Pongamos el caso de que un día se le olvida pagar el cruel, injusto y aberrante importe del estacionamiento en zona limitada o restringida, ya sea azul, verde, naranjita o de otros colorines. Da igual que incurra en ese olvido una sola vez después de haber cumplido esa odiosa obligación cientos de días.

Basta con que vaya con prisas al trabajo o a cualquier otra cita, o bien reciba en ese momento una llamada urgente o tenga que responder a algún correo de su jefe madrileño que se está “cagando en Dios” porque los clientes le están presionando y todo es culpa de sus subordinados.

A una persona con tendencia a las lagunas mentales es muy probable que, después de acometer dicha tarea (que por otra parte puede haberse prolongado hasta el momento dramático de la visita del vigilante de la zona), se le pase por completo ir hasta el parquímetro o entrar en la aplicación de su móvil para efectuar el pago.

Entonces, el controlador del estacionamiento, ese tipo con un oficio que sólo tiene cabida en una sociedad como la nuestra, dado que su única función es causar efectos negativos, sin ningún tipo de piedad, comprensión o aplicación flexible de la norma, procederá a dar cuenta informatizada del olvido.

El resultado son 90 euros de sanción económica, aproximadamente el mismo montante económico que corresponde a un exceso de velocidad que sobrepase en menos de 20 kilómetros por hora el límite de velocidad permitido.

Hay otros muchos ejemplos de lo que se llama vida cívica o ciudadana y que en realidad es un caminar castrado, en los cuales el despiste se cincela con martillo sobre la jeta del empanado. Por ejemplo, si a uno se le va la pinza y no paga un impuesto determinado en la fecha de vencimiento, se le embargará tarde o temprano la cuenta corriente con los recargos preceptivos. Como el olvidadizo lo es para todo, igualmente puede darse el caso de que se le pase confirmar su borrador de saldo a su favor con la Administración Pública y ésta se quede con la devolución cual ave haciendo rapiña en un casino de fichas sobrantes.

Pero aquél únicamente cumplidor de la formalidad burocrática, ése que tiene como único mérito ser puntual pero conculcador de todas las demás obligaciones tributarias, sorteadas gracias a la pericia en ingeniería fiscal de la asesoría a la que paga una iguala carísima todos los meses, no tendrá ningún problema.

Será a los ojos del Fisco un ciudadano ejemplar, y si no lo es pero goza de un grandísimo patrimonio, ya sabemos que la filosofía Montoro no es muy kantiana y se inclina más por la doctrina Maquiavelo. Sin embargo, los seres que adolecen de lapsus mentales son presas fáciles para Hacienda. ¡Resultan tan útiles! Son una especie de ajuste positivo inesperado de los presupuestos.

También pueden beneficiar a las arcas públicas por otras vías. Por ejemplo, si están cobrando una prestación por desempleo, olvidándose de renovar su tarjeta de demanda de empleo, lo cual les acarreará una sanción desproporcionada respecto a su error. Dejarán de percibir un mes la mencionada ayuda y ayudarán al Estado a ahorrarse unos cuartos, que buena falta le hacen después de tanto atraco y desfalco.

La tragedia del distraído afecta también a sus expectativas profesionales. Esta clase de individuos nunca llegarán a ser funcionarios de carrera. Alguna pifia cometerán el día clave, la fecha señalada por el sistema de la criba en base a la memoria y no al mérito. No tiene nada que ver con el temario, pues su desmemoria no afecta a la retención de conocimientos, sino que se concentra en los trámites del día a día, las rutinas cotidianas.

Puede que se les olvide el DNI en casa o que no se hayan acordado de echar gasolina al coche y llegar a tiempo al lugar de marras en transporte público resulte inviable. Pueden ser muchas cosas, pero el desenlace no cambia. El cuerpo funcionarial perderá a algunos hombres y mujeres a los que su desastre arrojó al fango de la imposibilidad de presentarse al examen. Tal vez a sus mejores activos. Nunca lo sabremos.

Su drama excede incluso lo legal. Este tipo de seres están por definición inhabilitados para desempeñar una de las profesiones más de moda en el Estado Español, la de corrupto. Si algo resulta fundamental para llevar a cabo tal arduo oficio es precisamente la concentración y el mimo de los detalles. A estas personas algo se les pasará por el camino que dejará su rastro y su pista completamente diáfanas para los investigadores. También podrían olvidarse incluso de donde escondieron el dinero, si fue en el mundo físico, el virtual, el fantasmal o el presunto, este último el favorito de Rajoy.

Pero no hay que pensar sólo en la esfera pública. En la privada, a los olvidadizos les va aún peor. A los típicos descuidos que les llevarán durante toda su vida a extraviar objetos de diferente valor (los errores del desmemoriados son arbitrarios, no hacen distinción ni filtro en cuanto a la importancia económico), hay que unirles otros, que van desde no anotar la fecha y la hora de aquella entrevista de trabajo que parecía interesante, no rememorar la cita con una amistad que dejó de serlo o la fecha de cumpleaños de una pareja que por una vez tenía visos de durar.

Tengo que reclamar desde este cuartito virtual que tendría que darse mayor visibilidad a este tipo de tara. Que la ciudadanía y las instituciones en general deberían tomar conciencia y echar un cable a estos sujetos caóticos. Tal vez se tendría que debatir en el Congreso de los Diputados la posibilidad de conceder una pensión especial de carácter permanente que compense los daños y perjuicios que estas personas sufrirán a lo largo de sus perros días. El problema es que en el Congreso es precisamente donde más se olvida todo.

 

 

 

 

 

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