No llores por mí

Esto no es una despedida, aunque lo parezca.

¿Qué se yo de decir adiós, si llevo yéndome desde que mis madrugadas eran de tequila y hospital?

No llores por mí porque no lo merezco, y aunque hubiese acreditado algún mérito para recibirte así de desnuda, yo nunca estaré tan en pelotas y no sé agradecer tanta belleza.

Si acaso cogeré el boli en algún café vespertino y decadente y haré lo único que sé hacer bien de verdad; dejar jirones de corazón envueltos por tinta de las profundidades de un océano sin embustes.

Más allá de eso, sigo igual que me conociste, perdido en la isla sobre la que me estrellé tras coger un vuelo low cost a Nowhere Land. Creí encontrarme en ese lugar en mitad del misterio, donde el verbum se hizo carne, pero me faltó dejarme devorar por las bestias salvajes.

No sé si alguna vez me miró la tuya con ojitos de cachorro inocente. No te fíes de la mía que luce barba de león adolescente pero en el fondo es animal herido con llagas en el alma.

No llores por mí, que me sanas y me enloqueces, que me vuelves fiera que quiere conquistar su territorio y hacerte la reina de mi selva inconexa. Tengo alguna cana en las ramas de mis hojas caducas, pero algunos de mis frutos aún no han madurado.

Mi copa me pide que me deje de hazañas, que este bosque ya está perdido, que me convierta en ave migratoria de nidos temporales, sólo enraizadas en el viento. Que haga el amor con especies exóticas, folle con las águilas de altas cumbres y copule con otras primaveras en flor.

Pero mi tronco ajado y lleno de quiebres se agarra a este valle donde las gramíneas me congestionan y el cambio climático deforesta el espíritu de las estudiantes.

La savia, si es que alguna vez la tuve, me deja de fluir cuando veo tus lágrimas y se me apelotona en el tallo.

No llores más por mí, que se me quedan el pecho y las esencias congelados en tus mejillas, que la sonrisa se me comprime en las comisuras de tus labios. Que se me consumen todas las caricias en tu cuello, que se me agota la razón en la curva de tu espalda.

No, niña, no se te ocurra seguir llorando por mí, que se me acaban las frases pasivas de ejemplo y paso a la voz activa, que si sacas un triple seis adivinas mi mayor fantasía.

Y entonces, cansada de mi soniquete suplicante, te vuelves a mí orgullosa y me espetas:

“¿No ves que mi llanto es un grito? ¿Que te chillo porque no quiero que seas manjar de otros aires? ¿Que deseo que te quedes aquí y me des sombra, que claves tus raíces en esta tierra y bebamos juntos el poco agua que caiga? Y cuando esté muy húmeda, que me seques con tus dedos y tu boca, que me hable esa lengua extranjera que me enseñaste a dominar”.

Después, ya no sé qué decir, que pedirte o si pedírtelo todo. Veo la ley de mi mente alienada por esos malditos y quiero transgredirla, volver a ser el furtivo cazador de sueños prohibidos.

Que el corazón le gane la batalla a tus lágrimas, que tu risa infantil siga cavando la locura de mis tardes de viernes, que la inconsciencia de tenerte a mi lado siga llenando nuestro pequeño espacio.

Que no se culmine la era que tú representas hasta que seas tú la que vueles y yo el viejo árbol que llore por ti.

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