Pasando por la Estación de Autobuses

¿Hay algo más triste que una Estación de Autobuses de provincia un domingo por la noche?

Exiliados que regresan al lugar donde no desean estar. Emigrantes que viajan al lugar al que no desean regresar.

Almas cansadas que se montan en el último ómnibus de la semana, ese que siempre se coge con los dientes apretados y las pupilas a punto de rebelarse.

Fardos derrotados que se apean una vez más en un sitio que les es ajeno para ser empaquetados.

El silencio en el vestíbulo huele a bollos vendidos y a embutidos pasados de fecha. La entrada tiene tacto de cartones donde se apilan cuerpos sin esperanza. Las puertas se abren como filos de navajas y se cierran como cuchillos que cortan la ilusión.

Entre medias de dos dársenas, hay un beso de despedida que le roba una dosis de Prozac a la puta depresión.

Mientras, yo paso como sólo lo hacen los fantasmas que se quedan atrapados en los lugares de tránsito.

No estoy en el otro lado ni en éste, ni soy ya de mis calles de siempre ni me subo en el transporte de razones dormidas.

No ato cabos ni desato nudos.

Sólo paso. Paso como Sally a nuestro lado, sabiendo que es demasiado tarde.

Apurando los últimos minutos de luz que me quedan para recordar tus lágrimas.

Antes de que el último monstruo de seis ruedas sea engullido por la oscuridad de tus fobias y temores, y yo te proteja de ella en mi sueño viajero.

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